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sábado, 14 de noviembre de 2009

Guillermo Martínez: "Soy un tímido recuperado"

El autor de Crímenes imperceptibles carga en esta entrevista contra los prejuicios de la crítica y la academia y señala: "Casi ningún escritor argentino le da importancia a lo que escriben los autores argentinos".

IRONICO. "Tal vez algún día logre ser un escritor a secas", dice Martínez. Por Guido Carelli y Horacio Bilbao.


Anticipo de la novela de la "bonita Jenny"

Yo también tuve una novia bisexual

Por Guillermo Martínez

Mac Neal me esperaba en la puerta del aula, fresco y fragante en un traje de lino, como si llevara consigo una estela de aire acondicionado. Ni siquiera la corbata parecía incomodarlo. Me estrechó la mano con una gran sonrisa.

–Ya están todos aquí. Un curso pequeño: son solamente siete. Yo diré unas palabras para presentarlo y después... todos suyos –dijo en un castellano esforzado y gracioso.

Abrió la puerta y extendió el brazo hacia mí con el gesto algo teatral de un presentador de variedades. Catorce ojos me miraron con curiosidad, pero yo sólo la vi a ella, y aparté enseguida la mirada, alarmado y feliz. Había visto, en un relámpago, todo, y sabía que no debía volver a mirarla porque estaría irremediablemente perdido. Todo, por supuesto, era muy poco, y con la cabeza baja, como si prestara atención a lo que decía Mac Neal, sólo quería mirarla otra vez.

Había visto el pelo castaño lacio y largo, los ojos con un destello luminoso (¿verdes? ¿celestes?), la cara infantil y adorable, la boca que se había curvado bajo mi mirada en una sonrisa secreta. Había visto, sobre todo, las piernas cruzadas con negligencia y el pie desnudo, que oscilaba frente a mí como un metrónomo burlón y desafiante, a la espera de que alzara otra vez la cabeza.

¿Estaba verdaderamente descalza?

Mac Neal ya se retiraba, ya cerraba la puerta, y cuando me enfrenté a la clase por primera vez a solas, omití con toda mi voluntad volver a fijarme en ella. Me di vuelta hacia el pizarrón y escribí mi nombre y el número de mi oficina con los horarios de las clases de consulta. Dije un par de frases sobre los autores que leeríamos, y sobre lo maravilloso que sería conocerlos en su idioma original.

Marcaba cada palabra, con mi modo más pausado, pero mientras me paseaba de un lado a otro en la tarima y escuchaba mi voz, refrenada, exasperante en su lentitud, que formaba palabras como pompas delante de mí, todo mi verdadero esfuerzo se concentraba en no volver la mirada sobre ella. Y a la vez, sólo quería volver a mirarla. Mac Neal había dejado providencialmente la lista de inscriptos sobre la mesa. Dije que antes de empezar a leer sería bueno conocernos y fui pronunciando los nombres uno por uno.

Jonathan Adams. Un chico negro muy delgado alzó el brazo, la cara como un rombo lustroso de pómulos sobresalidos. Era el único varón. Recordé que Rachel me había dicho que podía ser problemático: me lo había descripto como un "angry young man" de infancia desdichada al que ella se enorgullecía de haber dulcificado. Echado hacia atrás en su silla sólo me pareció otro adolescente desganado.

Sarah Danielson. Una chica espigada, mestiza clara, con el pelo recién planchado, alzó una mano en la que relumbraba el esmalte rojo de las uñas.

Rita Gianello. Vi unos ojos muy oscuros con largas pestañas,unos cuantos kilos de más y una cara suave, italiana. Jennifer Johnstone. Había llegado, por fin, a ella.

Jennifer. Estaba sentada junto a la ventana, algo apartada de los demás y tuve que girar un poco la cabeza para encontrarla. No pude evitar volver a fijarme en su pie desnudo, que seguía balanceando lentamente. Y cuando subí otra vez los ojos, quedé por un momento en vilo, contemplando su cara rasgo por rasgo, en una corroboración admirada. Abrió una mano, como si me saludara.

–Jenny –dijo.

–¿Perdón?

Todos me dicen Jenny –y se sonrió otra vez para sí (...).

(...)Las tres alumnas que quedaban eran Amanda Rosales, una española recién llegada a EE.UU., llena de granos, que me miró con una antipatía inmediata, Marjorie Santana, hija de un matrimonio mixto entre una americana y un mexicano y Sophie Vernon, una negra rebosante de dientes blanquísimos y sonrisa plácida (...)

Parecían un cuadro perfecto para un comercial sobre la integración americana, al que sólo le faltaba quizá el toque oriental. Rachel podía estar sin duda orgullosa: la lucha de toda su vida estaba allí admirablemente representada, aunque supongo que la hubiera desilusionado saber de mí que entre toda aquella variedad yo me había fijado en la blanquita de ojos claros

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