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lunes, 1 de febrero de 2010

Las fuerzas oscuras


Por Mariana Enriquez

Eduardo Ladislao Holmberg fue un hombre de su época de una manera tan acabada que parece encarnarla. Nacido en 1852, de familia criollo-alemana, fue médico aunque nunca ejerció, estudió a los animales –especialmente a las aves y las arañas–, fue el primer director del Jardín Zoológico de Buenos Aires, fue profesor de historia natural, de física, química y botánica; fue uno de los tantos hombres que se lanzaron a explorar la Argentina, donde entonces todo estaba disponible para ser clasificado y descripto, y recorrió la Patagonia, Chaco, Misiones. Amigo de Ramos Mejía y Ameghino, cabal representante de la generación del ‘80, gustaba también del esoterismo, la teosofía y la psicopatología, como Conan Doyle, como Lugones: aunque positivista, adscripto a la idea de que la ciencia traería consigo el progreso y la modernización, Holmberg parecía desconfiar de Comte introduciendo elementos románticos en su placer por los relatos de E.T.A. Hoffmann y en sus ficciones, relatos fantásticos, policiales y de ciencia ficción que se encuentran entre los primeros del género escritos en Argentina.

Mientras en su producción ensayística, que hoy llamaríamos de divulgación, Holmberg escribe artículos científicos, relatos de viajes, descripciones naturalistas, en su ficción intuye las fuerzas oscuras que se oponen a la normalización. E incluso en sus textos de contenido científico introduce rarezas, como en “Las nupcias de una néfila”, sobre el apareamiento de una araña misionera, donde dialoga con el animal y recurre a peculiares metáforas humorísticas.

Quienes estudian los textos de Holmberg –muchos de ellos inéditos, perdidos en publicaciones de la época que no fueron aún encontradas– se resisten a calificarlo de raro. Enriqueta Morrillos Ventura, de la Universidad del Comahue, especialista en el relato fantástico rioplatense, escribe: “Si Holmberg hubiera nacido en un país anglosajón o del norte europeo, los críticos no se atreverían a llamarlo genio exótico ni extraño ni otras banalidades que demuestran enormes prejuicios”. Tiene razón, pero hay que admitirle a Holmberg una imaginación peculiar. En este cuento, “Filigranas de cera”, de 1884, el tema es muy curioso: el Dr. Tímpano, protagonista, descubre que en el cerumen de los oídos se encuentran almacenados todos los sonidos que alguna vez fueron escuchados por el individuo.

Y, mediante ciertos procedimientos, la cera puede convertirse en filigrana y esos sonidos ser escuchados con un micrófono. Este descubrimiento, sin embargo, puede servir para vigilar y en definitiva esclavizar a las sociedades. Así Holmberg desliza una crítica a la creencia en la inexorable bondad de la ciencia y encuentra disrupciones en una época que él abrazó sin fe ciega, con entusiasmo pero también con inquietud.

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