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lunes, 1 de febrero de 2010

Filigranas de cera


Por Eduardo L. Holmberg


Capítulo III

El doctor extrajo, del otro oído del paciente, una nueva cantidad de cerumen y repitiendo las mismas operaciones de antes preparó un corte transverso mucho más profundo.

La filigrana se repetía, y las notas do, re, mi, fa, sol, eran el alma musical de la pauta.

Valiéndose de diversos procedimientos, entre otros el de la comunicación por medio de la regla colocada entre los dientes de la persona que habla al sordo, el facultativo consiguió hacerse oír de su cliente:

–¿Hace mucho que no oye usted?

–Como año y medio.

–¿Siente zumbidos?

–No, señor; zumbidos no. Siento como si perpetuamente me estuvieran haciendo inyecciones en la caja del oído, con una solución concentrada de do, re, mi, fa, sol.

El médico se quedó serio, pero creo que las pilas de Banzen...

–¿Y cómo comenzó su mal?

–Señor, yo me dedicaba a dibujar mapas, cuando cierto día (hará año y medio), sentí que cuatro changadores descargaban un piano en la casa de al lado. En aquel momento dibujaba un río muy tortuoso y en verdad, no presté mucha atención a lo que ocurría en mi vecindad. Recuerdo sí, vagamente, que cuando trazaba la parte más difícil del río, oí algo que me destempló; sentí como relámpagos oscuros en el cerebro, arcadas, zumbidos y vaguedades extrañas, que deben parecerse mucho a la agonía, de cuando en cuando, en medio de aquella tormenta fisiológica sentía do, re, mi, fa, sol, fa, mi, re, do; con furia creciente, con rabias con esa desesperación de la ignorancia de la impotencia, imitación de manotadas de Gottschall, para dar cinco notas sin alma, copia perpetua de sí mismas girando en el círculo vicioso de un imposible.

–Es grave –dijo el doctor–. Continúe usted.

–De tarde en tarde, notaba mi oído cada vez más débil; pero cuando esta debilidad tenía una tregua, sentía el do, re, mi, fa, sol como una maldición que pesaba sobre mí. Y era marimba, doctor; marimba crónica, de ésas que no tienen compostura ni en la tierra, ni en el infierno, ni en el cielo. ¡Cúreme, doctor! Ya no puedo más, porque si no me cura, me moriré, y mi muerte no podrá clasificarla ni usted ni nadie, porque usted o cualquier médico del mundo pueden consignar en un certificado de defunción, que tal o cual persona ha fallecido de encefalitis o de tuberculosis, pero ni usted ni nadie se atreverá a decir que fulano de tal ha muerto de do, re, mi, fa, sol.

El doctor Tímpano se torció el bigote abrumado por el peso de aquella argumentación.

–Sí –le dijo–, yo le garanto a usted su cura, aunque tenga que taladrarle los tímpanos, o llevar los instrumentos hasta la cuerda más fina del arpa de Corti.

–Gracias doctor.

Entretanto la curación ya estaba preparada

[Fin de la primera entrega del folletín]

Un poco de glicerina en cada oído; un algodón luego y el paciente podía esperar tranquilo hasta veinticuatro horas después de la promesa del hábil operador.

¿Qué le importaba quedar sin tímpanos? ¿Qué las cuerdas del arpa de Corti? Al fin ¿sabía él de lo que se trataba?

Quedar definitivamente sordo ¿era acaso un perjuicio para un dibujante de mapas, que durante año y medio no había oído otra cosa que las abominables cinco notas del piano marimbesco de su vecina? ¿Podría, por ventura jactarse de hacer mucho uso de sus oídos? ¿De haberlos educado en la escuela de la armonía? ¡Seguramente no! Y si por una parte le afligía una vaga inquietud de sordera perpetua, por otra brillaba con tonos inimitables el velo de esperanza de no volver a oír nunca las suficientemente odiadas cinco notas.

Y tenía razón.

Se puede vivir en el silencio; en el silencio por falta de sonidos o en el silencio por falta de sentido para apreciarlos, dejando deslizar la medida del tiempo por la medida del pensamiento, poblando los aires de armonías de la mente y saturando así la vida con músicas ideales.

Pero agitarse entre el sonido, entre el ruido que no se mide, ni se pesa; sonidos inagotables que se suceden los unos a los otros como las masas cambiantes de agua en la misma corriente sin mudanza; ruidos sin tregua, indefinibles, oscuros, que penetran como taladros, hiriendo como colmillos de víbora... ¡oh! Eso no es soportable por la vida, eso no cabe en la aptitud humana.

Así, pues, el cliente hizo un saludo cortés.

–Mañana a esta misma hora –dijo el doctor.

–Hasta mañana –repuso, repitiendo su cortesía y mostrando en la mirada rutilante, casi ardiente, cuánta fe llevaba de un aposento al cual había penetrado con un rostro casi idiota momentos antes.


Capítulo IV

–¡Dime! –exclamó el facultativo, poniendo su mano en mi hombro cuando el paciente se hubo retirado–. Si la compasión se midiera por arrobas, ¿cuántas arrobas...?

–¿Y a mí me lo preguntas?

–¡Cómo! ¡Qué! ¿Acaso tú...?

Se abrió la puerta.

–¿El doctor Tímpano? –preguntó un joven de baja estatura, de ojos negros vivos y con la cara afeitada.

El doctor se inclinó.

–¡Señor! He sido durante muchos años cronista parlamentario; hace como ocho meses mis crónicas han empezado a ser incompletas, al principio faltaron palabras, más tarde frases y por último discursos. ¿Qué es esto, doctor? ¿Estoy sordo?

–Sí, señor, está usted sordo y de una mala sordera que, sin embargo, no es incurable.

–Pues, doctor, entonces, manos a la obra.

Y así sucedía, porque el operador después de una primera inspección, observando que los conductos auditivos no estaban obturados hasta el tragús, encendió una lámpara y se colocó el reflector en la frente, introduciendo en el oído del cronista un especulum auri.

–No, la cantidad no parece muy crecida; pero dado su origen me imagino que el cerumen debe ser muy compacto.

–¡Temo lo contrario, doctor! Se deshace soplando encima; no tiene consistencia, no hay solidez, no hay forma, en una palabra, no hay consistencia.

El doctor se mordió la punta del bigote.

–Prescindo de metáforas; ¿cuánto tiempo ha sido usted cronista?

–Quince años.

–En ese período lo ha habido de sobra para que la larga acumulación de muy poca sustancia haya formado capas concretas, bien estratificadas, que en su propia lucha por no quedar tan comprimidas entre sí se hayan encontrado impotentes para conservar su sutileza. La consistencia no hace a la materia, como el peso nada tiene que hacer con la dureza. El plomo es mucho más pesado que el vidrio y éste es inatacable en su superficie por el plomo. Nada más blanco, ni plástico que el sodio y el potasio; colores suaves, pero inapreciables casi y entre tanto, ¡cuánta traición al contacto del agua! El eslabón y el pedernal, en su choque violento, son menos peligrosos que su baño.

La manipulación operatoria no se modificó notablemente.

El trozo de cerumen extraído, sometido a los diversos procedimientos que ya conocemos, dio un hermoso corte microtómico.

–¡Mira! ¡Mira! –me dijo el otólogo, señalándome el tubo del microscopio.

–Sí, una filigrana más complicada; una red menos tenue o, si quieres, un tejido más intrincado. Aquí no hay pauta; aquí sólo veo signos que no alcanzo a comprender. No son los del fonógrafo, pero creo que desenvuelta la hebra de su sucesión pueden ser traducidos por el micrófono.

El micrófono estaba preparado, sólo faltaba separar la hebra, ese hilo de Ariadna enredado maravillosamente en la concreción transversa de la serie de adquisiciones acústicas.

El cirujano no se hizo esperar, y en pocos minutos el micrófono traducía, con una claridad incomparable, los sonidos condensados en la hebra de concreción.

–¡Esa voz! –dijo el cronista parlamentario sorprendido–. Esa entonación, esos matices. ¡Oh! ¡Es el doctor X quien habla!

–Sí, era el doctor X –y si el cronista hubiera tenido en alguna parte de su organismo una galería análoga a las fotográficas, en la que quedaran concretos o estampados los momentos ópticos, los instantes de las imágenes luminosas como quedaban las imágenes acústicas, habría podido, compulsando esos extraños documentos, buscando simultaneidad de instantes, habría podido, digo, ver muchas bocas abiertas, muchas caras como de pavos, con ojos casi idiotizados.

–¡No he oído nunca esas palabras! No conozco esas ideas.

–Tal vez se metieron en un momento en que había silencio nervioso para usted.

–No comprendo, no comprendo... la época a que se refieren esas palabras, el instante en que parecen pronunciarse, ¡oh!, ¡oh! Hace muchos años. ¡Ah! Tal vez; pero... no,.. no... no importa.

–Dígame usted, doctor, y éste será un servicio inapreciable que con nada podré retribuir, ¿de dónde salen esos sonidos?

–¿Esos sonidos?

–Sí.

–Del micrófono.

–Pero...

–Vamos, es usted una persona instruida e inteligente. Esos sonidos estaban condensados en el cerumen que he sacado de su oído.

–De manera que en el resto del cerumen...

–Existen todas las palabras, todas las frases, todos los discursos que usted ha escuchado y no ha oído, junto con gran parte de los que oyó.

–¿Y usted podría sacar íntegro todo eso?

–Sí, pero tal vez le sería doloroso, porque para extraer sin laceración toda la masa, es necesario operar en contacto con el tímpano y ese contacto, las fricciones, las tracciones...

–¡Oh! No se preocupe usted del tímpano. Si es menester arrancarlo, poco importa. En los discursos que no he oído hay uno que no se ha publicado. Se habla mucho de él y del orador que lo pronunció. Dícese que es un talento, una maravilla, un genio. Ese discurso debo tenerlo completo en el oído. Sáquelo usted y así podré satisfacer una de las más grandes curiosidades de mi vida, y abrir opinión sobre un individuo cuya fama flota para mí en el mundo de las cosas inexplicables, envolviéndose con frecuencia en los hilajes de lo incomprensible.

–Bien, pero es necesario reblandecer la porción periférica del cilindro... un momento.

–Apareció la glicerina.

Los algodones ocuparon su lugar y el cronista, haciendo una cortesía llena de vida y de franqueza, salió de la sala, después de que el doctor le hubo señalado la hora en que debería volver.

–¡Extraño capricho! ¿Qué le importaban esos discursos?

–Está en su oficio; tanto, quizás, como a ti el desenvolvimiento de una de esas hebras.

–Pero es que esas hebras son los comprobantes fundamentales de mi teoría...

–¿Tu teoría?

–Sí, mi teoría del cerumen.

–¿Y qué dice tu teoría?

–Que el cerumen no es otra cosa...

–Que sonidos condensados, que se mezclan con sangre, con tierra... bien lo veo... Mi inspiración no me engañó.

–Tu inspiración.

El ciego esperaba en la puerta.

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