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viernes, 12 de febrero de 2010

¿Quién escribió mis poemas?


Por Juan Forn

Imaginen un tren cargado con un botín de guerra compuesto enteramente de relojes, haciendo tictac cada uno a un ritmo diferente, trasladándose por la tierra baldía polaca hacia el corazón de Alemania. Seguramente les ha pasado de tener una pesadilla o un sueño recurrente del que no tenían la menor conciencia hasta que otro la verbaliza, la pone en palabras, y así es como descubren con espanto que ése es un sueño que tuvieron ustedes, y no una sino varias veces.

Eso es lo que le pasó al poeta y futuro Premio Nobel Czeslaw Milosz en 1960, cuando recibió una carta de Cracovia firmada por un desconocido llamado Stanislaw Czycz, en la que le contaba que durante la ocupación alemana, cuando tenía sólo quince años y pasaba las tardes en casa de un amigo fanático como él de la mecánica, trabajando en el desván en el montaje clandestino de una motocicleta, descubrieron un día en el fondo de aquel desván una valija que el padre de su amigo, guarda de tren, había encontrado en un andén vacío de la estación de Cracovia, después de que los alemanes fletaran un contingente de prisioneros a Auschwitz. Czycz había convencido a su amigo de abrir la valija y en ella encontraron una capa negra, un sombrero de copa y un arsenal de trucos de magia, así como unos volantes que anunciaban la presentación en la ciudad de un ilusionista llamado El Gran Nemo. En el fondo de la valija había además un rollo de poemas titulado Voces de Gente Pobre.

Czycz le decía a Milosz en la carta que hasta ese momento nunca le había prestado la menor atención a la poesía: “Sólo me interesaban las materias técnicas y soñaba con ser ingeniero algún día, pero esos poemas me conmovieron tanto que empecé a escribir”. La guerra terminó, pasaron los años, la Asociación de Escritores local reanudó sus actividades y un buen día Czycz sometió a su escrutinio un manuscrito en el que mezclaba poemas propios con los de Voces de Gente Pobre. El libro se publicó y, aunque su repercusión fue casi nula, incluso en Cracovia, le sirvió a Czycz como primer escalón de una discreta pero tenaz carrera literaria. Para entonces, Milosz llevaba años exiliado en Francia, después de haber formado parte de la resistencia polaca contra los nazis y de representar al gobierno socialista de su país en los primeros años de posguerra y de renunciar a ese puesto y abandonar Polonia al descubrir los verdaderos propósitos del Oso Soviético. Sus libros estaban prohibidos, pero sus poemas previos al exilio se seguían leyendo clandestinamente, y así fue como Czycz descubrió un día “con inenarrable desazón” que los poemas que había plagiado en su primer libro no pertenecían “a ningún Gran Nemo sino al Gran Milosz”: se trataba de un volumen mimeografiado que el futuro Nobel había hecho circular entre sus amigos durante la guerra.

Para demostrar su buena fe y ganarse el perdón del poeta que tanto reverenciaba, Czycz adjuntaba a su carta los amarillentos originales que había encontrado en el fondo de aquella valija. Milosz se sentó a leerlos, dispuesto a someterse a una de esas inmersiones en la congoja que ningún exiliado sabe evitar, y entonces se topó con aquella descripción del tren cargado de relojes cruzando la tierra baldía polaca, haciendo cada uno tictac a un ritmo diferente, y creyó que se le paraba el corazón. El había tenido ese sueño, y más de una vez; sin embargo, jamás lo había puesto por escrito. De hecho, hasta que no lo vio traducido en palabras, en aquellas hojas amarillentas, no recordaba haberlo soñado siquiera.

Y había más. Había un poema titulado “Anus Mundi” (es decir, “ano del mundo”, expresión con que un miembro del Estado Mayor alemán propuso llamar a Polonia en 1942) que empezaba con la misma frase con que Alfred Jarry ubicaba la acción en su Ubú Rey (una de las obras teatrales predilectas de Milosz): “En Polonia, es decir, en ninguna parte...”. Había otro poema titulado “El grito del silencio”, que relataba que en la aldea de Swietobrosc había una iglesia y en la iglesia un ama de llaves a quien después de muerta “hubo que sacarla de su tumba / y empalarla en una estaca / para que dejara de gritar”. Milosz recordaba perfectamente el episodio: era uno de los relatos que le hacía su aya en la infancia para que dejara de berrear cuando lo acostaban. Pero él jamás había escrito un poema titulado “Anus Mundi” ni tampoco “El grito del silencio”.

Hoy sabemos que, en los años más calientes de la guerra fría, las embajadas de los países comunistas en Occidente solían someter a sus exiliados más conspicuos a todo tipo de solapadas maniobras para doblegarlos o para desvirtuarlos ante la prensa internacional. Puede que Milosz haya visto en aquella carta una operación de inteligencia para desequilibrarlo psíquicamente. O puede que simplemente sintiera lo que le había pasado a Arthur Schnitzler con Freud en la Viena de 1920 (Schnitzler escribió en su diario: “Experimento ansia por conversar con él acerca de los abismos de mi obra y mi existencia pero prefiero abstenerme de hacerlo”; y Freud le escribió en la única carta que le envió: “Me he atormentado todos estos años preguntándome por qué no he intentado nunca charlar con usted. Creo que lo he evitado porque sentía una especie de miedo a encontrarme con un doppelgänger”).

Lo cierto es que Milosz nunca contestó la carta de Czycz. Ni siquiera cuando, años después, supo por casualidad que había existido un ilusionista llamado El Gran Nemo en Polonia antes y durante la guerra, y que el propio Czycz no era un esbirro de la policía secreta polaca, sino un cuentista y guionista de cine opuesto al régimen y muy respetado por sus pares, desde el director Andrzej Wajda a la poeta y Premio Nobel Wyslawa Szymborska. Czycz murió en 1996 y Milosz en 2004. Como Schnitzler y Freud, se evitaron durante cuarenta años y murieron sin haberse visto personalmente ni una sola vez. Pero podría apostar hasta lo que no tengo que sospechaban, en el fondo de su corazón, esa verdad grande como una casa que, en el otro extremo del mundo, le dijo una vez el finado José Luis Mangieri al entonces quinceañero Fabián Casas: “La literatura es una construcción colectiva, pibe”.

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