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viernes, 5 de febrero de 2010

Seré breve


Por Juan Forn

Nació en Honduras y llevaba sesenta de sus ochenta años viviendo en México cuando se murió, pero siempre prefirió definirse como guatemalteco. Poco le importaba haber habitado sólo seis años de su vida el país “natal” (desde los dieciséis hasta los veintidós) y que debiera exiliarse de apuro a esa edad, con ayuda del cónsul mexicano en Guatemala, para no ir a parar a las cárceles del dictador Ponce Valdés. Esa partida al exilio merece ser contada: el cónsul lo acompañó todo el viaje en tren, sentado a su lado, hasta que cruzaron la frontera. Llevaba consigo una bandera mexicana que había descolgado del mástil del consulado y con la que planeaba envolver al prófugo “para que ya estuviera en territorio azteca” si las fuerzas del orden amenazaban tocarlo. Hacía falta ser bastante exiguo para caber en ese rectángulo de territorio azteca y el prófugo lo era: “Desde pequeño fui pequeño”, escribiría en su autobiografía. Un par de años después de aquella fuga, cuando estaba por aparecer su primera foto en un suplemento literario mexicano, sus amigotes del diario le preguntaron qué epígrafe ponerle a aquella imagen de él y el lungo poeta peruano José Durand. “Pongan Augusto Monterroso al lado de un hombre de estatura normal”, les contestó él. Desde entonces, “la mayoría de los críticos que se ocupan de un libro mío empiezan señalando que soy un escritor bajito, lo cual les permite elogiar mi estilo y mis ideas sin peligro de que se los tome en serio”.

Monterroso es, como todo el mundo sabe, el autor del mejor cuento breve de la historia de la literatura, “El Dinosaurio”, cuyo texto completo dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. No siempre se celebró “El Dinosaurio” como una proeza narrativa. Cuando Monterroso lo incluyó en su primer libro, un crítico le dijo con desdén: “¡Eso no es un cuento!” El le contestó que tenía razón: en sentido estricto, era una novela. Años después, cuando el texto amenazaba hacerse legendario sin que la persona de su autor recibiera ni el diez por ciento de aquella notoriedad, Monterroso coincidió en una cena con una dama que dijo admirarlo sin sonar muy convincente. “¿Ha leído tal vez mi cuento ‘El Dinosaurio’?”, le preguntó él, resignado. “¡Ay, es lo que más me gusta de todo lo que ha escrito! Y eso que aún voy por la mitad”, contestó la dama con una mano en el corazón. Pasaron unos años más, Monterroso logró por fin establecerse en casa propia y figurar por primera vez en la guía telefónica del DF mexicano, y entonces comenzó el verdadero calvario: “Desde que vivo en esta casa, no hay semana que no se presente en la puerta de mi casa algún niño conducido por sus padres, con el propósito de confesarse y pedirme perdón porque en un concurso escolar ganaron el primer premio plagiando un cuento mío y desde entonces no han podido dormir, enfermos de culpa y arrepentimiento”.

Aunque su aspecto de gnomo afable lo desmintiera, Monterroso no perdonaba nunca (uno de sus tantos propósitos fallidos para un año nuevo: “Perdonar a mis colegas por haber escrito más que yo, o por haberlo escrito antes, o por aparecer en los diarios que hojeo, ocupando el lugar en que debería estar yo, en vivo o comentado”). No le importó pasarse la vida pagando el precio de sus lapidarias humoradas (durante un congreso en el que conoció y se puso a charlar con otro pitufo ilustre, el gran Jorge Amado, se les acercó uno de los organizadores y les preguntó a ambos si ya habían sido presentados: “No hizo falta –contestó Monterroso–, los enanos tenemos un sexto sentido que nos permite reconocernos a primera vista”). El era quien más contribuía a aquella confabulación general para no tomarlo en serio: al primer libro que publicó le puso de título Obras Completas; veinte años después publicó otro que llamó El resto es silencio. Entremedio hizo un librito de fábulas llamado La oveja negra, en cuya presentación dijo: “Soy un hombre de frases breves y paréntesis largos”. Y también: “A todo escritor debería prohibírsele por decreto publicar un segundo libro hasta que él mismo logre demostrar que su primer libro era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad”. Al pecado de escribir poco, le sumaba el de escribir corto (“El mundo de la literatura me queda grande”). Cuando le preguntaban cómo escribía, confesaba: “Yo no escribo, yo sólo corrijo”. Cuando daba clases de escritura en El Colegio de México, recomendaba a sus alumnos que, de las dieciséis horas útiles del día, dedicaran doce a leer, dos a pensar y dos a no escribir. Con los años debían invertir esas proporciones y dedicar las dos horas de pensar a deshacerse de lo pensado, y las dos horas de no escribir a garabatear algo y reescribirlo una y otra vez hasta que esas dos horas se convirtieran en catorce. Los alumnos le preguntaron un día: “¿Podemos tratarlo de tú, maestro?” El contestó: “Sí, pero sólo durante la clase”.

Monterroso padeció el problema de vivir en un tiempo de gigantes. Pero cuando los novelones del boom latinoamericano empezaron a saturar el gusto general y a dejar un poco de lugar en el canon, sus textos breves estaban ahí, como el dinosaurio de su cuento. Para entonces llevaba años perfeccionando silenciosa y empecinadamente un “probable” nuevo género: “Vendría a ser una conjunción de ensayo y cuento y poema en prosa y conferencia y confesión, más o menos breve, y muy libre, en tono aparentemente serio pero envuelto en un vago y ligero humor, y si se desprende de él cierta melancolía, mejor, sin el menor afán de afirmar nada concluyente, recurriendo a citas de amigos y desconocidos que existieron en la realidad o no, todo eso escrito con un estilo perfecto pero que no se note, o incluso que parezca descuidado, como redactado por alguien que lo hiciera para cumplir un requisito que no puede eludir”. En ese nuevo género, Monterroso descollaría como un pequeño titán, merecería en sus últimos años todos los premios y honores que sus amistades obtuvieron antes que él y hasta se daría el lujo de escribir su autobiografía (Los buscadores de oro), un libro aun más breve que todos sus otros libros, que termina en el momento en que él cumple quince años, “porque es el momento en que dejé de crecer”. Todos creyeron que era un chiste más. Pero a él ya no le importaba, porque había alcanzado por fin la altura exacta que toda su vida había querido tener.

martes, 2 de febrero de 2010

LOS PECADOS DE HAITÍ…


Eduardo Galeano

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.


El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron
permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo
Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe
respuesta, o le contestan ordenándole: Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:
Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania:
tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado…. de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.


La tradición racista


Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934.. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión,
William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar
sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que
Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de
Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro
“puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas deNapoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modode perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

Brecha 556, Montevideo, 26 de julio de 1996.


jueves, 28 de enero de 2010

Entrevista a la escritora Laura Restrepo, sobre su nueva novela, Demasiados héroes
Mar 12/05/2009 - 23:57 Arte y Cultura
Por: Raúl Kollmann/Página 12

“La dictadura fue también una condena al silencio”
La escritora colombiana vivió en los ’70 en la Argentina y militó durante cuatro años en el PST. De esa experiencia surgió una ficción con fuertes implicancias autobiográficas y nacida, según reconoce la autora, “de la dificultad para contar aquel período”.

Laura Restrepo hurgó en los vínculos familiares condicionados por la militancia.

Laura Restrepo lo resume así: “La mamá le cuenta de la militancia y la clandestinidad, pero el hijo no quiere saber de eso. El hijo, ya adolescente, busca a su padre al que vio por última vez cuando tenía dos años y medio. Ella no termina de contarle sobre lo que los dos llaman el episodio oscuro, ocurrido cuando Ramón, el padre, y Lorenza, la madre, dejaron el partido y se fueron a vivir a Colombia. Ahí, en Bogotá, Ramón secuestra o rapta o roba a Mateo y usando los recursos de la clandestinidad –aquella habilidad para fabricar y moverse con documentos falsos– se lleva al niño. La madre trata de endulzar, de atenuar el dolor; Mateo quiere afrontar el dolor”.


Durante la dictadura, Laura Restrepo, la gran escritora colombiana, vivió y militó a lo largo de cuatro años en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de la Argentina, la organización que después devino en el Movimiento al Socialismo (MAS). La novela que acaba de publicar, Demasiados héroes (Editorial Alfaguara), se parece muchísimo a la realidad y, en concreto, a la realidad que ella vivió, incluyendo el episodio oscuro. Se acerca con calidez a las dificultades que tuvieron y tienen los padres que militaron para contarles la historia a sus hijos, explicarles algo de aquella pareja que tuvieron algún día y ya no tienen y que es un padre o una madre ausente.

Paralelamente, es la historia de un adolescente que no quiere que le cuenten nada más: confronta con su madre, necesita ver y descubrir al padre de carne y hueso. Es más, Demasiados héroes es en gran parte la historia del viaje de Lorenza y Mateo a Buenos Aires, unos doce años después de la dictadura, para que Mateo conozca a su padre.

En esos años, los de la dictadura, yo conocí a Laura Restrepo –le decíamos Laurita– en el PST. De manera que este diálogo no es entre dos desconocidos. La llamé a su casa de Bogotá –aunque vive habitualmente en México– conociendo su historia y sabiendo que lo que cuenta en la novela, casi todo, pasó realmente. Incluyendo los hechos más asombrosos e impensados.

–¿Por qué Demasiados héroes?

–Quise sacarle a la historia las dos retóricas. Por un lado, la retórica literaria y, por el otro lado, la retórica política. Tardé cinco años en escribir este libro y lo escribí seis veces. Las primeras versiones me parecían una especie de boletín interno político, con esa visión heroica, habitual en nuestro relato de la izquierda, con excesiva valoración de lo que hicimos. Así que fue como deshojar un alcaucil. En la medida en que el hijo, el adolescente, va confrontando a la madre, ella se ve obligada a contar una historia de seres humanos y ya no de militantes un poco fuera de lo normal o dotados de una ética superior o de superpoderes.

–¿Y qué pasó con la retórica literaria?

–El noventa por ciento del libro son diálogos y eso fue todo un desafío. Porque cualquier metáfora, cualquier utilización del lenguaje literario, chirriaba, desafinaba. Por eso la exigencia era de lenguaje cotidiano. Y más porque el hijo cuestiona a la madre. Tiene que ver con los intereses diferentes que hay entre ellos. Ella cuenta una historia de militancia, con partes autocomplacientes, y el chico necesita encontrar al padre. Esto genera dos lenguajes distintos, con enormes dificultades para comprenderse. Una parte de la novela lo constituyen diálogos imperfectos, difíciles, donde prima la incomprensión.

–¿En qué sentido?

–Es que también tiene que ver con lo que vivimos. La dictadura fue una condena al silencio. Te lo imponía la clandestinidad, te lo autoimponías por razones de seguridad. Uno no quería saber porque se ponía en riesgo la seguridad. Nadie anotaba nada, no se podía hablar por teléfono. Y en el fondo, esa misma clandestinidad hace que ella tampoco sepa mucho de Ramón, su ex pareja, el padre del chico. Mateo, el hijo, la pone contra la pared: ella no tiene mucho para aportar y eso hace todavía más imperioso que él encuentre al padre y construya su propia imagen de él.

–¿Y por qué no le dice directamente que el padre se robó al hijo de ambos?

–Bueno, ése es el reclamo de Mateo: díganme la verdad. La dictadura era un enemigo poderoso que te imponía el silencio y era tan monstruoso que se te metía adentro. Y Mateo de alguna manera estaba diciendo que su padre lo secuestró, hizo con él lo mismo que hizo la dictadura. La madre eso no lo puede nombrar directamente, no puede. Pero la verdad es que la situación se te mete adentro. Mi anterior libro Delirio trata justamente de eso, pero respecto de Colombia. No se puede pensar que en un país existen la guerrilla, los parapoliciales, los narcotraficantes, y uno se mete en su casa, cierra la puerta y la guerra queda afuera. El personaje de Delirio, Agustina, pierde la cabeza, delira.

–¿No fue muy, pero muy inhabitual eso que te pasó, que un padre, militante, o ex militante, se robara al hijo de ambos?

–Tal vez eso no, pero las relaciones personales, con los hijos, con los padres, con la propia pareja, todo fue afectado por la dura prueba por la que atravesamos.

–En algún momento Mateo dice que está cansado de mudarse, de las distintas parejas de su madre en la militancia.

–Sí, es verdad. Mateo dice en la novela “vos me tenés corriendo detrás de tus cosas y yo ni siquiera sé cuáles son tus cosas”. Creo que la dictadura hizo que uno hiciera una alianza muy estrecha con la pareja, una especie de solidaridad muy fuerte, pero al mismo tiempo eso hizo que uno no supiera del todo quién era la pareja. Cuando en la novela Lorenza y Ramón se van a Colombia, abandonando el partido, o cuando cayó la dictadura, esa unión solidaria, esa alianza, esa cohesión contra el monstruo, desapareció. Y entonces nos enfrentamos y en el libro se enfrentan dos personas que ya no se reconocen como antes.

–¿Y cómo lo ves mirando hacia atrás?

–Contradictoriamente, yo siento nostalgia de esos años en que estuve en la Argentina en el PST. Por supuesto que era sumergirse en el horror. Pero también fue algo entrañable, acogedor. Por eso el libro está escrito con cariño: la solidaridad entre la gente te hacía sentir arrullado. Y cuando todo eso pasa, se produce una cierta soledad. Uno sentía que tenía gente de su lado, compañeros. Paradójicamente te diría que aquellos fueron algunos de los años más felices de mi vida. Estaba tan claro contra quién luchábamos, qué era lo que nos unía. La compañía de la gente que estaba de nuestro lado es una compañía que fue muy difícil de encontrar después.

–¿En qué se diferencia tu novela de lo que has visto escrito por los que participaron de la lucha armada?

–Hay libros muy valiosos, como el de Miguel Bonasso, Recuerdo de la muerte. Pero en general son libros muy duros, de una autocrítica feroz, despiadada. Yo quise contar lo que fue la resistencia pacífica, invisible, la de los militantes que cruzaban la ciudad para entregar un periódico del partido, doblado hasta el cansancio para meterlo en un atado de cigarrillos. El militante que valoraba en forma increíble haber conseguido uno o dos contactos entre las trabajadoras de Bagley.

Cuando Lorenza y Mateo viajan a Buenos Aires, doce años después de la dictadura, ella le muestra los lugares donde se reunía con estibadores del puerto para hablar, choriceada mediante, de la situación política. Y Mateo le pregunta: “¿Y en qué molestaban ustedes a los dictadores comiendo chorizo y hablando mal de los dictadores?”. Ella le dice: “Era una forma de romper el silencio, de mencionar a los muertos, a los desaparecidos”. Honestamente, para bien o para mal, yo no sería la persona que soy sin aquella formación en el PST argentino. No sería la escritora que soy. Por eso el libro tiene también cariño, añoranza.

–Hubo aspectos negativos, me imagino.

–Quiero remitirme a uno de mis primeros libros: Historia de un entusiasmo, que trató sobre las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla del M-19. Yo estuve muy cerca de los militantes y dirigentes del M-19 que fueron asesinando durante aquel proceso de paz. Y ése sí fue un libro de héroes. Yo escribí sobre las actitudes heroicas del M-19, pero minimicé, pese a que conocía, los desastres que hizo el M-19. Eso dejó el libro chueco y nunca me lo perdoné. Más allá de todo, aquel proceso de paz fue un modelo, y hoy Alvaro Uribe lo tergiversa todos los días. Este libro es en cierta manera una respuesta a Historia de un entusiasmo, mostrando las cosas positivas y las negativas.

–Obviamente está el episodio oscuro como parte de las cosas negativas.

–Está explicado en el libro, a partir de la dureza de la situación que vive Ramón, llevado por Lorenza a Bogotá. El se encuentra totalmente perdido, dejó el partido, su espacio en Buenos Aires y el rapto del hijo es la búsqueda del espacio anterior, un territorio en el que sea local.

–Casi no se habla del duro trance que significó dejar el partido. Tanto por parte de Lorenza como por parte de Ramón. Aquello era traumático.

–Es cierto. Decidí pasar por encima de eso. En los términos de la novela igual se ven los efectos, con un padre que perdió completamente la identidad en Bogotá y una madre que también perdió la identidad.

–¿Existió el viaje con tu hijo a la Argentina a conocer al padre?

–Sí, existió. Y muchas de las discusiones, los líos con mi hijo de entonces, son la base de este libro. Es más, originalmente, el personaje central del libro era la madre, pero el cambio decisivo que me llevó a transformar todo es haber convertido al hijo, al adolescente cuestionador, en el protagonista central.

–Sé que hoy es un licenciado en Letras que se acerca a los 30 años. Nació en 1980.

–Sí, es un muchacho magnífico.

–No vamos a contarle a la gente el final, pero no puedo dejar de preguntarte si el final de tu novela, la forma en que recuperaste a tu hijo, se parece a la realidad.

–Sí, se parece mucho, mucho.

–En la novela, Ramón, siendo dirigente del partido, ante tareas difíciles alienta a los militantes con la frase “¿Qué somos? ¿Héroes o payasos?”. Y en tu mirada, ¿qué conclusión sacaste? ¿Héroes o payasos?

–Ni héroes ni payasos. El necesario punto intermedio que hace la historia humana. Héroes no, pero payasos menos. Militantes humildes, que hicieron lo que había que hacer, como también lo hicieron las Madres de Plaza de Mayo. Una resistencia infinita, invisible, una resistencia de la gente del montón, que fue la que derrotó a la dictadura.

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martes, 26 de enero de 2010

EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS. AUTOR OSWALDO REYNOSO.

El valor de esta novela radica en que nos muestra la vida en la capital del Perú, su realidad descarnada y fría, a través de sus personajes y vivencias en el mes morado, tradicional para los limeños y en general para los peruanos por cuanto es durante él que se rinde homenaje al Señor de los Milagros. Durante sus diversos pasajes podemos notar las luchas sociales, los grandes negociados no siempre limpios, la suciedad de la política criolla y la vida tan disímil de los barrios elegantes y de las barriadas. La obra está enmarcada durante los gobiernos de Odría, Belaúnde, Velasco, Morales, García…pero es casi la historia repetida de las brechas entre pobres y ricos que determinan el modus vivendi de los peruanos.

Se desarrolla el Lima, en la época de los 60. El Perú atravesaba tiempos difíciles para los pobres. La clase marginada, que vivía una etapa de tugurización y miseria depositaba sus penas a los pies del Cristo Moreno, de quien esperaban milagros que arreglaran sus vidas. Pinta con palabras diversas costumbres de la época y las desigualdades sociales.

Todo parece converger a la realización de la procesión del Señor de los Mi- lagros y al hecho de que muchos creyentes esperen favores del Cristo Morado que por la complejidad de la vida, no se realizarán. Corolario de luchas desiguales son el desmoronamiento moral de un rico caudillo homosexual y la muerte de un muchacho marginal a manos de la policía, hechos que nos recuerdan que debemos vivir con apego a las buenas costumbres y ser consecuentes que tenemos lo que merecemos. Prepararnos y luchar nos dará mejor vida. Son dos las familias que dominan la escena y a cuyo alrededor se suceden los hechos, la familia de don Manuel y la familia Colmenares. El universo de los personajes secundarios está dado por los amigos de los muchachos Colmenares y del hijo de Don Manuel, los gente que de alguna manera rodean a Don Manuel y Don Lucho, los vecinos y otros.

Los adolescentes y jóvenes protagonistas de la obra de Reynoso, son personas de conciencia elemental que perviven en pandillas, colleras o bandas, cuya preocupación esencial es el sexo mal entendido y peor vivido que genera vacío y sentimientos de culpabilidad. Son los que de alguna forma dirigen las acciones hacia el desenlace. Don Manuel, porque su vicio lo vuelve vulnerable e incapaz de pensar en sus semejantes, solo vive para sí y pudiendo hacer mucho por los pobres, no lo hace, Don Lucho, personaje pusilánime, que no lucha por su familia con el ímpetu que debiera, no guía a sus hijos convenientemente y la vida de su fami lia se ve azotada por la tragedia. ..

El libro tiene características definidas entre las cuales podemos señalar su manifiesto testimonio social, su perspectiva marxista-leninista, realismo, introspección coloquial y el hecho de querer reivindicar minorías marginales y a la comunidad negra. Los periodistas críticos fueron implacables al momento de juzgar esta novela a la cual no le consideraron bondades, la tildaron de inmoral, irreverente, provocadora y hasta pornográfica y no le reconocieron méritos de fondo y forma que indudablemente los tiene.

El libro resulta innovador en lo técnico-estructural del lenguaje y en cuanto a su temática, introduce el habla juvenil y la jerga, lo mismo que el monólogo interior, tiene el mérito de haber abordado temas como la homosexualidad en una sociedad machista e hipócrita. Produce en el lector un sentimiento de extrañeza por la sordidez de la vida de algunos grupos , pena y culpabilidad por no hacer algo por ellos, pudiendo hacerlo. .

sábado, 16 de enero de 2010

En el problema arrollador del narcotráfico, el tema no es policial, sino económico

El otro Estado

Mario Vargas Llosa
Para LA NACION


Hace algún tiempo, escuché al presidente de México, Felipe Calderón, explicar a un grupo reducido de personas qué lo llevó, hace tres años, a declarar la guerra total al narcotráfico, involucrando en ella al ejército. Esta guerra, feroz, ha dejado ya más de quince mil muertos, incontables heridos y daños materiales enormes.
El panorama que el presidente Calderón trazó era espeluznante. Los cárteles se habían infiltrado como una hidra en todos los organismos del Estado y los sofocaban, corrompían, paralizaban o los ponían a su servicio.


Contaban para ello con una formidable maquinaria económica, que les permitía pagar a funcionarios, policías y políticos mejores salarios que la administración pública y una infraestructura de terror capaz de liquidar a cualquiera, no importa cuán protegido estuviera. Dio algunos ejemplos de casos donde se comprobó que los candidatos finalistas de concursos para proveer vacantes en cargos oficiales importantes relativos a la Seguridad habían sido previamente seleccionados por la mafia.

La conclusión era simple: si el gobierno no actuaba de inmediato y con la máxima energía, México corría el riesgo de convertirse en poco tiempo en un Estado narco. La decisión de incorporar al ejército, explicó, no fue fácil, pero no había alternativa: era un cuerpo preparado para pelear y relativamente intocado por el largo brazo corruptor de los cárteles.

¿Esperaba el presidente Calderón una reacción tan brutal de las mafias? ¿Sospechaba que el narcotráfico estuviera equipado con un armamento tan mortífero y un sistema de comunicaciones tan avanzado que le permitiera contraatacar con tanta eficacia a las fuerzas armadas?


Respondió que nadie podía haber previsto semejante desarrollo de la capacidad bélica de los narcos. Estos iban siendo golpeados, pero, había que aceptarlo, la guerra duraría y en el camino quedarían, por desgracia, muchas víctimas.
Esta política de Felipe Calderón que, al comienzo, fue popular, ha ido perdiendo respaldo a medida que las ciudades mexicanas se llenaban de muertos y heridos y la violencia alcanzaba indescriptibles manifestaciones de horror. Desde entonces, las críticas han aumentado y las encuestas de opinión indican que ahora una mayoría de mexicanos es pesimista sobre el desenlace y condena esta guerra. Los argumentos de los críticos son, principalmente, los siguientes: no se declaran guerras que no se pueden ganar.


El resultado de movilizar al ejército en un tipo de contienda para la que no ha sido preparado tendrá el efecto perverso de contaminar a las fuerzas armadas con la corrupción y dará a los cárteles la posibilidad de instrumentalizar también a los militares para sus fines. Al narcotráfico no se le debe enfrentar de manera abierta y a plena luz, como a un país enemigo: hay que combatirlo como él actúa, en las sombras, con cuerpos de seguridad sigilosos y especializados, lo que es tarea policial.
Muchos de estos críticos no dicen lo que de veras piensan, porque se trata de algo indecible: que es absurdo declarar una guerra que los cárteles de la droga ya ganaron. Que ellos están aquí para quedarse.


Que, no importa cuántos capos y forajidos caigan muertos o presos ni cuántos alijos de cocaína se capturen, la situación sólo empeorará. A los narcos caídos los reemplazarán otros, más jóvenes, más poderosos, mejor armados, más numerosos, que mantendrán operativa una industria que no ha hecho más que extenderse por el mundo desde hace décadas, sin que los reveses que recibe la hieran de manera significativa.

Esta verdad vale no sólo para México, sino para buena parte de los países latinoamericanos. En algunos, como en Colombia, Bolivia y Perú avanza a ojos vista, y en otros como Chile y Uruguay, de manera más lenta. Pero se trata de un proceso irresistible que, pese a las vertiginosas sumas de recursos y esfuerzos que se invierten en combatirlo, sigue allí, vigoroso, adaptándose a las nuevas circunstancias, sorteando los obstáculos que se le oponen con una rapidez notable, y sirviéndose de las nuevas tecnologías y de la globalización como lo hacen las más desarrolladas transnacionales del mundo.


El problema no es policial sino económico. Hay un mercado para las drogas que crece de manera imparable, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, y la industria del narcotráfico lo alimenta porque le rinde pingües ganancias. Las victorias que la lucha contra las drogas puede mostrar son insignificantes comparadas con el número de consumidores en los cinco continentes. Y afecta a todas las clases sociales. Los efectos son tan dañinos en la salud como en las instituciones. Y a las democracias del Tercer Mundo, como un cáncer, las va minando.


¿No hay, pues, solución? ¿Estamos condenados a vivir más tarde o más temprano, con Estados narco, como el que ha querido impedir el presidente Felipe Calderón?
La hay. Consiste en descriminalizar el consumo de drogas mediante un acuerdo de países consumidores y países productores, tal como vienen sosteniendo The Economist y buen número de juristas, profesores, sociólogos y científicos en muchos países del mundo sin ser escuchados.


En febrero de 2009, una comisión sobre Drogas y Democracia, creada por tres ex-presidentes, Fernando Henrique Cardoso, César Gaviria y Ernesto Zedillo, propuso la descriminalización de la marihuana y una política que privilegie la prevención sobre la represión. Estos son indicios alentadores.


La legalización entraña peligros, desde luego. Y, por eso, debe ser acompañada de un redireccionamiento de las enormes sumas que hoy día se invierten en la represión, destinándolas a campañas educativas y políticas de rehabilitación e información como las que, en lo relativo al tabaco, han dado tan buenos resultados.

El argumento según el cual la legalización atizaría el consumo como un incendio, sobre todo entre los jóvenes y niños, es válido, sin duda. Pero lo probable es que se trate de un fenómeno pasajero y contenible si se lo contrarresta con campañas efectivas de prevención. De hecho, en países como Holanda, donde se han dado pasos permisivos en el consumo de las drogas, el incremento ha sido fugaz y, luego de un cierto tiempo, se ha estabilizado. En Portugal, según un estudio del CATO Institute, el consumo disminuyó después de que se descriminalizara la posesión de drogas para uso personal.

¿Por qué los gobiernos, que día a día comprueban lo costosa e inútil que es la política represiva, se niegan a considerar la descriminalización y a hacer estudios con participación de científicos, trabajadores sociales, jueces y agencias especializadas sobre los logros y las consecuencias que ella traería? Porque, como lo explicó hace veinte años Milton Friedman, quien se adelantó a advertir la magnitud que alcanzaría el problema si no se lo resolvía a tiempo y a sugerir la legalización, intereses poderosos lo impiden. No sólo quienes se oponen a ella por razones de principio. El obstáculo mayor son los organismos y las personas que viven de la represión de las drogas, y que, como es natural, defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo.
No son razones éticas, religiosas o políticas, sino el crudo interés el obstáculo mayor para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico, la mayor amenaza para la democracia en América latina, más aún que el populismo autoritario de Hugo Chávez y sus satélites.

Lo que ocurre en México es trágico y anuncia lo que empezarán a vivir, tarde o temprano, los países que se empeñen en librar una guerra ya perdida contra ese otro Estado que ha ido surgiendo delante de nuestras narices, sin que quisiéramos verlo.
© LA NACION

jueves, 17 de diciembre de 2009

PUBLICACIONES Recientes investigaciones
La libertad y el orden: las figuras contrapuestas de Vicuña Mackenna y Manuel Montt


Aunque en su momento parecieran figuras irreconciliables y antagónicas, Vicuña Mackenna y Manuel Montt representan el avance de la secularización política en el siglo XIX chileno y comparten un fondo ideológico común, a la vez ilustrado y republicano.

Cristián Barros
Espíritu vertiginoso, centrífugo, de pasiones partisanas, Vicuña Mackenna pertenece a la generación de historiadores y publicistas americanos que se veían a sí mismos como oráculos de las nacientes repúblicas. Exiliado dos veces durante el decenio de Montt, hijo de uno de los grandes liberales del período, Pedro Félix Vicuña, el joven Benjamín encarnó la ideología del reformismo romántico de 1848, con todos sus excesos de doctrinarismo retórico. Tribuno y polígrafo, hombre de Estado y rebelde, Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) se opone naturalmente a individuos como Manuel Montt (1809-1880), su contemporáneo. Sin embargo, ambos representan el avance de la secularización política en el siglo XIX chileno, aunque en su momento parecieran figuras irreconciliables. No en vano, Manuel Montt fue el primer Presidente civil de Chile, y fue bajo su mandato que cristalizaron los primeros partidos políticos modernos, así como las realizaciones iniciales en infraestructura pública y fiscal.

Sobre todo funcionario, primero administrador y luego juez, Montt también es un ejemplo de meritocracia, y aunque suele vérsele como un representante de la élite, siempre fue considerado por ésta como un elemento más o menos advenedizo, un provinciano de escasa solvencia social. Paradójicamente, sus opositores liberales, abrumados por las medidas autoritarias del decenio, tardaron en apreciar la ponderación, eficiencia y probidad de Montt. Su administración fue documentada por el propio Vicuña Mackenna, quien tuvo un papel activo como conspirador contra el régimen. Así, aunque insistía en caracterizar a Montt como un tirano al servicio de los ultramontanos, lo cierto es que la bête noire de los liberales estaba lejos de ser un conservador clerical. En realidad, fue su defensa de un Estado interventor en la esfera eclesiástica lo que terminó por enajenarle las simpatías peluconas.

Sacados ambos del microcosmos del momento particular, y vistos en la perspectiva de un siglo y medio de distancia, Montt y Vicuña Mackenna comparten un fondo ideológico común, a la vez ilustrado y republicano. A decir verdad, son más los estilos personales los que tienden el abismo entre uno y otro; estilos que impedían, hasta ahora, una evaluación lúcida y equitativa. Afortunadamente, vienen a mitigar esta laguna los ensayos biográficos de dos jóvenes historiadores, Manuel Vicuña ("Un juez en los infiernos") y Cristóbal García-Huidobro ("Yo, Montt"), quienes se aproximan a estas figuras para interrogarlas y reubicarlas en un contexto más amplio. Se trata, por otra parte, de intentos muy diferentes entre sí, cada uno guiado por orientaciones y expectativas peculiares.

Un Montt refrescante

"Yo, Montt" se afirma deliberadamente como una biografía convencional, dirigida al lector no iniciado, y funciona perfectamente como tal, mostrándose como una obra amenísima y llena de piedad hacia su protagonista. Aunque por instantes penetra en una intimidad elusiva, sólo reivindicable por medio de las licencias de la imaginación, el resultado es más que convincente. Crónico inquilino de gabinetes, administrador opaco y protocolar, Montt emerge bajo una luz, si no inédita, sí al menos honesta y refrescante. Diferente acontece con el ensayo de Manuel Vicuña, que explora el itinerario intelectual de Vicuña Mackenna con un énfasis en la economía de los discursos, en especial del discurso historiográfico, así como en la representación institucional del historiador y su proyección en el imaginario nacional.

"Un juez en los infiernos" es, más que una biografía del Vicuña Mackenna historiador, una teoría sobre el rol del intelectual en un Estado-nación todavía embrionario, y al mismo tiempo un elogio sobre el poder de la palabra en un escenario institucionalmente precario e imperfecto. Ante nuestros ojos, Vicuña Mackenna se erige en puente entre el mundo de los muertos -los héroes de la Independencia- y un presente caótico y venal, dominado por las inercias y atavismos coloniales. Vicuña Mackenna reúne en su persona las cualidades de historiador profesional al estilo de Ranke -respetuoso de la cita erudita y la investigación de archivo-, y en no menor medida las del mitógrafo. Mitos de origen, como la Gesta Independentista ("¡Hombres de 1810! Vuestra obra grandiosa ha caído en manos de una generación pigmea...", anota durante su exilio), pero también mitos de pérdida del paraíso, como su narración del decenio de Montt y las guerras civiles de 1851 y 1859.

Con él asistimos a la virtuosa profanación de los restos mortales del abate Molina en Bolonia, su precursor en la vocación de historiador nacional, y entramos de su mano en los archivos europeos y americanos; rastreamos epistolarios privados; sondeamos la pálida memoria de testigos y supervivientes de los "grandes hechos". "Un juez en los infiernos" es el registro del aprendizaje de historiador, y concentra parte de su interés en la constelación moral y material que permitió la tarea del historiador como hombre público; es decir, la formación de comunidades de lectores y los valores asociados al libro y la prensa.

El mártir cívico

Un episodio ilustrativo del compromiso intelectual de Vicuña Mackenna es el célebre "Juicio de imprenta" de 1861, libelo difamatorio elevado contra el polígrafo por el hijo de Rodríguez Aldea, ministro de O'Higgins. La oportunidad sirvió a Vicuña Mackenna, convertido entonces en mártir cívico, para formular un alegato universalista a favor de la investigación histórica, disciplina modeladora de la nacionalidad. Por supuesto, la comparación con Montt -cuya autoridad estaba sólo respaldada por su prolijo desempeño legislativo, judicial y ejecutivo, todas ellas investiduras simultáneas- resulta un ejercicio más bien odioso. Ni uno era el sombrío autócrata ni el otro, el vitriólico agitador.

Pragmático en suma, Montt tuvo a su lado a consejeros como Bello o Sarmiento, y supo articular un aparato de gobierno con más que un mínimo de respetabilidad, excepción hecha del turbulento intervencionismo de las elecciones. "Yo, Montt" privilegia, no obstante, los aspectos privados de su carrera, e indaga en los pliegues del afecto doméstico, conyugal y filial. Describe el arco vital de Montt no sin cierta indulgencia, lo que no impide un retrato equilibrado y persuasivo del personaje. Nos convierte, si se quiere, en confidentes de un hombre laborioso y reflexivo, lejano a las prácticas del nepotismo o la adulación demagógica. Se trata, después de todo, del primer Presidente que ejerce su magistratura fuera del prestigio de las armas, ocupando más tiempo en el escritorio que sobre la montura.

Nuevamente, es tentador sugerir que ambos, Montt y Vicuña Mackenna, encarnan variantes de un mismo republicanismo: tradicional el primero, romántico el segundo. El interés por la educación y la difusión de la cultura laica y letrada; el americanismo y el nacionalismo, identificado éste con la civilización occidental; el progreso de la técnica y la producción moderna; la preeminencia del Estado sobre asuntos confesionales son, desde luego, elocuentes puntos de convergencia. De tal suerte, los seguidores de Montt se habrían unido a los jóvenes reformistas al término de su período. Conservadores, liberales, nacionalistas y radicales surgen en la década del 1850 y maduran en la siguiente."La rica aristocracia rural lo considera de cuna demasiado humilde; el ejército no lo quiere por no ser militar, y a las clases bajas les choca -refiere un extranjero a propósito de Montt- su aspecto que es insignificante y sugiere ancestro negro". El cuadro insinúa, más que cualquier otra cosa, la soledad en el poder. "Es difícil -escribe Simon Collier- no sentir simpatía por Montt", pues muerto su hijo mayor por apoplejía hacia 1857, muchos de sus adversarios asistieron al funeral, "mas no así los clérigos". Poco después decretaría una amnistía plena.

En efecto, la biografía de García-Huidobro cumple en plasmar con fidelidad y rigor una existencia sobria pero concentrada, lo que ocurre gracias a una exposición ágil y penetrante. Mayor complejidad, en cambio, exige la lectura de "Un juez en los infiernos", de Manuel Vicuña, obra que nos devuelve un Vicuña Mackenna espectral, desdoblado, necrofílico, cuyo romanticismo lo hace derivar paulatinamente hacia la historia del mal. "Un juez en los infiernos" dedica su último capítulo a explorar la peripecia de Cambiaso, jefe de la sangrienta insurrección magallánica de 1851, incidente subalterno de la guerra civil chilena del mismo año.

Inicialmente alineado con la facción liberal, Cambiaso -observa Vicuña Mackenna- degradaría los móviles de la revuelta contra el orden conservador e impondría una tiranía que reproduce y extrema, sospechamos, los signos de la tiranía de Montt. Pero el posterior ajusticiamiento de Cambiaso es también un síntoma de brutalidad y barbarie, esta vez concomitante con la época y el régimen de gobierno: un cadáver descuartizado públicamente por un matarife inexperto. He aquí una remota admonición sobre los espejismos del poder.

La biografía como género
La biografía es, sobre todo, un género decimonónico. Primero romántica, después positivista, la biografía histórica se desarrolló bajo la premisa del "genio", individuo clarividente, equipado con virtudes morales superiores, a menudo herramienta del destino de una nación. Cultivada por autores como Carlyle, la biografía clásica es una narrativa heroica. Aun más: una cosmogonía cívica . Su tema son los grandes hombres.

¿A quiénes se biografió en Chile? El interés surge más bien tarde. Muchas biografías son en realidad libelos partisanos, intentos por desacreditar figuras públicas en boga, panfletos concentrados en un solo protagonista. Portales monopolizó el género durante gran parte del siglo XIX, personaje magnético, siempre dividido entre el gabinete ministerial y la chingana.

Alberdi dedicó un volumen al general Bulnes; Vicuña Mackenna amplió el espectro a los próceres de la Independencia; Barros Arana abordó figuras científicas como Philippi. Avanzado el siglo, una temprana biografía de Arturo Prat, escrita por Bernardo Vicuña, fue el inicio de una canonización secular que dura hasta hoy. Pero también sucede que el tema se torne elusivo. Edwards Bello observaba en "La novela de Balmaceda" la frustración de quienes intentaron la biografía, más o menos ficticia, del Presidente sin poder llevarla jamás a buen puerto.

La biografía sufrió un eclipse importante con el ascenso de la historia social. En efecto, la escuela francesa de los Annales, la historiografía marxista inglesa y la microhistoria italiana dominaron el pensamiento histórico durante gran parte del siglo XX. Pero el "retorno" de la biografía fue tan inevitable como paradójico. La rehabilitación del individuo sobre las estructuras , el elogio de lo casuístico sobre regularidades a veces opacas, vino de obras que descubrieron en las estrategias de pequeños agentes una vitalidad específica, un poder para crear historia "desde abajo".
El Mercurio- Chile

martes, 15 de diciembre de 2009

Brasil y los bucaneros del Señor


Por Eric Nepomuceno *

Uno de esos días que pasé en Buenos Aires –un domingo de lluvia– fui a comer con amigos. Hablábamos de lo de siempre: nuestros países, nostalgias compartidas, un poquito de fútbol, hasta que surgió una cuestión crucial que casi nos arruina el almuerzo: ¿cómo asegurarnos una vejez digna?

Presenté una propuesta concreta y sencilla: juntar algún dinero entre nosotros y rentar un pequeño local. Comprar, además, un micrófono, uno de esos teclados electrónicos que imitan el sonido de un órgano, una Biblia, y ya.

Todos me miraron en piadoso silencio. Sin embargo, mi idea es coherente y viable. A ver: con un local, un falso órgano, un micrófono, y habiendo leído (aunque muy sumariamente) lo necesario, creamos una iglesia evangélica. En menos de un año recuperamos nuestra inversión y empezamos a ganar dinero.

En Brasil, un diploma de pastor cuesta unos 800 pesos, y el de obispo evangélico poco menos que el doble. Es que mi país tiene know how. Como en el fútbol, que tampoco inventamos, en el negocio de la fe nos hicimos potencia mundial, y muchos de los nuestros, además de asegurarse una vejez digna, se la aseguraron a sus nietos.

Gracias a nuestras leyes, es un negocio redondo, con exención de impuestos y total libertad para mentir, engañar, explotar, en fin, lo que sea, todo a nombre de Dios. En Argentina y en otros países latinoamericanos pasa lo mismo, y ése es un comercio que se expande con fuerza y rapidez. Si alguien lo duda, basta con prender la televisión: a partir de determinados horarios, lo que predomina son programas comandados por pastores electrónicos, compatriotas míos especializados en atropellar el raciocinio, la pronunciación, la gramática y la lógica.

A ver: ¿quién más creció en América latina cuando de la última crisis global? Ningún banco, ninguna industria, nada superó el comercio de la fe. ¿Cuál es la más rentable multinacional brasileña? Ni Petrobras, ni Vale do Rio Doce, ni el banco Itaú: es la Iglesia Universal del Reino de Dios.

Esta secta nació en el garaje de una casa en un suburbio de Río. Su creador, un genio de las finanzas, era funcionario público. Hoy es dueño de una fortuna. Está presente en Argentina y Costa Rica, en Panamá y México, en Uruguay y Colombia, en Ecuador y Puerto Rico, en Portugal e Inglaterra, en varios otros países europeos y africanos. Sus iglesias recaudan docenas de millones de dólares, controlan emisoras de radio y televisión, diarios y revistas, participan en el control de empresas de los más distintos matices, de taxis aéreos a publicidad, que a su vez generan más y más.

Explotar a los desvalidos y miserables es, desde siempre, un negocio seguro y muy rentable. Tanto, que la misma Iglesia Católica sentó los precedentes en materia de comercio y finanzas movidos por la fe. Pero está siendo superada en eficacia y pierde terreno frente los competidores evangélicos, más ágiles y seductores. Por ejemplo: la Iglesia Universal del Reino de Dios es dueña de la segunda red de televisión en Brasil (cuyo valor es calculado en alrededor de 1600 millones de dólares), controla una infinidad de emisoras de radio y al menos cinco grandes diarios de provincia. En Argentina, tiene tres emisoras de radio, publica un diario de distribución gratuita, alquila espacios en emisoras de televisión. Son diez templos en Buenos Aires y unos 170 en el interior. En Uruguay, compró un antiguo cine de Montevideo, donde instaló su sede, y tiene por lo menos otros 15 templos. En Costa Rica, donde tiene poco más de una docena de locales de culto –léase, de recaudación–, la Universal no posee ninguna estación de radio o televisión: prefiere alquilar espacios para sus programas. Hace lo mismo en México, donde tiene casi un centenar de templos, y en Colombia. Una enorme estructura bien aceitada hace con que esa fábrica de dinero siga a todo vapor. No es, desde luego, la única.

Hay miles de sectas, de las más modestas a las más espectaculares. Pero la Universal debe ser, decía yo a mis amigos porteños, nuestro modelo.

Podríamos empezar en Brasil, donde es muy fácil fundar una iglesia. Hace poco, tres periodistas crearon en San Pablo la Iglesia Heliocéntrica del Sagrado Evangelio (uno de ellos se llama Helio). Les tardó cinco días y costó 418 reales –900 pesos–. A partir del registro, la Iglesia Heliocéntrica recibió certificados que la liberaron de toda y cualquier carga fiscal, gracias a la libertad de culto asegurada por la Constitución. (Y sin embargo, en lugar de lanzarse rumbo al selecto club de los millonarios de la fe, Helio y sus dos fugaces obispos optaron por seguir siendo periodistas y publicar la historia.)

Claro que, además de la tasa inicial, hay que alquilar un local, comprar un falso órgano, un micrófono, un par de ejemplares de la Biblia. Pero es poca cosa, principalmente comparada con el retorno del capital, a corto plazo y sin riesgo.

Aseguré a mis amigos porteños que mi idea es aprovechar todas las brechas legales para lanzarnos a actividades mercantiles de los más diversos tintes, siempre al amparo de la ley. Que será fácil conseguir la adhesión de jugadores de fútbol y gente de la farándula para atraer fieles. Y más: siguiendo el ejemplo de muchos de mis compatriotas, muy exitosos bucaneros del Señor, no descarto que uno de los nuestros se presente como candidato a diputado, senador o lo que sea, en Brasil, Argentina o donde logremos llegar. Al fin y al cabo, también en eso brillamos: en mi país, muchos de los obispos y pastores electrónicos son tratados como figuras respetables de la República, integran alianzas políticas, y además de la protección divina cuentan con la del gobierno al que se juntan, y así protegen sus negocios e intereses.

Todavía no logré convencer a nadie, pero pienso seguir insistiendo. Ojalá resulte. No me falta fe en el negocio: me faltan socios dispuestos a transformarse, en poquísimo tiempo, en bucaneros del Señor. Y a asegurarse una jubilación de piratas.

Escritor brasileño.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Necrópolis de Santiago Gamboa

Vidas imaginarias

Detrás del trillado tópico de un congreso de escritores, Necrópolis, del colombiano Santiago Gamboa, logra desplegar una máquina de historias de redención basadas en una relectura en clave moderna del Decameron


Por Ezequiel Acuña


Necrópolis
Santiago Gamboa
Norma
456 páginas

En un lujoso hotel de Jerusalén sitiado por la guerra se lleva a cabo un extraño congreso de biógrafos. Un escritor colombiano recientemente recuperado de una larga y extraña enfermedad es invitado a participar a pesar de nunca haber escrito una biografía. Entre los expositores del congreso se cuentan un empresario colombiano, una actriz porno italiana y un ex convicto devenido pastor evangélico de Miami. Después de su exposición, el pastor evangélico se suicida en la habitación del hotel y para el escritor colombiano todo parece demasiado sospechoso.

Hasta ahí, Necrópolis no es más que un policial negro moderno, pero la ilusión del género dura poco porque Santiago Gamboa desarma pronto la estructura y se dedica a narrar otras historias, perder el centro, poner otras voces y otros personajes. Y entonces la novela toma una forma rara a la que es necesario acostumbrarse pero que sólo exige disfrutar de los relatos individuales sin importar hacia dónde va la totalidad de la historia. Para Santiago Gamboa, su última novela es una relectura del Decamerón en clave moderna, es decir, un grupo de personas sitiadas por la peste de la guerra, contándose historias sobre las vidas de otras personas para contrarrestar el efecto de la muerte. En esas historias están los grandes temas: la amistad, la lealtad o la traición, la muerte, la lucha, el sexo y el amor.

Lo cierto es que Necrópolis resulta ser la confluencia de dos líneas narrativas en la obra de Gamboa; por un lado la parodia detectivesca de libros como Los impostores, por el otro las historias insertas dentro de una historia mayor que caracterizó El síndrome de Ulises y que Gamboa describió como un experimento de arquitectura literaria. Se trata de una literatura que no se contenta con un solo narrador sino que se forma a partir de muchas voces que cuentan su historia sin que ninguna predomine sobre otra. En todo caso, Necrópolis viene a sumarse a la tradición de la novela polifónica, en la que ya incursionaron otros autores latinoamericanos de la generación de Gamboa, como los mexicanos del “Crack” entre los que se cuenta Jorge Volpi –con su trilogía sobre el siglo XX– y, claro, Roberto Bolaño con las dos novelas polifónicas por excelencia de los últimos veinte años, Los detectives salvajes y 2666.

Dentro de esa fragmentación, en esos relatos autónomos, el tópico de la biografía se vuelve fundamental. No se trata sólo de contar historias por contar, sino de buscar experiencias, intentar capturar totalidades aunque sea para poder justificar el nihilismo. Los protagonistas de los relatos son personajes marginales, azotados por la vida, que Gamboa desarrolla con una destreza que pocos tienen, yendo de lo cómico a la tragedia, de los estereotipos a la construcción meticulosa del destino que los llevó a las drogas, la guerra y la redención. Los relatos son presentados como las exposiciones en el congreso y cobran sentido juntos sólo en ese ambiente hostil de la guerra. La actriz porno italiana cuenta su vida de hija abandonada, su paso por las drogas y el trabajo en la industria de la pornografía como una forma de redención y realización personal; el empresario colombiano presenta un Montecristo moderno que acusado de ser comunista logra escapar de los paramilitares; otro relato se fija sobre la historia de dos ajedrecistas unidos en una amistad inseparable. Todas las historias, en todo caso, tienen en común el sentimiento de pérdida, la pincelada trágica, y la experiencia como ganancia, aquellos sucesos frente a los cuales lo único que se puede hacer es contarlos. La exposición del pastor evangelista, el relato de su propia vida y su participación en el Ministerio de la Misericordia funciona a modo de bisagra y se enfrenta a la historia detectivesca dentro del congreso en donde el escritor colombiano intenta dilucidar la causa del suicidio, una historia de juego entre amor y muerte.

Necrópolis –ganadora del premio de novela “La otra orilla 2009”– es también una novela urgente que intenta jugar todas sus fichas desordenadamente. En la guerra que rodea al congreso no se detallan bandos, no hay actualidad sino la sensación opresiva, el azar de cualquier ciudad, Jerusalén, Roma o Bogotá. Es, en todo caso, un no presente en donde el apuro es mostrar algo vital, una novela que se construye por adiciones, la suma de voces en la ciudad donde abunda el silencio.

domingo, 13 de diciembre de 2009

La atormentada vida de José Donoso en una biografía escrita por su hija
La vida del escritor chileno José Donoso (1924-1996) es desmenuzada por su hija Pilar en Correr el tupido velo, una frondosa biografía que estará a partir de este viernes en las librerías de Santiago de Chile.

Por: Nelson Sandoval Díaz/EFE


VENGANZA FEROZ. La hija del chileno, integrante del "Boom", ha escrito unas memorias que dejan poco por descubrir. En uno de sus diarios Donoso escribió: "¿Mi matrimonio vale la pena? ¿Quiero a María Pilar? ¿No es una cárcel para mí? ¿No es ella la que me está destruyendo poco a poco..."

Correr el tupido velo ha sido una biografía trabajosa para su autora, que a través de ella, según dijo al presentarlo anoche a la prensa, quiso saldar cuentas con su padre y con la relación también algo tormentosa que mantuvieron, y ha sido elaborada también para que "no me pregunten más por él".

No es para menos: "Sigue y se agudiza el problema Pilarcita, que nos tiene totalmente crucificados con su odio, su odio a sí misma, su odio al mundo, a su marido, a sus hijas. De pronto temo un asesinato, tan violenta y perversa es", anota Donoso sobre su hija en uno de sus cuadernos.

"No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas y no él un personaje de mi vida?, se pregunta, por su parte, en el texto Pilar Donoso (España, 1967), que durante muchos años, según confiesa, no logró separar la realidad de la ficción en la relación con su padre.

Esa relación despertó en Pilar, según dijo, uno de sus más grandes temores mientras trabajaba en el libro, de 442 páginas: que fuese tomado como una "vendetta" y que sólo se disipó cuando estuvo terminado, porque se percató ahí de que Donoso "queda bastante bien parado", en el texto pese a que no se guardó nada respecto de él.

Reflexiones sobre su homosexualidad, sus grandes amarguras y frustraciones, su odio, desprecio o aprecio hacia parientes, amigos o conocidos, su falta de sentido práctico, todo aparece relatado en primera persona, a través de pasajes de su vida.

"Correr el tupido velo" (Alfaguara) le demandó a Pilar Donoso ocho años de trabajo, cuya base principal fueron los 64 diarios, cada uno de varios centenares de páginas, que el autor de "El obsceno pájaro de la noche" (1970) dejó antes de morir en las universidades de Iowa y Princeton (EEUU), en las que fue profesor.

El título proviene también del universo donosiano: está tomado de "Casa de campo" (1978), para muchos críticos una de las grandes obras del escritor y cuyos personajes, pertenecientes a la oligarquía, "corrían un tupido velo" sobre los asuntos que les incomodaban o podían atentar contra la familia.

Pese a que Pilar Donoso no se propuso desvelar secretos ocultos en su libro, considera que éste cierra un círculo de pasiones "digno de la mejor de sus novelas" respecto de su padre, también autor de Coronación (1957), El jardín de al lado (1981) y Donde van a dormir los elefantes (1995), entre otras obras.

"Mi propio padre me encomendó esta tarea antes de morir", reveló Pilar, y precisó que en los cuadernos de Donoso hay dedicatorias que el autor dejo expresamente "para mis futuros biógrafos", así como reflexiones acerca de si su hija sería "capaz de llevar adelante esta labor".

Los archivos de Donoso, según Pilar, "son infinitos e incluyen manuscritos de sus novelas, comentarios acerca de sus personajes, reflexiones sobre su proceso de creación, entremezcladas con anotaciones sobre su vida personal", que son las que ella rescató para esta biografía.

Cuenta al comienzo del libro "todo lo chocante, lo malo que dijo de mí, de mi mamá (María Pilar Serrano)" y después la obra se divide en capítulos, según la ciudad donde vivían y según la casa en que lo hacían, aspectos que para José Donoso "eran fundamentales".

También revela, respecto de la homosexualidad del autor, que lo que más inquietaba a Donoso era que su obra fuera catalogada como "literatura gay", a tal punto que al llegar a Princeton se horrorizó al percatarse de que había tesis doctorales que lo incluían.

"Hay cientos de miles de cosas que no he hablado aquí: mi homosexualidad, pasiva y latente e imaginativa en este momento, como una huida al miedo de una entrega total a ti", dice Donoso en una carta a su esposa.

"¿Mi matrimonio vale la pena? ¿Quiero a María Pilar? ¿No es una cárcel para mí? ¿No es ella la que me está destruyendo poco a poco, no soy yo el que la está dejando que me destruya?", se pregunta en otro de sus diarios, en una muestra de su paranoia compulsiva.

"Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él mismo, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción de la realidad", escribe Pilar Donoso en la biografía.

Fuente: EFE

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Crímenes imperceptibles

En el libro de cuentos del venezolano Alberto Barrera Tyszka, los crímenes, por pequeños o grandes que sean, se enhebran en una metáfora mayor sobre las relaciones humanas.

Por Juan Pablo Bertazza

Crímenes
Alberto Barrera Tyszka Anagrama
161 páginas

En la literatura muere más gente que en la realidad. El asesinato, desenlace natural de tantas historias, suele ser puesto en primerísimo plano: se cuenta el itinerario de la bala desde el revólver hasta el blanco, el brillo del cuchillo justo cuando toma contacto con la piel. En este segundo libro de cuentos del escritor y periodista venezolano Alberto Barrera Tyszka –ganador del premio Herralde en 2006 con su novela La enfermedad–, los crímenes aparecen, en cambio, sugeridos, contados indirectamente, o apenas enhebrados con problemas de distinto calibre.

Crímenes que se engarzan a la vida cotidiana como un rosario que se traba en una cuenta demasiado grande. La sangre de este libro siempre aparece, entonces, coagulada, descolorida, añeja. Porque lo que perturba de estos crímenes no es su realización sino la imposibilidad de explicarlos o elaborarlos en la memoria, a tal punto de que terminan generando crímenes menores que los personajes llevan a cabo a partir de un raro contraste entre conciencia y acciones. Lo que dicen que piensan nunca es lo que dicen que hacen, como se ve claramente en Una historia mexicana: “Decidí ir a ver a Hilda, pero para decirle que no.

Para restregarle, con solidaria firmeza, que Lencho y yo éramos cuates, que dejáramos de una vez ese jueguito absurdo, que yo jamás traicionaría a mi hermano. Apenas crucé la puerta, comencé a besarla, a tocarla, a desnudarla. Hicimos el amor ahí mismo”. Ese vaivén, esa inestabilidad convive en cada individuo, en cada hogar retratado por estos cuentos, incluso en lo que hace a la intensa realidad política venezolana que el autor también se preocupa por vislumbrar.

Tyszka –quien escribió junto a la periodista Cristina Marcano una biografía sobre Chávez– habla en el excelente cuento Balas perdidas de quienes están a favor de Chávez, de quienes están en contra, pero sobre todos de quienes, un poco por confusión personal, un poco por confusión mediática, no saben en qué país están: al desaparecer un joven aparentemente apolítico durante una manifestación, un canal opositor se adueña de la palabra de su esposa para hablar contra Chávez, mientras que un canal oficialista se respalda en la ideología del hermano de la víctima para contraatacar; hasta que ambos familiares parecen perder de foco, incluso, el deseo de encontrar al desaparecido.

Mención especial merece el excelente primer cuento de la serie: una pareja con el amor en peligro de extinción encuentra gotas de sangre en la alfombra y van tratando de descifrar el enigma al tiempo que repasan, como quien no quiere la cosa, los pequeños crímenes que acontecieron durante el tiempo que estuvieron juntos: el desgarro de corazón producido al novio anterior de ella cuando lo deja de un día para el otro; la matanza con revólver de un murciélago alojado en la persiana de su habitación y la muerte de un hijo antes de nacer.


El lenguaje de Alberto Barrera Tyszka es económico, hipnótico, pero plagado de comparaciones poéticas. Si bien ninguno de los diez cuentos que componen este libro se ponen a conversar entre sí, mediante recurrencia de personajes, lugares ni fraseos, Tyszka logra, de manera muy original, un efecto semejante. Estos cuentos no remiten a un pasado lejano ni a un futuro próximo, sino a un presente perturbador: “Esta mañana, al levantarse, encontraron cuatro gotas de sangre sobre la alfombra”; “Dos o tres metros más allá, casi en el mismo momento, Idelmaro Jiménez se derrumbó. Es un hombre de sesenta y cinco años que se mantiene en muy buena forma física”.

La combinación entre la narración en tiempo real y el pasado de esa sangre nunca fresca de estos crímenes, sumado a que muchos de estos finales son superabiertos, hace que los personajes se vayan acumulando en una especie de largo pasillo aun cuando su respectivo cuento haya terminado. Como si este libro de cuentos constituyera una novela en la que, en distintos espacios pero en un único tiempo, carne fresca vislumbra sangre añeja. Algo que concluye el propio autor diciendo, en uno de sus cuentos, que “el tiempo es el único crimen perfecto”.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Novela negra de aquí a la vuelta

Una nueva colección dirigida por Juan Sasturain recupera el tradicional género que supo plasmar con diferentes matices, Rodolfo Walsh. Aquí, una reseña sobre el original lanzamiento y entrevistas con los autores.

Por: Guido Carelli Lynch



Mal que le pese a Carlos Gamerro el policial negro y argentino goza de buena salud. Nadie lo mató, tampoco se suicidó, mucho menos se lo cargó un personaje decadente de Dashiell Hammett. No, definitivamente está vivito y coleando.

La aclaración bien vale, luego de que el autor de Las islas y El escritor irlandés y la tradición, un voraz y erudito lector del género, declarara primero en Ñ #98, en 2005, y luego en otros medios de difusión cultural, que el policial negro, vale decir, aquel subgénero signado por la violencia incoherente en lugar de aquella justificada en los enigmas y acertijos lógicos, que desentrañaban los héroes inventados por Sir Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe, ya no tiene razón de ser por estas latitudes. Es que para Gamerro, el género que tan bien plasmó y encarnó en su calidad de narrador y periodista/protagonista Rodolfo Walsh en contraposición al tándem intelectual de Borges y Bioy, perdió credibilidad justo después y para siempre de que la realidad le ganara por goleada a la ficción en la última dictadura. "Después del Olimpo no se puede hacer novela negra", sentenció Gamerro.

La objeción al fatalismo de Gamerro no saldrá de estas líneas ni de la respuesta sesuda de otro crítico o escritor. La demostración de la vigencia del policial nacional y negro salió del propio campo de juego literario, más precisamente de los cuatro ejemplares iniciales de Negro absoluto, la colección dirigida por Juan Sasturain uno de los principales sostenedores de la tradición que para Gamerro se agotó en los 80'.

Con matices diferentes, Santería, de Leonardo Oyola, Los indeseables, de Osvaldo Aguirre, El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero y El doble Berni, de los "uruguayos" Elvio Gandolfo (que aunque nació en Mendoza, vive en Montevideo desde hace años) y Gabriel Sosa, ocurren –tal como festejó Sasturain- "acá a la vuelta".

Sin embargo, sólo la novela de la dupla oriental, transcurre en el marco reconocible del itinerario que el protagonista Jorge Lucantis construye una y otra vez entre Rosario y Palermo a lo largo de la investigación para saber quién mató a su amigo el pintor Roberto Taborda, un presunto falsificador de Antonio Berni.

Aguirre, por el contrario, decide viajar en el tiempo y retratar los bajos fondos de la Buenos Aires infame del 30. Apelando a la imaginería colectiva e instalada del género, construye un no por estereotipado menos efectivo y creíble héroe, Gustavo Germán González. Este periodista de la sección de policiales del diario Crítica, de la familia Botana, pugna por esclarecer y anticipar la primicia que significa el asesinato de Madame Ruby, la prostituta que aparece muerta en el Parque Lezama, y por desnudar y denunciar al mismo tiempo –en este punto reside su rasgo más distintivo de novela negra- la hipocresía decadente y reinante de la elite de aquellos años.

Mucho más actual y comprometido es el desdibujado, ficticio y lúgubre Puerto Apache que pinta Leonardo Oyola. Este valor, no ya promisorio sino bien actual de la nueva generación de narradores, aprovecha esta entrega de un siempre considerado género menor, para plasmar un lenguaje coloquial pero poético, con algún parecido al que acostumbra Cucurto pero con musicalidad propia. No obstante, en la carrera contrarreloj de Fátima Sánchez, la Víbora Blanca, por anticiparse a su Némesis, la Marabunta, extracto de otra sugestiva villa miseria, y en la denuncia de una Buenos Aires que hace de sus rascacielos espejados el símbolo mentiroso de su progreso, Oyola se sirve de la estructura arquetípica de la novela negra. Policías en connivencia con ladrones y prostitutas cobijadas por el poder son ejemplo de lo primero. Sin embargo, Oyola logra en el mismo proceso narrativo salirse de las ataduras del género estrictamente policial y crear, merced del terror, el suspenso y su talento creativo una obra mucho más duradera, que además es un guiño a la obra de Juan Martini.

Ricardo Romero, en cambio, forja una Buenos Aires futurista, "como una foto en movimiento". Esta ciudad post bicentenario, con 2 obeliscos y franqueada por columnas de humo omnipresentes y sugestiva y proféticamente actuales, es la geografía por la que deambulan los protagonistas siempre gobernados por sus tics nerviosos y automáticos. Maglier, Muishkin y el resucitado Abelev, enfermos de Tourette, además de investigar quién quiso matar al tercero, sobreviven, como Rasputín, a su pesar, pese a todo, incluso a ellos.

Cabe concederle a Gamerro que ninguna de estas cuatro novelas transcurre en la Buenos Aires actual y palpable. Y si bien Sasturain explica y también acierta al afirmar que "la referencia sobre la situación argentina está de manera sesgada como debe ser en literatura" y en que "está lo esencial, no lo fotográfico", bien valdría –sólo para variar- y terminar de desdecir a Gamerro en los hechos, más allá de las palabras, un intento por crear una historia actual que no resulte "obvia" ni esté contaminada por las temáticas y los vicios del mal llamado –por lo redundante del término- "periodismo de investigación".

Negro absoluto constituye de una manera u otra y empero de sus defectos y su ritmo frenético, acelerado in extremis, a veces –es cierto- apurado, un firme manifiesto de la vigencia de un (sub)género olvidado por la crítica y los propios lectores, que en la década pasada no acompañaron las iniciativas del sector por resurgir.

Es además un más que interesante espacio para constatar el ingenio creativo de una nueva generación de narradores. A excepción del experimentado Gandolfo, que hace gala de su oficio, como señala Sasturain, para "construir la sutil psicología de sus personajes"-y del apasionante retrato de época de Aguirre, un erudito del policial, la flamante colección pone a prueba a escritores que ya habían insinuado en otros contextos.

La refundación de Buenos Aires, aunque sea travestida, como capital de estos crímenes, de estas investigaciones que no buscan justicia sino verdad –característica intrínseca y diferenciadora de la novela negra- niega una vez más la descripción también brillante de Gamerro, que anteponía los escenarios foráneos que Pablo de Santis y Guillermo Martínez eligieron para sus exitosas y más cuidadas novelas de enigma.

Sin embargo, hay que decirlo, Negro absoluto es antes que todo y primero que nada, buena literatura, a secas. Vale aclarar y reconocer que a veces crítica, escritores y editores confunden las discusiones estéticas con las comerciales. Por eso a Claudia Piñeiro, a quien los actores mencionados, la propia obra y los sucesos ajenos erigieron como un exponente del policial argentino contemporáneo, acepta aunque renegando de buen grado esa discriminación, porque de no ser así, seguramente hubiera pertenecido a otra fantasmagórica clasificación, la de la literatura de género (femenino).


domingo, 6 de diciembre de 2009

El material humano

Rodrigo Rey Rosa
Anagrama


(Buenos Aires)

Del tema del pasado se han ocupado grandes escritores, por ejemplo Borges, cuando en “Otras inquisiciones” dice : “…el propósito de abolir el pasado ya ocurrió en el pasado – y paradójicamente- es una de las pruebas de que el pasado no se puede abolir. El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado…” (1).

También la ensayista Beatriz Sarlo dice en su libro “Tiempo pasado”: “…el pasado es inevitable y asalta más allá de la voluntad y de la razón. Su fuerza no puede suprimirse sino por la violencia, la ignorancia o la destrucción simbólica y material…(2). Y además: “… el pasado es siempre conflictivo. A él se refieren en competencia, la memoria y la historia, porque la historia no siempre puede creerle a la memoria, y la memoria desconfia de una reconstrucción que no ponga en su centro los derechos del recuerdo (derechos de vida, de justicia, de subjetividad…”.

“…Del pasado puede no hablarse. Una familia, un estado, un gobierno pueden sostener la prohibición; pero sólo de modo aproximado o figurado se lo elimina, excepto que se eliminen todos los sujetos que van llevándolo (ése fue el enloquecido final que ni siquiera logró la matanza nazi de los judíos). En condiciones subjetivas y políticas “normales”, el pasado siempre llega al presente…”. (2)

Del pasado de Guatemala y de sangrientas represiones trata este nuevo libro del autor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.
A través de un narrador en primera persona en apariencia un relato autobiográfico, quien se propone visitar un insólito Archivo con documentación del antiguo Palacio de la Policía y de otras comisarías departamentales con libros de actas que datan de la década de 1890.
Ahí, el narrador personaje se encuentra con fichas de distintas personas que han sido fichados con motivo y sin motivo y así consta en ellas.


Como en un laberinto, este narrador personaje sabe que podrá encontrarse con el Minotauro. Pero sólo hacia el final de la novela y ambiguamente podrá saber quién es.
El pasado indígena, las luchas guerrilleras, la represión del estado, todo está ahí, en el libro y fragmentariamente, en los personajes que van apareciendo.
A la manera de un diario, apuntes y notas del narrador, el relato se va armando, se intercalan con retazos de la vida personal de aquél, quien parece luchar por vivir el presente: tiene una amante, una hija pequeña, hermanas, padres, amigos a quienes frecuenta.


“Pero al pasado, llegado de no se sabe dónde, el recuerdo no permite que se lo desplace; por el contrario, obliga a una persecución, ya que nunca está completo” (2) asalta al personaje, llevándolo una y otra vez a seguir con su investigación, entrevistándose con personajes que pueden acercarle ese pasado y construyendo una trama donde el miedo y el suspenso pesan.

El libro tiene ritmo, una prosa ágil, una historia a la vez triste, de un pasado reciente y común a muchos países latinoamericanos.
Se trata de un libro excelente y un extraordinario narrador.
Resulta imprescindible su lectura.

Rodrigo Rey Rosa nació (Guatemala, 1958) estudió en Guatemala, vivió en Nueva York y en Tánger, Marruecos. Ha traducido al español varios libros de Paul Bowles y a otros autores como Norman Lewis, Paul Léauteadu y Francois Augiéras. Vive actualmente en la ciudad de Guatemala. Es autor de una amplia obra literaria traducida a muchos idiomas. Entre sus títulos más destacados figuran Cárcel de árboles, Que me maten si..., La orilla africana y Caballeriza, publicados todos en Seix Barral.

© Araceli Otamendi – Archivos del Sur

Crónica de una visita guiada por la vida y la obra de Mario Vargas Llosa

Un recorrido junto al autor en la feria del libro más importante de Latinoamérica. Un video con testimonios exclusivos y un balance de cierre de la Feria de Guadalajara.

Por: Diego Erlan

Mario Vargas Llosa pide indulgencia. No está ante el juicio de la historia sino más bien ante el juicio de los recuerdos, de los archivos más íntimos que terminan expuestos al público en la muestra Mario Vargas Llosa: la libertad y la vida, inaugurada el jueves por la noche en el Instituto Cultural Cabañas de Guadalajara, que acompaña al libro homónimo recién publicado por Planeta. Es un recorrido por los objetos que trazan la vida pública y privada del autor de La ciudad y los perros.

"Tenía la impresión de que este tipo de exposiciones se hacían cuando los escritores se morían y no cuando aún estaban vivos", dice el autor al ingresar a este antiguo hospicio para niños abandonados en el barrio de San Juan de Dios. Atraviesa el patio principal de edificio construido en 1810 y observa, recostado en uno de los bancos de la capilla, los murales que el artista José Clemente Orozco pintó entre los años 1937 y 1938.

La definición de escritura, para Vargas Llosa, está basada en la suposición de que las novelas tratan sobre la vida, sobre la experiencia personal, y que esa es la fuente de su autenticidad. A punto de ingresar a las salas, el escritor tiene la sensación de que esta muestra es SDLqun monumento a lo que fuiSDRq. "No reniego de mi pasado -dice-, y aunque tengo una actitud autocrítica hacia mí mismo, lo que soy es producto de lo que he sido". Allí está, entonces, el pasado traducido en fotografías familiares, cuadernos de apuntes manuscritos y su vieja máquina de escribir. Es la primera vez que la muestra sale de Perú y para el escritor, refleja la trayectoria de una persona que a los cinco años le ocurrió la cosa más importante de su vida: aprender a leer. Y agrega: "Hice muchas cosas en la vida, como el periodismo o la política, pero lo que jamás traicioné ha sido la literatura".

Se lo nota contento y sobre el material que se exhibe, Vargas Llosa comenta: "Desde luego que abrí mi casa, mis archivos, mi escritorio, pero si hubiera tenido incidencia en la elección de las cosas habría habido una fuerte censura". En un rincón está la libreta de calificaciones del primer grado del niño Mario, en el Colegio La Salle de Cochabamba. Año 1942: en Lectura tenía un cinco y en Educación Física un tres. En esa misma mesa se encuentran sus primeros versos, escritos a los siete años, esas líneas que Vargas Llosa suplica no leer. "Y si no tienen más remedio que leerlos, perdonadme". La letra es clara: "Quiero hacer de mis versos/ sonetos milagrosos/ y no ruinas lloronas/ ni cantos rencorosos."

"Uno no puede otra cosa mas que sentir nostalgia", desliza Vargas Llosa, emocionado ante la imagen de su abuela el día que cumplía ochenta años o cuando encuentra expuesto el programa de la obra "La huida del Inca", escrita a los 16 con la que ganó el segundo premio en un concurso escolar. ¿Sigue teniendo el programa de esa obra en su billetera, casi como un amuleto? "No, -dice el escritor- lo perdí cuando me robaron la billetera en Holanda". Frente a páginas y páginas de sus novelas mecanografiadas, la pregunta es inevitable: Cuándo vuelve a leer su obra, ¿encuentra que algo falló? "Si tuviera que escribir mi obra de vuelta, creo que lo haría mejor, pero uno siempre ve sólo los defectos." Dice que cada uno de los libros fue una aventura y acepta que con el tiempo ha cambiado mucho su forma de pensar pero no se considera un provocador aunque sus pensamientos puedan generar gran incomodidad en las personas. Se refiere a muchas de las críticas que Vargas Llosa hace de "dictaduras en marcha", como llama a regímenes como el de Chávez. ¿Es pesimista sobre el futuro de Latinoamérica? Dice: "No creo ser pesimista por el crecimiento del populismo en ejemplos como los de Chávez y sus gobiernos vasallos. Son un peligro para el continente, sin duda, pero hay una resistencia creciente en la ciudadanía. Hay una izquierda sensata, más cercana al socialismo europeo, que acepta el libre mercado: son las de Chile, Uruguay y el gobierno de Lula", cierra.

Desperdigadas en el piso de los salones pueden verse reproducciones de la correspondencia que Vargas Llosa mantuvo durante años con los referentes del boom: Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez. La primera es una de Fuentes, que le envió desde Nueva York en 1965. En ella, el autor de La región más transparente le dice que espera encontrarlo en París. "Si Julio está allí -escribe Fuentes a máquina-, avísale que voy y que no pude contestar su maravillosa carta sobre 'Cantar de ciegos' porque alguien, en una fiesta en mi casa, se la 'voló', como decimos los aztecas". La carta continúa. En los años que los autores se convirtieron en un punto de inflexión (literario, cultural y comercial) para la literatura latinoamericana, Fuentes reconoce que tanto él como Vargas Llosa y Cortázar tienen algo en común: la crítica a la que están sometidos en sus países. "En México es muy 'chic' atacarme -bueno, como a ti en Perú y a Julio en Argentina-. Si no eres rojo y subvertido eres decadente e invertido y todos con buena conciencia. Ay, la latinidad!"

¿Alguna vez Vargas Llosa se habrá sentido esclavo de su vida? Enceguecido por los flashes y con las cejas arqueadas, el escritor responde: "No lo creo. Siempre me he sentido empujado a defender mis ideas, y mi autenticidad".


sábado, 5 de diciembre de 2009

ENTREVISTA AL ESCRITOR CHILENO PABLO SIMONETTI

“Escribir es siempre una aventura de alto riesgo”

Su nueva novela, La barrera del pudor, trata sobre “la sensación de abandono y de soledad que sentimos hoy”. La sexualidad en la pareja y la búsqueda de identidad son abordadas aquí sin convencionalismos y dan cuenta de los nuevos paradigmas familiares.

Por Silvina Friera

Desde Santiago

En el barrio Las Condes la nublada mañana arranca despacio, como si le costara desperezarse y aún estuviera bostezando y meditando si le conviene o no salir de la cama. De repente, desde un micro, un hombre de cejas tupidas, ojos claros y pelo castaño por el que asoman, con una curiosidad irreversible, algunas canas, mira a los pocos transeúntes bajo el fogonazo de un título: La barrera del pudor.


Lejos de ser un actor de cine que está promocionando su última película, el señor de la publicidad es Pablo Simonetti, el autor chileno que más vende en estos tiempos –desplazó del ranking nada menos que a su compatriota Isabel Allende–, que vive a un par de cuadras, sobre la calle Hendaya. El escritor es tan alto que necesita inclinarse bastante cuando abre la puerta de su departamento, en el piso doce, y saluda a Página/12. La montaña se dibuja por cualquiera de las ventanas del living por donde el paisaje “nos mira como si fuéramos criaturas de ficción insignificantes”.

Las patitas musicales del perro Beagle astillan el silencio. Max, llamado cariñosamente “maxito” por su dueño, es un veterano de casi doce años. “Lo pasa mal porque es alérgico, por eso está con esta guata enorme, porque se hincha por la cortisona que toma”, informa Simonetti los achaques de su compañero. Maxito, sin embargo, festeja a la visita como si fuera un cachorro. “Es un regalón”, dice, orgulloso, el escritor.

El té que trae Juanita, la mujer que mima y cuida al escritor, es el combustible del que se sirve para repasar su última novela, La barrera del pudor (Norma), una historia que explora el impacto que tiene la separación de Amelia, una prestigiosa paisajista que acaba de romper las amarras de su matrimonio con el crítico literario Ezequiel Barros, después de trece años de convivencia. “El sexo en una pareja me parece más importante que la maternidad.


Es su Eucaristía”, dice Amelia a su hermana, en la casa cerca del mar en la que ha decidido refugiarse para barajar y dar de nuevo. Ahí le confiesa que con Ezequiel hace años que “no pasaba nada en la cama” y que hasta se animó a comprar la pastilla azul, el Viagra, para paliar la “impotencia” de su ex marido. Simonetti cuenta que empezó a escribir la novela después de haberse separado de una pareja de “largo tiempo”.

No sabe por qué la punta del ovillo, el embrión de la idea, fue la voz de una mujer. “Separarse es un proceso de readecuación de la identidad muy duro, porque uno pierde seguridades pero gana libertades que no sabe manejar. La fuerza que me impulsó de entrada fue esta posibilidad de invertir ese lugar común del hombre con ganas infinitas y la mujer que le duele la cabeza”, explica el escritor.

–En la novela aparece mucho el tema de las parejas que siguen sosteniéndose muy precariamente, como por ejemplo Josefina, la hermana de Amelia. ¿Por qué cree que algunos persisten, a pesar de esa precariedad?

–Me interesó este contrapunto. Josefina se resigna a la situación; podríamos decir que está en un estadio anterior, que pertenece a ese tipo de mujeres que mantienen un matrimonio por costumbre, por pertenencia, por seguridad; gente que busca un lugar para refugiarse en la vida. Josefina es de esas personas que necesitan un hogar donde refugiarse de los peligros de la vida. Ella no tiene la iniciativa de “volver a la vida”. Josefina es la representación de mucha gente que se contenta con el lugar donde está, a pesar de la infelicidad y las frustraciones.

–Lo curioso es que en un momento Amelia tiene que interrumpir el inventario de insatisfacciones de su hermana para decirle: “estamos hablando de mi separación”.

–Siempre me llamó la atención esa gente a la que uno le cuenta un problema y lo usa de excusa para terminar hablando de lo que le está pasando. Es como si una persona te dijera: “tengo cáncer”, y la otra le responde: “Sí, yo también tengo resfríos todos los días” (risas). Hay algo en la novela que se repite: personas que se satisfacen de distintas maneras. Josefina satisface su necesidad de atención; Amelia, su necesidad de atención física; los terceros que entran en la relación, los que viven en Estados Unidos y en Buenos Aires, son personas bastantes narcisistas que están tratando de llamar la atención.


Todo esto tiene que ver con la sensación de abandono y de soledad que sentimos hoy. Son cuestiones no planeadas en la novela, pero que representan el estado de la vida hoy; de cómo pareciera que las personas tienen todo muy ordenado en sus trabajos, sus casas, pero repentinamente se abren estos vórtices en el medio de sus vidas, por los cuales se dejan ir en busca de la promesa de una intimidad que no alcanzan.

–¿A qué atribuye la imposibilidad de la convivencia?

–Los que se someten a la regla de la convivencia necesitan un hogar en donde proyectar su identidad. Pero también hay algo hasta perverso de parte mía como escritor. Yo creo que Josefina tiene una gran ventaja: que su marido la desea y ese deseo los mantiene unidos. En cambio a Amelia, no. Ahí se produce un desfonde que es irreversible. El marido de Josefina es alcohólico y lo degradan en el trabajo, pero finalmente ella siempre dice que la persigue todo el día; como decimos acá: “se queja de llena” (risas). El deseo sexual tiene esa forma de contener que es muy animal...

Que el ex marido de Amelia sea un crítico literario un tanto retirado de la vida, que contempla y juzga, es una burla de Simonetti. “Los críticos son personas que tienen cierta dificultad con su vida privada –plantea el escritor–. Aquí en Chile, durante muchos años, los críticos literarios eran célibes, sacerdotes; tipos muy cascarrabias y llenos de mañas. Son personas de riesgos limitados que no salen fuera de sí mismos, que no parten a excursiones aventureras sino que juzgan las aventuras de los demás. Sentí una tentación enorme de ser sarcástico con los críticos literarios, de hacer una caricatura.”


El personaje de Ezequiel también le permitió darse cuenta de que los escritores transitan por fases literarias muy productivas, en las que son inconscientes de los riesgos que asumen mientras están escribiendo. “Escribir es una aventura de alto riesgo, no tiene mucho sentido. Uno después de leer a sus padres literarios, a sus ancestros, se pregunta ‘por qué voy a escribir yo’. Escribimos porque es una actividad plena que nos hace sentir bien. Pero también pasamos por períodos en que somos críticos literarios furibundos de nosotros mismos, dudamos de todo lo que hacemos y nos autoflagelamos. Las novelas son una sucesión de momentos de gran inspiración y de autoflagelación”.

Un ejemplo cercano de autoflagelación lo encuentra, precisamente, con La barrera del pudor. “Hubo un momento en que estuve a punto de tirarla a la basura –confiesa con una sonrisa incómoda–. En un viaje a Italia pensé que la tenía que reescribir entera, que tenía que cambiar la voz literaria; hasta que una amiga, la única a la que le paso mis novelas, me dijo: ‘¡Pero por favor, si esta novela está bien!’.”

El título de la novela, comenta el escritor, responde a las sucesivas etapas que hay que cruzar para llevar a cabo las fantasías. “A pesar de que Amelia no es una persona que se guarde lo que piensa respecto de la sexualidad, cuando conversa con Ezequiel de la posibilidad de que cada uno tenga amantes por su lado, se ve muy perturbada porque la propuesta la excita, pero también le da miedo. La barrera del pudor es el proceso de llevar la fantasía a la realidad. Las fantasías disparan los grados de excitación a niveles muy altos; son como curvas que pegan un curso hasta el infinito y vuelven, pero en uno de esos cursos, pueden no regresar.”

–¿Por qué en todas sus novelas los personajes están excesivamente pendientes de la mirada de los otros? ¿Está relacionado con taras o mañas de parte de la sociedad chilena?

–En mis novelas y en mis cuentos aparecen personas que se están enfrentando a sí mismas por primera vez. En esta búsqueda de una nueva identidad se sienten muy frágiles; por eso los atraviesa tanto la opinión de los demás. Lo que une a mis novelas es la búsqueda de la identidad o personas que se ven obligadas a mirarse a sí mismas. El sentido de seguridad, de pertenencia, en Chile tiene un enorme valor. El individuo posmoderno, por decirlo de alguna manera, es algo que todavía no se ha alcanzado aquí. Aún estamos saliendo de la época del clan, de la protección, que ha sido la causa de infelicidad de mucha gente que no ha sido capaz de diseñar su propia identidad, de ser verdaderos consigo mismos.


Pero para esto tienes que abandonar el clan, perder sus privilegios... es algo que me pasó a mí. Tuve que perder las armas, las redes, los blasones de mi familia, tuve que renunciar a ella para poder entrar a mi nuevo mundo y definirme. Uno quisiera controlar la mirada del otro, algo que aparece mucho en mis personajes. Al menos en la sociedad chilena, pero creo que en la mayoría de las sociedades, la familia, el grupo de amigos, el mundo al que perteneces, genera una forma de control social. Vivimos dentro de una estructura en la que hay ciertas costumbres, ciertos usos que nos unen, que nos sustentan, pero cuando alguien quiere romper esos usos y costumbres, tiende a ser decapitado por este control social, que es un control no explícito, pero que aparece frente a la rebeldía de uno de los miembros del clan.

–¿Qué consecuencias tiene el cambio de paradigma en la pareja y en las familias?

–Soy bastante optimista, en el sentido de que estas instituciones serán capaces de acoger una nueva manera de diseñar la identidad. Hoy los padres y las familias son más bien lugares donde se quiere acoger como una especie de “inteligencia artificial”; los hijos van recogiendo de una serie de lugares, espacios y personas, partes de su identidad y diseñan un ser nuevo. Incluso los mismos miembros de las parejas no son inmutables; se van rediseñando a medida que pasa el tiempo.


El amor, entendido desde una dimensión sexual, en el caso de las parejas, es capaz de tener las libertades y flexibilidades para que los diseños de la identidad puedan llegar a buen puerto. En el sistema anterior, en que tú tenías que responder a los valores y a la forma del lugar donde nacías, donde pertenecías, siempre había un grado de mayor o menor infelicidad. El que era más diferente era muy infeliz; mientras que acá todos pueden ser diferentes, pueden tener una individualidad firme, y al mismo tiempo estar cohesionados por el amor; que el amor no sea una convención sino un sentimiento. El amor, en el mundo anterior, era convencional.

Creo que estamos dejando el lado convencional del amor, lo que va a contribuir a crear formas diferentes de familia, donde estos diseños de identidad alcanzarán otro tipo de uniones que no tienen que ver con el espacio social, con el espacio geográfico o biográfico. Hay algo en la tecnología que ha cambiado la forma de relación entre las personas y me parece valioso, porque la familia está a las puertas de un cambio tecnológico en su constitución.

–En la novela aparece sobrevolando la cuestión de la flexibilidad de la pareja, del tener cada uno sus amantes. ¿Qué opina de las “parejas abiertas”?

–No sé si son muchas las parejas que pueden ser abiertas; supongo que requiere una columna vertebral hecha de titanio, porque el instinto de posesividad es muy fuerte. Si uno conserva el deseo sexual con toda su animalidad, este paradigma de “pareja abierta” es muy difícil de llevar adelante porque sientes que hay intrusos en lo más íntimo de tu existencia.


Pero cuando pierdes ese espacio de intimidad física, que es el momento de la no representación, el momento donde tú estás sin pensarte, el tercero no se está metiendo en ninguna parte porque esa parte de la relación no existe. Los celos son tremendos cuando la animalidad todavía existe. Si yo amo desesperada y físicamente a otra persona, aparece la defensa del territorio. Si uno hiciera un estudio antropológico, el celo nace como una forma de protección de la hembra o del macho para la reproducción. Si todavía existe ese vínculo animal, este nuevo paradigma de la pareja abierta sería difícil...

Simonetti se queda pensando, con las manos cruzadas, con cautela, como si intentara atrapar un pensamiento esquivo. “El gran problema que estamos enfrentando como sociedad es cómo conservar la sexualidad en la pareja”, subraya. “Siempre dicen que para conservar la sexualidad hay que mantener la distancia y no convivir, pero a mí la vida cotidiana no me quita el instinto sexual.


Hay algo raro en eso, una escisión interior muy grande entre nuestro consciente y el inconsciente, como si el inconsciente no estuviera participando de nuestra cotidianidad –ensaya una aproximación al tema–. Como me psicoanalicé durante diez años, ando con el inconsciente afuera. No voy por la vida negando mi libido. Una cosa cotidiana como leer el diario el domingo a la mañana puede ser muy erótica, si las personas no tienen la dificultad de transitar de un espacio a otro de su mente”.

–Pero no convive con su pareja...

–No, cuando estoy en Santiago, él duerme aquí conmigo; pero cuando me voy a escribir, nos vemos una vez a la semana, y eso puede ayudar. Además está el tema de los hijos... quizá la historia sería otra si él no tuviera hijos.