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jueves, 31 de diciembre de 2009

La seguridad democrática


Por Daniel Goldman *

En los próximos días se estrena en Buenos Aires El alma inmoral, una obra de teatro basada en el ensayo del mismo nombre. Su autor, mi querido amigo, el brasileño Nilton Bonder, dice en su escrito cosas osadas. Sobre el cuerpo y el espíritu. Cuanto más desafiante, mejor le sale la escritura. En su mirada hay un modo de ver que permite discernir entre lo cierto que es errado y entre lo errado que es cierto, entre la obediencia que implica real irrespetuosidad y la desobediencia que representa el respeto más profundo. Son miradas del alma que con densidad resultan provocativas.

No tengo por qué compararlos pero me tiento. A Bonder con Posse. Sinceramente lo de Posse no me pareció para nada provocativo ni creo que haya sido un exceso de sinceridad. Lo de provocativo resulta ser una apócrifa licencia política, lejos de la poética, ya que no debe confundirse grosería con provocación intelectual. Posse sencillamente dijo simplezas de moralina, aduciendo la defensa del supuesto sentido común: la mano dura, la libertad de los que tienen, la seguridad de la inexpresión musical, el temor a los premios Gramsci y otras mediocridades de un vademécum que aduce una pretensión de pensamiento independiente, y que una vez más llevó a definir quién es quién, o sea donde se ubican las almas modosas y en qué sitio las traviesas. En este sentido, no tengo dudas de qué diría Bonder, de cuándo se debe elegir entre la moralina y el regocijo.

Este año casi terminamos intoxicados de moralina. Con un necesario desorden cronológico, a las decisiones de quién se debe casar con quién y cuáles son los amores prohibidos, se le añadió el pedido de las rubias de Barrio Parque a meter bala al sospechoso, y en la misma dimensión el directo espanto proporcional que les produjo que los morochos jujeños adquieran visibilidad organizándose en cooperativas. Al sometimiento lo denominan buenas costumbres y a la idea de redistribución, violencia. El terror a través de los medios logra imponer el modelo.

Menos mal que a veces aparecen almas transgresoras, amorales, las que Bonder, al igual que el profesor Heschel, llama subversivas. Y que no se asusten por la palabra los defensores de la paz de los cementerios, los ideólogos de la baja en la edad de la imputabilidad y los constructores de las penitenciarías. Porque son esas almas las que modifican los patrones de la moralidad existente y hacen que ciertos principios, aceptados por los supuestos todos, sean relativos. Hay instantes de la historia en donde algunos varones y mujeres, en un rapto de sensatez, comprenden y postulan que lo correcto y lo lícito sólo lo son en determinado contexto. Este 29 de diciembre (cuando se presentó el Acuerdo para la Seguridad Democrática) fue un día de ésos. Y qué bueno que nos haya dado un poco de oxígeno para festejar el fin de año de otra manera; para comenzar el bicentenario con otra perspectiva. En este sentido, algunos dirigentes políticos y sociales –como diría Borges– han tomado la extraña resolución de ser razonables y se permitieron percibir que lo que asigna el establishment como verdad moral, amenaza de manera contundente a la sociedad misma y a la vida.

La razonabilidad radica en la profunda comprensión de que en una sociedad democrática, la seguridad debe ser democrática, y que los debates alrededor de este tema tan importante no son de soluciones superficiales que acompañan a la maldad organizada, ya que las víctimas de la trivialidad de las políticas del supuesto endurecimiento contra el crimen son principalmente los jóvenes y los pobres excluidos. Menos mal que cada tanto a algunos les aflora el alma inmoral y lo ponen de manifiesto en instantes como el de ayer. Este año que comienza vamos a necesitar abundantemente de ellos y de sus almas para superar la hipocresía, que se dice sincera, pero que desestabiliza la democracia, y mucho.

* Rabino.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Hola, Jorge, ¿cómo estás?


Por Manuel Justo Gaggero *

Al enterarme, los otros días, de que habían encontrado tus restos luego de que pasaran 33 años de aquel fatídico 29 de diciembre de 1976, en que te secuestró un “grupo de tareas” de la dictadura militar, sentí una profunda congoja y angustia, pensé que sería oportuno recordar los buenos momentos que pasamos en aquellos turbulentos años de las décadas del ’60 y del ’70, cuando pensamos que estábamos al borde de alcanzar el “cielo con las manos” y que la revolución era un “sueño eterno” pero posible.

Te conocí en 1962, en Paraná, cuando llegaste con varios dirigentes de las 62 Organizaciones para lanzar una campaña nacional por la libertad de los presos Conintes entre los que estaba el mítico Sebastián Borro, que había dirigido la huelga en el Frigorífico Lisandro de la Torre y la insurrección popular que la acompañó en el barrio de Barracas. Luego, dos años mas tarde, nos vimos en la casa de John William Cooke.

Me impresionaron tu firmeza, tu bonhomía y la seguridad que trasmitías cuando hablabas. Alicia Eguren, la compañera de John, me dijo en esa oportunidad, cuando vos ya te habías ido, que eras “el mejor exponente del sindicalismo combativo peronista”.

Seguimos viéndonos en diferentes oportunidades en ese verdadero reducto de la militancia en que habías transformado junto con los compañeros de Farmacia la sede de la calle Rincón donde este 29 de diciembre de 2009 te dieron el último adiós.

Con gran amplitud, entendiendo la diversidad y fomentando la unidad y el respeto a las diferencias, allí te encontrabas con militantes de la nueva izquierda como el Vasco Bengochea; de la Juventud Peronista como los recordados Eduardo Salvide, Envar El Kadre e intelectuales de la talla de Daniel Open y Alberto Carri.

Al constituirse la CGT de los Argentinos, tu sindicato fue un puntal para impulsar el Bloque de Agrupaciones Peronistas de Apoyo a dicha central. Con esta propuesta viajaste a Paraná, con los dos Alfredos –Carballeda y Ferraressi–, organizando el Bloque en toda la provincia. Luego vino el Cordobazo, tu encarcelamiento, tu libertad, mi paso por Caseros, Trelew, el triunfo de Cámpora, aquel inolvidable 25 de mayo del ’73 en que junto con miles de compatriotas hicimos el trayecto desde la Plaza de Mayo hasta la cárcel de Devoto para exigir la libertad de los presos del campo popular.

La idea de editar un diario te pareció un desafío interesante y junto a otros amigos y compañeros conformaste el Consejo Editorial del diario El Mundo, desde donde batallamos contra la derecha lopezreguista, denunciamos a la burocracia sindical de los Lorenzo Miguel y Cía. y cuestionábamos las medidas que en nada respondían a los enunciados en la campaña electoral por el General Perón.

La denuncia falsa de que había un supuesto complot para asesinar al presidente ejecutado por Julio Troxler, Envar El Kadre y Carlos Caride determinó que iniciáramos una fuerte campaña desde el diario para demostrar la falsedad de la imputación.

Nos reunimos, ¿te acordás?, con Bernardo Alberte –El Mayor–, en uno de los Pipos y programamos toda la actividad a desarrollar para destruir este nuevo intento de la derecha que ya había organizado la Triple A para asesinar a los militantes combativos.

En esos días, y hasta la clausura del diario, nos vimos casi diariamente, compartíamos largas charlas en las que no sólo abordábamos los temas políticos sino también la vida personal, el futuro de los hijos y las perspectivas.

En la soledad en que me encontraba –mi familia seguía viviendo en Paraná, y yo estaba en la Gran Ciudad– fuiste una gran compañía, siempre de buen humor y con la seguridad de que recorríamos el camino correcto.

Después del intento de copamiento por parte del ERP del Regimiento de Azul, acción que criticaste sin sumarte al coro de los que hablaban de provocación, o de agentes de la CIA, ofreciste tu casa para celebrar un encuentro con un compañero del Buró del PRT y un compañero de la dirección de las Fuerza Armadas Peronistas a los efectos de tratar una posible negociación con el gobierno de Isabel Perón para lograr la liberación del coronel Igarzábal, que había sido tomado prisionero por el ERP.

Estuvieron Benito Urteaga por el PRT Y José Osvaldo Villaflor por las FAP, las condiciones que ponía la organización guerrillera para liberar al militar encarcelado eran la libertad de los presos políticos, la derogación de la legislación represiva, la investigación de las bandas paraestatales –Triple A, Comando Libertadores de América– y la libre organización y actividad de las comisiones internas de fábricas. El PRT-ERP ofrecía, además, discutir una posible tregua en determinadas condiciones.

Vos hiciste todo lo posible para que la reunión tuviera alguna posibilidad de concretarse o asegurar un clima diferente en el país. Los compañeros de la FAP trasmitirían la propuesta al ministro de Justicia Antonio Benítez con el que mantenían un diálogo fluido. Lamentablemente el intento fracasó. Nos vimos por última vez días antes de que te fueras a Venezuela, yo estaba clandestino y traté de no crearte problema alguno, por lo que la reunión la organizaron varios compañeros garantizando todas las condiciones de seguridad.

Coincidimos en el carácter que tenía la ofensiva militar. Te insistí en que te quedaras en el exterior, pero finalmente el compromiso que sentías con los que habían quedado hizo que regresaras y fueras secuestrado aquel 29 de diciembre.

Será difícil olvidarte y estoy seguro de que, si estuvieras hoy aquí, estarías apoyando firmemente las luchas que libran los trabajadores contra el “sindicalismo de negocios”. Hasta siempre, Flaco, ya sos parte de la historia que escriben los que luchan y mueren por una sociedad más justa y un mundo mejor.

* Abogado, ex director del diario El Mundo.

Jorge Di Pascuale, secuestrado y desaparecido en la dictadura, fue dirigente del Sindicato de Empleados de Farmacia, en cuya sede despidieron el lunes sus restos.
Un pequeño salto para el mono
Un documental de la Universidad Nacional de Córdoba rescata una epopeya olvidada: la de Juan, el mono misionero que en 1969 tripuló una cápsula que lo llevó a 82 kilómetros de altura. Argentina fue el cuarto país en llevar un mono al espacio.


Por Leonardo Moledo

Hace 40 años, Juan, un mono misionero, se convertía en el primer argentino en llegar al espacio. El 23 de diciembre de 1969, meses después de la llegada del primer hombre a la Luna, desde el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados de Chamical, en La Rioja, la Argentina lograba colocar un mono en el espacio, utilizando tecnología aeroespacial propia. Tal vez sin proponérselo, la Argentina fue el cuarto país en llevar con éxito un simio al espacio, detrás de las experiencias de Estados Unidos, la URSS y Francia.

La experiencia fue llevada adelante por un equipo de ingenieros, biólogos y médicos argentinos, con tecnologías desarrolladas en el país, en el marco de un proyecto bautizado Experiencia BIO II, encabezada por el Instituto Nacional de Medicina Aeronáutica y Espacial y la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales, antecesora de la actual Conae.

A bordo de un cohete sonda desarrollado en la Argentina, un Canopus II, de unos cuatro metros de largo y 50 kilogramos de carga útil, Juan fue lanzado en un vuelo suborbital más allá de la atmósfera terrestre.

Juan era un mono caí, oriundo de la provincia de Misiones, pesaba un kilo y medio y medía 45 centímetros de alto, condiciones ideales para habitar la pequeña cápsula en la que dio el paseo en el que alcanzó los 82 kilómetros de altura.

Por entonces debieron afrontarse múltiples desafíos técnicos. Por un lado, la cápsula fue el resultado de un detallado estudio de los ingenieros. El habitáculo presurizado y con temperatura estable debía permitir que el mono tripulante se oxigenara adecuadamente y un escudo térmico debía aislarlo de los 450 grados que alcanzaba el cohete en el exterior por la fricción. Incluso la butaca debía permitirle sobrellevar la fuerte aceleración durante el despegue. El mono voló sedado.

También se desarrolló un sistema telemétrico, inédito para la época, para recibir en tiempo real información acerca de su estado físico. El objetivo era observar las consecuencias del viaje fuera de la atmósfera de un animal lo más similar posible al hombre. Durante todo el viaje se monitoreó la temperatura corporal del animal, su ritmo respiratorio y se midió el comportamiento biológico ante las fuertes vibraciones a las que era sometido.

“En julio de aquel año había llegado el hombre a la Luna y había un fuerte incentivo para intentar hacer un vuelo con un animal y con tecnología desarrollada en nuestro país”, recuerda el comodoro retirado ingeniero Antonio Cueto, que fue el responsable técnico del lanzamiento y hoy dirige el Museo Universitario de Tecnología Aeroespacial en Córdoba.

La Universidad Nacional de Córdoba realizó un documental que rescata los detalles de esta epopeya olvidada. “En los latidos del corazón del mono, que oían los ingenieros durante el vuelo, resuena un mensaje para el futuro: aquél fue el primer paso argentino en su carrera al espacio”, dice el investigador Diego Ludueña, director del audiovisual, cuyo adelanto puede verse en http://www.youtube.com/watch?v=RV9fMsXW9FA

El asunto es que en el país hubo una temprana tradición aeronáutica y espacial: ya en 1927 se construían aviones y en el período que va de 1960 a 1972 se construyeron, desarrollaron y lanzaron varias familias de cohetes sonda: Alfa Centauro, Beta Centauro, Orión, Canopus, Rigel y Castor.

La exitosa operación de llevar a Juan al espacio fue consecuencia de una serie de investigaciones y de-sarrollos técnicos previos. Por ejemplo, en abril de 1967 se embarcó a bordo de un cohete Orión –más pequeño, con 25 kilos de carga útil– a Belisario, Abelardo, Dalila y Celedonio, cuatro ratas, para realizarles estudios biológicos a una altura de 25 kilómetros. Pero corrieron suerte dispar: sólo dos sobrevivieron a la agitación de semejante vuelo. La experiencia, no obstante, sirvió para el “vuelo del mono”, que no debe confundirse con el Juicio del Mono de 1928 sobre el darwinismo, ya que de monos estamos hablando.

En 18 segundos de furia llegó a 12 kilómetros de altura y continuó luego ascendiendo por inercia hasta los 82 kilómetros de altura. Se trató de un vuelo suborbital, es decir, salió fuera de la atmósfera terrestre, pero sin llegar a entrar en la órbita. El mono tocó tierra a los quince minutos, luego de que la cápsula desplegara unas aletas que estabilizaron y frenaron su feroz descenso a 400 metros por segundo, antes de que se abrieran con éxito los paracaídas. Aterrizó a sesenta kilómetros de distancia del lugar de lanzamiento, afortunadamente sobre una salina y no en un lago o espejo de agua, lo cual le hubiera significado una muerte segura.

Juan sobrevivió a la experiencia y vivió dos años más siendo la gran atracción del zoológico de la ciudad de Córdoba.

Informe: Ignacio Jawtuschenko.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Guerra de Canudos
De Wikipedia, la enciclopedia libre


La Guerra de Canudos es un sangriento episodio de la incipiente República brasileña. Canudos le hizo frente a varias expediciones militares y sólo la última pudo derrotarlo.

El conflicto tenía su origen en el mismo establecimiento de Canudos, en las áridas tierras ("sertão" o "caatinga", en Portugués) al noreste del estado (por aquel entonces provincia) de Bahia. Bahia en este tiempo era una zona desesperadamente pobre, con una economía deprimida basada en la subsistencia de la agricultura y el criado del ganado, sin grandes ciudades, y una población sin derechos compuesta principalmente por antiguos esclavos negros(libertos que abandonaron la esclavitud con la Ley de 1888), empobrecidos y desarraigados, indígenas y mestizos. Este fue el campo de cultivo para la aparición del fanatismo religioso, movimientos mesiánicos e insatisfacción con el Régimen republicano recientemente instalado (declarado el 15 de noviembre de 1889 después de un golpe de estado contra el Emperador, Dom Pedro II, que seguía siendo querido por el pueblo).

En este escenario apareció uno entre muchos otros predicadores místicos espirituales, Antônio Vicente Mendes Maciel, también conocido como Antonio Conselheiro ("El Consejero"), quien deambulaba de villa en villa con sus seguidores, haciendo pequeños ritos y demandando apoyo de las pequeñas granjas. Antônio Conselheiro afirmó ser un profeta y dijo que el legendario retorno del rey portugués Sebastián estaba cerca. Después de deambular por las provincias de Ceará, Pernambuco, Sergipe y Bahia, decidió en 1893 establecerse definitivamente con sus seguidores, un considerable número, en la granja de Canudos, cerca de la ciudad de Monte Santo (Bahía) en la rivera del Vaza-Barris.


Pronto sus predicaciones y promesas de un mundo mejor atrajeron a casi 8.000 nuevos residentes, que comenzaron a causar problemas en la región. Temiendo la invasión de la ciudad de Juazeiro por los "Conselhistas", con quienes habían tenido problemas comerciales, se desató la histeria en el gobierno provincial. Una visita de dos monjes capuchinos a Canudos no fue suficiente para calmar a la población; uno de ellos acusó erróneamente a Antônio Conselheiro de tratar de liderar una levantamiento monárquico.

Para la opinión pública, los gobernantes y el clero, el movimiento adquiría tintes cada vez más opositores a la República, dado que negaban la legitimidad de los matrimonios civiles y del censo (instrumento, pensaban, para el retorno de la esclavitud). Además, el noreste del país había pasado por una de las peores épocas secas de su historia. De los desiertos seguía llegando gente continuamente a Canudos; mientras los cangaçeiros del Conselheiro asaltaban haciendas, villas y pequeñas ciudades para abastecer la colonia.

El gobierno de la República, recién instalado, quería dinero para materializar sus planes, y se puso a recolectar impuestos a tal fin. El estado comenzó a enviar tropas en pequeñas expediciones para invadir la aldea, pero éstas eran irremediablemente diezmadas por el bando de los beatos. No obstante, la muerte del coronel Moreira César cambió el curso de los combates. En 1897, en la cuarta incursión de tropas gubernamentales a la región, los militares incendiaron Canudos, mataron a toda la población y degollaron a los prisioneros.

La Guerra de Canudos propiamente dicha duró un año y, según la historiografía, se movilizaron más de diez mil soldados de 17 Estados brasileños, distribuidos en cuatro expediciones militares. Se calcula que murieron más de 25 mil personas, culminando con la destrucción total de la ciudad que sirvió de escenario.
El desafío


Por Eduardo Aliverti

El año político cierra con una buena noticia para cualquier argentino de espíritu democrático. Y el hecho es una punta atractiva para intentar un balance (uno de los tantos que pueden hacerse) acerca de cierta enseñanza que deja el 2009.

Al margen de lo que significa respecto de Mauricio Macri el blooper sensacional que cometió, la caída de Abel Posse ratifica, por si alguien no había tomado nota, que hay límites infranqueables en este país donde es tan habitual decir y percibir que todo vale. O si se quiere, y de mínima, que algunas disposiciones, opiniones, nombres propios, no pueden ser jugados en el escenario sociopolítico sin atravesar una fortaleza contraria con enorme capacidad de cuestionamiento y movilización. Fue esa feliz obviedad lo que tumbó al tiranosaurio, en el subrayado de que no hay lugar para funcionarios públicos capaces de reivindicar la dictadura. Y muchísimo menos si ni siquiera se cuidan de usar un lenguaje idéntico al de los genocidas. Hubo la muy demostrativa pauta de que referentes del mismo macrismo tomaron distancia de Posse, y hasta Macri tuvo que ser tibio al defenderlo. No porque piensen distinto, naturalmente, sino por carecer de espacio político para decirlo. Esa es una conquista invencible de los luchadores imprescindibles.

Desde ya, se dan circunstancias en que puede haber retrocesos de desmemoria; como lo muestra, sin ir más lejos, el propio hecho de que Macri haya sido un triunfador electoral, o los índices de apoyo que tuvieron personajes como Patti y Rico (entre muchos otros), o lo que testifica el reclamo vacío de “más seguridad” a costa de lo que fuere. Pero ese rasgo fascistoide de una parte de la sociedad no logra contrarrestar la potencia de los memoriosos activos, hasta el punto de que –con excepción de los fósiles explícitos– quienes reivindican al terrorismo de Estado deben guardar silencio público al respecto. Posse nunca aprendió esa bolilla. Como tampoco lo hizo el diario La Nación cuando publicó el artículo de aquél, que desató la andanada en su contra, a pocas horas de que asumiera. Esos raptos de soberbia reflejan una falta de inteligencia notable en los voceros y actuantes del conservadurismo, y es reveladora de que no pueden controlar sus nervios. Igual cosa les pasó a los campestres que a lo largo del año se fueron de boca en el rescate de apellidos como Martínez de Hoz, o con alguna fraseología de indisimulable tufo castrense. Sus pares debieron explicar que no quisieron decir lo que dijeron. Y si de nervios se trata, el año deja también lo inédito y creciente de la virulencia con que el Grupo Clarín, en compañía de otros grandes emporios, ataca al Gobierno. Aun cuando se considere que es en lógica respuesta a los intereses afectados, no deja de ser asombroso que se pueda ser tan banal.

Esa irritabilidad es indicativa de que hay una puja concreta de poder, entre lo que se nuclea alrededor de las grandes líneas que traza el oficialismo y todo lo que se le opone. Pero además, o antes, exhibe una sugestiva falta de confianza por parte de lo segundo: al cabo de la victoria del 28 de junio, parecían en condiciones de comerse a los chicos crudos para terminar -objetivamente, y según lo reconocen ellos mismos- sujetados a la agenda gubernamental. En este aspecto, es necesario volver a la nueva y grosera patinada de Macri. Es un elemento ostensible de los graves problemas instrumentales que enfrenta el proyecto de restauración conservadora, aun cuando los severos errores del kirchnerismo hayan mellado su popularidad. El nombramiento de Posse fue un símbolo encumbrado, nada menos pero nada más, del nivel de improvisación pasmoso que rige a la administración macrista.

Desde la decisión neonata para nombrar al frente de Cultura a un payaso del área, allá por 2007, siguieron arrebatos dignos de quien no tiene ni la menor idea de cómo se elaboran planes, acciones, consensos, propuestas. Un día se levanta y formula que debe registrarse a los “franelitas”; se levanta otro y plantea que los trabajadores deben buchonear a los compañeros municipales que tienen otro trabajo; se levanta otro y arranca un desparramo tragicómico en su pretensión de una policía metropolitana. Cuando llegan las noches, en sentido figurado o no, tiene que dedicarse a corregir lo que se le ocurrió a la mañana, a él o a alguno de sus brillantes asesores.


Un colega radiofónico de derechas, indignado tras el sketch de Posse, se preguntó si acaso Macri es un político o bien cualquier otra cosa menos eso, vista su carencia absoluta de muñeca primaria para estar al frente de una gestión apenas municipal. Tiene razón. Pero resulta que es esa misma derecha patética la estimuladora de estos inventos mediáticos que, como Macri, acaban exponiendo su pericia para que se les escapen todas las tortugas a la vez. Son ellos los que denostaron a la política. Los que prometieron que arribaría una nueva forma de ejercerla. Y los que llaman a los representantes de “los sectores productivos” a poner el cuerpo. Así eufemizan la aspiración de conducir sin testaferros gubernamentales ni legislativos sus privilegios de sector. Los gauchócratas también son un ejemplo acerca del tema: consiguen representación parlamentaria, pero guay de buscarles alguna idea que no sea la constancia militante como hijos de la soja.

Probablemente conscientes de las patas muy cortas que eso encarna juegan fichas estructurales a íconos como Cobos, cuyo gran mérito es haber bombardeado a la fuerza que lo puso donde está sin que (les) importe demasiado clonizar a De la Rúa. El objetivo es pudrir el rumbo o coyuntura que los altera. Y si no puede o no debe ser otro invento, a estar por las experiencias de esa índole, no está de más que se largue Duhalde. Parece inconcebible pero para 2011 falta mucho y uno nunca sabe, sobre todo porque tampoco parece que a alguna de las figuritas opositoras le dé la estatura presidencial. Y menos que menos si la economía, como todos los pronósticos lo presagian, tiene el dichoso viento de cola. En ese caso cabe la pregunta de qué es, entonces, lo que tanto los molesta o perjudica. Y la única respuesta: su carácter de insaciables.

Todo esto que parece una mala noticia tiene su anverso. Es la política, estúpido. Es la política la que, en el año que se va, volvió a presentar toda su dimensión. Es la política, lo político, lo que permitió que se sancionara una ley de medios que va a contramano de los intereses de las corporaciones del área. Es eso mismo lo que traza la raya entre los unos y los otros. Y lo que habilita que no se pueda ser neutral, ascético. No, so pena de ser un indiferente que no tendrá derecho a reclamar nada, fuere que se trate de que es el Gobierno el que conduce a un abismo o de que lo hace el rejuntado numéricamente mayoritario de la oposición.

Tal vez no sea una opción fácil para discernir, pero por lo menos pasa algo que motiva. Cuando no ocurrió, como en los ’90, ya sabemos cómo terminaron las cosas.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Lo verdadero y lo ficticio

Felipe Fernández
Noticias de ADN Cultura


El caso Yotivenko
Por Juan Sasturain
Sudamericana
253 Páginas
$ 49

Los diez cuentos que integran El caso Yotivenko proyectan en un primer plano la versatilidad humorística de Juan Sasturain y su capacidad para captar la atención del lector mediante el acierto en el tono narrativo y la fluidez del relato. La ironía, la parodia, la sátira son las armas con las que impone sus argumentos.

"El veintiséis" presenta a French y Beruti el día después de la Revolución de Mayo en una charla sobre "las internas de la Junta" y mujeres, y discutiendo sobre el costo de las famosas cintas celestes y blancas. Esta corrosiva revisión de la gesta patriótica parece anunciar el nacimiento de una nación signada por la intriga y la corrupción. En "La bandera almidonada" también se remueve la pátina heroica para recrear la llegada a la Luna, en 1969, desde la perspectiva de los familiares del astronauta Michael Collins, con un muestrario de pequeñas miserias humanas.

Abundante diálogo y demora en el desenlace caracterizan "Susvín". Este cuento expone las desventuras de un peruano indocumentado -convertido en delator a cambio de un DNI-, y un plan para robar banderas vaticanas y argentinas en vísperas de la visita de Juan Pablo II a Buenos Aires.

"Pincharme" parte del juego infantil Juan y Pinchame, y reproduce el esquema en diferentes situaciones en las cuales Juan siempre es el perdedor y Pinchame, el ganador que "siempre cae parado".

En "Seguro", unos disparos sorprenden a dos turistas que desembarcan en un islote de los canales fueguinos y alguien relaciona el misterioso ataque con la Guerra de Malvinas. El verdadero protagonista del policial "Lengua larga" es el lenguaje. El autor desplaza el crimen y la víctima del centro a la periferia de la narración, encarada con monólogos interiores que les dan voz a tres personajes que se habrían topado por azar con los asesinos de Marcelo Cattaneo, hombre clave en el escándalo de coimas IBM-Banco Nación, cuyo cadáver tiene a su cargo un monólogo. "El tango de antes" se centra en la vida de un bailarín de tango de ciento cuarenta y cinco kilos que se inicia como levantador de pesas y termina como monje budista. La misma seriedad disparatada define "Isaías, un malentendido", una divertida desmitificación biográfica sobre un profeta del peronismo, que peca de un excesivo virtuosismo fabulador. Por el contrario, "Alias Tristano", sobre "Milton Paniagua, el primer pianista de jazz que dio Bolivia", diseña un minucioso pero sintético marco cronológico y musical.

"El caso Yotivenko" es el único relato inédito del libro (el resto apareció en diversas publicaciones) y puede leerse como una micronovela. Su trama se refiere al "único jugador soviético" que jugó profesionalmente en la Argentina y combina fútbol, espionaje, ballet y una historia de amor.

En la mayoría de los cuentos sobresale la pericia de Sasturain para amalgamar datos verídicos con otros absolutamente falsos. Esta técnica no sólo le garantiza un jocoso sostén de verosimilitud a sus ficciones más improbables, sino que además propone al lector un entretenido juego extraliterario: el de averiguar qué elementos son auténticos y cuáles han sido rigurosamente inventados.

© LA NACION
Inés Fernández Moreno
Narradora en una familia de poetas

Acaba de aparecer Mármara , cuarto libro de cuentos y el sexto en la producción de la autora argentina que, desde que se liberó del peso de la tradición heredada de su abuelo y su padre, no ha dejado de escribir

Noticias de ADN Cultura
Por Patricia Somoza
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009


Inés Fernández Moreno sigue produciendo. Acaba de aparecer Mármara (Alfaguara), su cuarto libro de cuentos y el sexto de su producción, si se le suman las dos novelas que lleva publicadas. Ella, que alguna vez se definió como una escritora tardía ("empecé a escribir grande, rompiendo alguna prohibición familiar, una prohibición interna, mía"), una narradora en una familia de poetas, desde que salió al ruedo con la coartada de la narrativa no paró de escribir. "Cuando empecé, me sucedía algo muy sistemático; cada diez o quince días, tac, se me ocurría algo: era como poner un huevo." Ahora escribe más lento, dice. En parte porque teme repetirse ("uno está encerrado es en sus propias limitaciones, incluso en las de su imaginación, en sus intereses"); en parte porque se ha vuelto más exigente y apuesta a "una escritura más austera, más expresiva, más cuidada". Mármara es la prueba de esa búsqueda.

Recién llegada de Chile, adonde fue invitada a participar de la Feria del Libro, nos recibe para hablar de su oficio y de su nuevo libro.

- Mármara se fue gestando de una manera larga y trabajosa. La crisis de 2001 y la falta de trabajo nos empujaron a trasladarnos a España, y allí estuvimos tres años. El regreso y la reinmersión en el país me llevaron mucho tiempo y por eso algunos cuentos traen todavía la cuestión de la emigración y lo que me produjo.

-¿Y cómo fue la experiencia en España?

-Hay una cosa patinosa con el lenguaje, que es tuyo pero que al mismo tiempo no lo es, y eso como escritora me producía una extrañeza, un traspié permanente. "Agarrar", por ejemplo, te empieza a parecer una palabra medio brutal y "coger" se te va volviendo natural. Y está todo lo que te pasa desde el punto de vista existencial. La pérdida de tus costumbres, de tus amigos, de tus rutinas, de tu relación con el país, la lucha contra la adversidad, las dificultades con el trabajo; te preguntás por qué este país es tan expulsivo. Entonces, aunque Mármara no es un libro que tenga un eje muy determinado, muchos de los cuentos están impregnados de estas experiencias.

-Yo diría que son varias las temáticas que los recorren. La emigración es una; los encierros, otra...

-Sí, hay tres cuentos con situaciones de encierro. Uno es el de la mujer que se queda encerrada en un balcón, una metáfora de su condición de emigrante. En España, si por alguna razón tenías que viajar a la Argentina y no tenías los papeles en regla, era probable que no pudieras volver a entrar.

-"Encerrada afuera", como dice el título del cuento. En "Carne de exportación", un cuento precioso, también hay situación de encierro.

-Sí, es el tipo que se queda encerrado en una cámara frigorífica. Eso le pasó a un amigo mío que había emigrado a Miami y había puesto una empresita de reparto de carnes. La situación condensa toda la problemática de alguien que está en un lugar que le es ajeno.

-También está "Confesiones en un ascensor".

-Sí, otro encierro. Pero vinculado con algo más dramático. Una mujer se queda encerrada con un tipo en un ascensor, y se ven obligados a una intimidad forzada. Al principio hay una fantasía erótica, pero eso se convierte en otra cosa, siniestra, que tiene que ver con la convivencia entre quienes fueron perseguidos y torturados en la época del terror, y los responsables, que pueden estar en cualquier lado.

-Ahí te metés con ese tema de una manera cifrada, lateral.

-Para mí es muy difícil contar temas vinculados con el horror, la desaparición, la tortura. Porque estamos muy cerca, y porque hay que sortear una especie de falso mérito que viene añadido, el de expresar lo "humanamente correcto" en el momento oportuno. Son materiales que exigen muchas precauciones.

-"En la periferia" se habla de los hechos de aquellos años desde alguien que está en una posición lateral, periférica y, además, de una manera muy mediada... Una posición narrativa muy interesante.

-Exacto, ésa es la manera en que yo puedo contar esa historia. Como algo periférico y como algo que va siendo visto y contado a través de muchos velos: alguien cuenta algo que le contó otro, que a su vez lo vivió de una forma indirecta. Eso por una parte. Y además, quise contarlo como una crónica, de la forma más despojada posible.

-La política desde una perspectiva íntima, personal.

-Tal vez es el lugar desde donde yo lo viví. Soy parte de esa generación que estuvo totalmente inmersa en lo que fue pasando en los años setenta, pero no fui una militante. Siempre estuve en un lugar como de observación, con toda la culpa que eso implicaba. Y empujados por la culpa, se hacían cosas muy riesgosas. Sin ninguna protección.

-Otros cuentos tematizan la preocupación por el lenguaje. Muchos personajes aparecen reflexionando sobre las palabras, midiéndolas, tomando distancia. En "Mármara", con la pasión por el Scrabble on-line. En "Truhanes", de una manera desopilante.

-En "Truhanes" tienen que enterrar a un pariente pero no queda lugar en la bóveda, y metidos en esa situación se entretienen jugando con las palabras. Ahí está muy presente la cosa familiar. Siempre que me preguntan por este tema -medio ineludible-, tengo que decir que sí, que aquél fue un caldo de cultivo para mí. Mi viejo escribía, mi abuelo escribía, mi tía escribía, mi tío escribía; como una familia de trapecistas en un circo, decía mi viejo, la palabra estaba siempre sobre la mesa, como una cosa gozosa. El chiste verbal, los dobles sentidos, jugar al Scrabble...

-¿De dónde salen tus relatos?

-Salen de situaciones paradójicas, de pequeñas revelaciones que uno tiene. Mirá, el otro día me contaba mi hija que a la madre de una amiga se le había volado una toalla, que cayó en el cuarto piso. Y cuando fue al cuarto piso a buscarla, se encontró con un velorio y se produjo un malentendido: parecía que ella había ido al velorio cuando en realidad había ido a buscar la toalla. No sé cómo siguió la historia real, no importa, pero a mí eso me disparó algo, una curiosidad. Me interesan esas situaciones: un día estás con el lavarropas y la toalla y, de una manera arbitraria y loca, terminás en un velorio en contacto con la muerte. Yo siento que hay una tensión muy grande entre el modo en que uno organiza y lleva las riendas de su vida pensando que decide, y la arbitrariedad, el azar, la locura, el drama de la vida. Hay ahí como un choque de oleajes constante. De esa tensión, de esos choques, salen los cuentos.

-¿Estás escribiendo ahora cuentos que surgen de esos choques?

-De algún modo, sí. Pero ahora me interesan otros choques más íntimos: las relaciones entre la gente, los malentendidos, los puntos de encuentro y de desencuentro. Las contradicciones entre los sentimientos que uno tiene que tratar de cultivar, lo humano digamos (hay que ser generoso, amar al prójimo), y el monstruo, el loco o como quieras llamarlo que uno tiene dentro. Tengo la fantasía de escribir un libro que se llame "Los malos sentimientos". Hay sentimientos que son inconfesables; la envidia, por ejemplo. Y la aparición de esos sentimientos horrorosos y lo que provocan en uno, esa especie de dialéctica entre el buen sentimiento y el mal sentimiento es un lugar que me interesa para escribir. Los cuentos "posmármara" van en ese sentido. Tengo uno sobre dos minas que salen a comprar un tapado y terminan matando a otra; bueno, por ahí va la cosa.

-El punto de partida siempre parece ser lo cotidiano, y desde ahí surgen preguntas o reflexiones que abren una especie de fisura en la vida de todos los días. De la urgencia se pasa a la cavilación, quizás a la comprensión. ¿Eso es lo digno de ser contado?, ¿ese momento, ese pasaje?

-Yo creo que mi escritura está muy cerca de lo cotidiano. No soy una escritora que tenga una proyección teórica en su escritura, ni que escriba con una enorme conciencia del sustrato literario. Escribo muy pegada a mi vida diaria, vinculada al trabajo, los hijos, las reflexiones que uno hace en el subte o en la calle... De allí surge la extrañeza de vivir; lo anormal, que de pronto se manifiesta en las cosas más chiquitas, pero no en el nivel de lo fantástico (eso podría ser Cortázar), sino en el nivel de lo existencial.

-¿Y cómo es el proceso de escritura de los cuentos? ¿Tomás notas, hacés planes, escribís de un tirón, por fragmentos?

-En general, todo empieza con una idea, o mejor dicho con una situación que arrastra una idea. Si tengo a mano algo para escribir, a veces tomo algún apunte, y después escribo un fragmento; y después me imagino cómo empieza, o escribo un comienzo; y después lo dejo, y después lo retomo. Quiero decir que lo voy pensando, lo pienso mucho. Escribir es mucho pensar para mí. Son como procesos divergentes. Pensás, pensás, pensás... Y cuando lo escribís, de la escritura misma se van generando situaciones nuevas, texto nuevo. Después, cuando ya está bastante armado, viene el momento más placentero: lo volcás, lo releés, le agregás o le sacás, pero lo principal está plantado.

-¿Recordás una de esas situaciones de las que salió un cuento?

-Siempre son esas situaciones paradójicas las que me despiertan las ganas de escribir. Y a veces esas situaciones aparecen a partir de una inquietud previa. Es un poco misterioso. Mucha gente me dice: "Escuchá lo que me pasó, es algo justo justo para vos que escribís". Y escucho pero me olvido, me quedo muda. Pero a veces algo me dicen esas historias. Por ejemplo, un amigo me contó que cuando iba al colegio había hecho un dibujo precioso de San Martín en un caballo, y cuando lo vio la maestra le dijo: "No, no, San Martín no tiene esa cara; además, es el Libertador, no lo podés dibujar así". Y entonces la maestra sacó una estampilla de San Martín que tenía guardada y la pegó sobre la cara que mi amigo había dibujado. Yo estaba escribiendo "Perversiones" en ese momento, un cuento que era más bien una descripción de lo que es la decadencia física y mental de una persona que envejece, y justo me contaron eso y no sé por qué misterio se me adhirió al cuento -como otra estampilla- y supe que iba a funcionar en ese contexto.

-Lo de la estampilla es inolvidable, recuerdo perfectamente la escena, pero no me acuerdo cómo aparece.

-Mirá, una vez, creo que Marcelo Cohen dijo algo que me pareció superinteresante: tener dos informaciones que no tengan nada que ver una con la otra y ver de qué forma pueden llegar a acoplarse. En "Perversiones", el personaje que envejece pintaba, y la otra le sugiere que vuelva a pintar, y ella dice que no, que se siente como si le hubieran pegado una estampilla en la cabeza, como si todo aquello con lo que contaba, su memoria, su capacidad de razonar, se le hubiera ido transformando en algo plano, como un papelito. Y así se me juntó lo del deterioro y lo de la estampilla, aunque suene un poco disparatado. En realidad, las dos personas de "Perversiones" son la misma, yo trabajé con esa idea; una es la que está consciente y ve el deterioro, y la otra es la vieja. Y esto sale de algo que me dijo mi madre una vez. "Tengo que ir con la vieja a no sé dónde", me dice un día. "¿Con qué vieja?", le pregunto. "Conmigo, con la vieja que está conmigo, ¿no te das cuenta?" Y claro, cuando uno envejece, si es inteligente y está lúcido, siente que va arrastrando a un viejo. A vos te gusta bañarte en el mar y resulta que la vieja no puede porque tiene presión alta y la sal puede hacerle daño. De ahí nació ese cuento, de esa dualidad interna.

-Vos te ganaste mucho la vida haciendo escritura publicitaria. ¿Cómo te la ganás ahora?

-Trabajé haciendo escritura publicitaria desde los 18 hasta los 55 años. Ahora intento ganarme la vida más como escritora, que es haciendo un laburito acá, otro allá. Me gano la vida muy exiguamente. Escribo alguna que otra nota, a veces hago algún folleto, a veces doy clases de español, pero básicamente organizo talleres con gente que quiere escribir.

-Y también apostás a algún concurso.

-Sí, cada tanto mando a algún concurso. Y no me ha ido mal. Además, tengo un Premio Municipal, y la verdad que eso es extraordinario, la garantía de que no me voy a morir de hambre, una base de la que partir. Estoy muy agradecida.

-¿Cómo descubriste que querías escribir ficción?

-Lo descubrí a través del periodismo. Yo escribía todo el tiempo porque escribía publicidad, ahí me manejaba con total soltura, pero escribir literariamente ni se me cruzaba por la cabeza. La cosa es que escribí un par de notas de opinión para algunas revistas y ahí encontré un espacio de libertad que me encantó. Y entonces me cayó la ficha. Sentí un placer inmenso, y pensé que tal vez tenía ganas de escribir. Una compañera de la agencia que iba a un taller con Sylvia Iparraguirre me sugirió que me sumara. Y fui, y casi enseguida ese taller pasó a ser el taller de Abelardo Castillo. Trabajar en el taller de Abelardo fue un estímulo impresionante. Fue como abrir una compuerta y darme un permiso.

-Tenías el peso de la tradición familiar. Tu abuelo Baldomero, tu padre César.

-La cuestión familiar siempre está ahí dando vueltas, te beneficia y te pone en duda. Porque yo a veces digo: ¿qué otra cosa iba a hacer? Mirá que intenté: pensé en estudiar medicina, quise ser abogada, era como una desorientada vocacional permanente. Y al final terminé escribiendo.

© LA NACION

Un exceso de verdad


Por José Pablo Feinmann

“Seamos claros: soy nazi.” Así empieza un texto de Ignacio B. Anzoátegui. Autor católico, furioso antimarxista, antiliberal, pluma ágil, acerada, sabía herir fieramente con sólo una frase: “Dijo Gobernar es Poblar. Y nunca se casó” (sobre Alberdi en Vidas de muertos). Hoy está olvidado, pero muchos lo recuerdan y veneran. La frase Seamos claros: soy nazi es un ejemplo de algo que llamaremos verdad incondicional. Al falangista y nazi Anzoátegui no le preocupan los condicionamientos de la verdad. Sólo le importa decirla. Una verdad –sobre todo en política: Anzoátegui era un ideólogo y un político– se pronuncia en medio de múltiples condicionamientos. Está condicionada por el tiempo: ¿es el momento de decirla? Ese momento está condicionado por la circunstancia que atraviesa el partido político en que se ubica el que dice la “verdad”. De aquí que los intelectuales se sientan excesivamente condicionados dentro de los partidos políticos. “Guárdese este artículo, che. Por ahora no podemos decir eso. No podemos –escuche bien– ni que se sospeche que lo pensamos.” “Pero yo lo pienso ahora y quiero decirlo ahora.” “Oiga, idiota, usted se metió en un partido. El que decide cuándo hay que decir algo es el partido. No usted. O lo entiende o se va.” El momento de una verdad no es, entonces, el que surge de la conciencia del intelectual orgánico, sino de la coyuntura del partido. Vivimos en medio de complejas tramas históricas. En cada una de ellas hay cosas que se pueden decir, otras mejor no.

Me refiero al error-Posse. Macri decide ponerlo en un cargo de alta jerarquía. ¿Sabía quién era Posse, qué pensaba? Por bien de Macri debemos postular que sí. La otra postulación –que no sabía nada– es absurda o lo arroja al dilatado universo de la política en tanto vaciedad o bobería. Dejemos de lado la bobería. Concentrémonos en la política en tanto vaciedad. Macri podría decir que es la que él ha prometido y desea ejercer. Recordará que se presentó ante el electorado como un buen administrador, como un exitoso hombre de negocios, talento que le venía de un linaje familiar que su padre expresaba lustrosamente, un poco a lo Corleone, pero, ¿a quién le importa? La política alla Corleone es una de las grandes caras del capitalismo actual y saber manejarse en sus sombríos y, con frecuencia, sucios y hasta peligrosos laberintos es un arte no desdeñable. Todo buen administrador debe conocer ese arte. El corleonismo no tiene ideología. Sólo quiere hacer negocios en un medio fértil y que otorgue seguridad, la seguridad que ha pedido ese señor norte-americano que no hace poco vino al país para declararlo inseguro. Lógico: si está gobernado por guerrilleros sedientos de venganza, fue su mensaje subterráneo, que se cuidó de decir. Porque se podía decir una verdad. Pero no toda la verdad. Acaso diciendo una parte se adivine la otra. Así, Macri fue –hasta no hace mucho– el administrador pulcro. No le salía una, es cierto. Pero tampoco incurría en estridencias ideológicas que señalaran que no era lo que decía ser: un apolítico que viene a administrar una empresa. Si le creemos esto podríamos creerle que poco sabía de Posse. Que lo puso porque pensó que haría una gestión adecuada. Porque la política ya no es política, ya no es ideología, es gestión. “Venga y gestione, doctor Posse. Gestione la educación.”

Poco tiempo antes le había pedido a un policía con pinta de duro que gestionara la policía y el orden en la ciudad de Buenos Aires. Caramba, lo que es buscar sólo la eficacia sin prestarle atención –por secundarias– a otras facetas de aquéllos a quienes se les pide esa eficacia. Sucedió que este policía había sido eficaz pero por medios no convencionales. O tal vez demasiado convencionales. Porque, ¿qué es lo convencional? Primera posibilidad: ¿Arrestar a un sospechoso y torturarlo hasta hacer de él no un sospechoso sino un culpable, tal vez muerto, pero culpable al fin? Segunda posibilidad: ¿O arrestar a un sospechoso, considerar que es inocente porque no se ha demostrado su culpabilidad, respetar sus derechos humanos (que son los de los ciudadanos ante los posibles excesos del Estado y no al revés), buscarle un abogado y luego juzgarlo? Nos guste o no (y no nos gusta), la convencional es la primera posibilidad. De aquí que los derechos humanos sean para los delincuentes y no para los policías. La derecha suele indignarse por eso. Sucede que es ignorante o finge serlo. Los policías son parte del Estado. Todos pagamos para que el Estado tenga policías, les dé casa y comida y los destine a protegernos. Al policía lo protege el Leviatán. Nada menos. Pero el Leviatán suele ser brutal, suele vejar a quienes atrapa, suele torturarlos para arrancarles confesiones o lo que sea. Para esta gente –en conocimiento de esas situaciones– se han creado los organismos de derechos humanos. Hay que entenderlo. Porque no hay gobernador de la provincia de Buenos Aires que haya asistido al sepelio de un policía muerto en un enfrentamiento con delincuentes a quien no se le parara al lado un comisario temible y, señalando al muerto, no le preguntara: “¿Y para él? ¿No hay derechos humanos para él?”. No, él tiene que respetar los derechos humanos. El es el Estado. Y a él, como parte del Estado, es el Estado el que debe cuidarlo. Es así. Lo demás es escoria ideológica fascista que está diciendo: “Si los subversivos de los organismos de derechos humanos no se ocupan de los policías que mueren es porque están a favor de la delincuencia. Si los policías no tienen derechos humanos, no tienen por qué concedérselos a los delincuentes”. Que es lo que quieren demostrar los amigos del gatillo fácil y la picana. Como el error-Posse. Que hasta eso defendió. A la policía del gatillo fácil.

Posse dijo la verdad. Dijo la verdad que no había que decir. La que desnudó a todos. En primer lugar, a Macri. No es un pulcro hombre de gestión. Tiene ideología. Está atiborrado de ideología. El otro candidato era el rabino Bergman. Habría sido fascinante escucharlo. Tuvo una idea genial, claro que sí. No a cualquiera se le ocurre la propuesta de reemplazar en el Himno la palabra libertad por la de seguridad. A algunos les habrá gustado. Pero muchos fachos antisemitas se habrán encendido de furia: “No se puede sumar a los judíos a nuestra causa patria. Apenas toman algo de vuelo ya nos quieren cambiar el Himno”.

Posse cayó víctima de la verdad incondicional. No quiso condicionar su palabra. Largó lo que sentía y lo que pensaba. ¿Macri lo autorizó? ¿Pensó que el ambiente ya estaba maduro para un tipo así? ¿Le dijo dale, largate que no pasa, que ya es hora de decir las cosas de frente? Posee las dijo así. De frente. Que el gobierno es troskoleninista. Que está lleno de guerrilleros, que ese resentimiento los lleva a juzgar a los militares, que se incurre en un “exceso de justicia”. Lo meritorio de Posse es que dijo lo que toda la derecha piensa y no dice o lo dice con veladuras, con cautela, con esprit de finesse. Posse es a Macri lo que Cabildo a Morales Solá. Tengo un par de amigos en el Ministerio de Defensa que me han confesado su metodología: para entender qué quieren realmente decir, decir a fondo, los artículos de Grondona y Morales Solá los cotejan con los de Cabildo. Pero, qué cosa con este gobierno de Cristina Fernández. Confunde a tantos. Me llegó un mail de un aprendiz de politólogo en el que se propone a la militancia aguerrida derrotar a los enemigos del pueblo, redistribuir la riqueza, terminar con el hambre, que no haya más pobres, que paguen más los que más tienen y conquistar una patria liberada. Se parece a la Proclama del ERP ante la asunción de Cámpora. “Este gobierno es reaccionario porque no va a expropiar a la oligarquía ni a los monopolios”, etc... El método es más que conocido, eterno: se ponen bien a la izquierda y acusan a todos los demás de posibilistas, cobardes o reaccionarios. Total, nunca van a ser gobierno ni tener que rendir cuentas. Las palabras les salen gratis. Las promesas también. Con sus grandes proyectos se compran una gran moral y desde ahí escupen a todo el mundo. Posse, sin embargo, no ve en este gobierno a un conjunto de posibilistas que no hacen nada por el pueblo. Ve troscos por todas partes. Ve marxistas. Ve montoneros. Ve gente con arito. Ve rockers que van a cantar con las Madres. Posse, en suma, no dijo su verdad. Dijo la verdad de la derecha argentina. Esa que no salió a condenarlo. Porque –por ahora con cautela– piensa como él. Tal vez la democracia esté en deuda con este hombre hasta los días de su ocaso, que ya llegaron.
Sentido común



Por Alfredo Zaiat

En el actual terreno de la disputa política-económica resulta habitual que situaciones particulares sean presentadas a la sociedad como de interés general. Un grupo empresario sostiene que en el país no hay seguridad jurídica porque una medida del poder político lo ha perjudicado. A la vez, en algunas ocasiones, el Gobierno transitó ese mismo camino cuando en tono absoluto hizo referencia a comportamientos “egoístas” de industriales o de empresarios del sector agropecuario. También organizaciones sociales tienen comportamientos similares. Pero la realidad es un poco más compleja que la simplificación mediática o la de la tribuna. No es sencillo eludir esas generalizaciones debido a que la comprensión de ciertas dinámicas económicas requiere de un esfuerzo mayor que la inmediatez exigida por los tiempos modernos. Además, los factores de poder van definiendo el consenso acerca de lo que está bien y lo que está mal para una sociedad, lo que termina agudizando la distorsión de cuáles son los profundos intereses de las mayorías. Por eso resulta sorprendente que muchos integrantes de sectores medios y de los postergados adopten ideas y reclamos del poder económico como si fueran propios, pero tiene su explicación en ese proceso de construcción del sentido común. Esta peculiar conducta social ha sido, entre otros, uno de los grandes logros del neoliberalismo.

La difusión de las ideas liberales a escala mundial es un destacado fenómeno de las últimas décadas. El análisis superficial concluye que esta etapa histórica es consecuencia de la imposición de ciertas políticas económicas por parte de la banca internacional o de organismos financieros como el Fondo Monetario y el Banco Mundial. La cuestión es un poco más compleja, debido a la intervención de diferentes actores sociales y políticos que fueron moldeando un sentido común neoliberal. Esa producción se fortalece en varios circuitos de comunicación (think tanks y medios periodísticos, entre los más destacados) que apuntan a la formación de opinión pública a escalas lo más amplias posibles.

En el documento “Think tanks, fundaciones y profesionales en la promoción de ideas (neo)liberales en América latina”, el doctor en Ciencias Sociales Daniel Mato explica que “la legitimación social que las ideas (neo)liberales han alcanzado en ciertos circuitos no procede sólo del trabajo de las redes transnacionales, sin que está asociado también a algunas significativas experiencias políticas y económicas ocurridas en las últimas décadas”. Menciona que esas políticas no sólo fueron aplicadas a la fuerza, como en el Chile de Pinochet, o engañando a la población con promesas electorales que sugerían otro tipo de medidas para luego aplicar las del ajuste (Menem-Cavallo). Por diferentes fuerzas convergentes, esas ideas ya son parte del sentido común de importantes grupos de la población y, en algunos casos, de mayorías electorales. Así esas concepciones no sólo capturaron a ciertos partidos políticos, cámaras empresariales y otros factores de poder, sino que se extendieron a gran parte de la sociedad.

Esa influencia ha alcanzado una asombrosa penetración hasta en sectores sociales insospechados de caer en esa trampa. Este insólito comportamiento se revela, por ejemplo, en la utilización de la palabra “clientelismo”, concepto nacido de las usinas del pensamiento conservador. Esas usinas, que van orientando el lenguaje y el debate de políticas en el espacio público, han tenido un indudable triunfo cultural cuando organizaciones sociales, críticas del neoliberalismo, levantan banderas con consignas referidas a combatir el “clientelismo”. Esa definición es precisamente el caballito de batalla del establishment para cuestionar al Estado cuando instrumenta políticas públicas para acercar recursos a los sectores populares. Esto no significa que no se deba cuestionar su distribución para mejorar el alcance de los planes, pero poco aporta en la necesaria construcción colectiva de otro sentido común la repetición de ideas que encierran prejuicios de grupos reaccionarios. Estos no consideran la existencia de “clientelismo” cuando fondos públicos se aplican a satisfacer demandas de sectores medios de la sociedad o a financiar promociones industriales. Esas relaciones “clientelares” reciben la aprobación generalizada, reacción que no se reitera cuando se trata de medidas que implican el giro de dinero hacia los pobres. La palabra “clientelismo” en boca de dirigentes sociales o de políticos del arco del progresismo provoca un fabuloso éxtasis en voceros mediáticos de la corriente conservadora, que saben cómo ocuparse en forma activa y persistente en la formación de la opinión pública.

El investigador venezolano Mato explica en su investigación que “en estos tiempos de globalización los procesos de producción social de representaciones de ideas social y/o políticamente significativas, sean las (neo)liberales u otras, son procesos de construcción de ‘sentido’, de creación y circulación de significados, de prácticas de resignificación, en las que participan actores nacionales y transnacionales”. Por ese motivo, resulta relevante no ser ingenuos y estar atentos, porque de esa manera en cuestiones del área económica y social se construye “hegemonía” en torno de la defensa de intereses de una minoría poderosa, a través de su “naturalización” en la sociedad por la producción de cierto “sentido común”, que el establishment lleva a cabo en forma paciente y perseverante.

azaiat@pagina12.com.ar

sábado, 26 de diciembre de 2009

El programa político de una vanguardista prudente
Elvira López, junto a su hermana Ernestina, fue de la primera promoción en obtener el título de doctora en Filosofía desde la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires a principio de siglo. Lo hizo con una tesis doctoral, en 1901, titulada El movimiento feminista. Primeros trazos del feminismo en Argentina, que acaba de ser editada por primera vez por la Biblioteca Nacional. Este texto permite encontrar en Elvira López la figura de una vanguardista prudente, porque puede leerse como un programa político de anticipación a la vez que como el trazo de un límite inaugural a las posibilidades del feminismo en nuestro país.



Por Veronica Gago

1.
La tesis de Elvira López debe inscribirse en un itinerario también de vanguardia. López participó en 1900 de la creación del Consejo Nacional de Mujeres, y más tarde en el comité editorial de la revista de dicha institución. En 1906 ambas hermanas –hijas del pintor Cándido López– se suman al Centro Feminista, dirigido por una amiga de ellas, Elvira Rawson de Dellepiane, y conformado por otros nombres pioneros: Julieta Lanteri, Sara Justo, Alicia Moreau, Petrona Eyle, entre otras. Ellas elaboraron un petitorio sobre derechos para la mujer dirigido a la Cámara de Diputados, que fue presentado en 1911 por Alfredo Palacios y constituyó la base de lo que, quince años después, se aprobó como Ley de Derechos Civiles. En 1902, López, también con Rawson, fundó la Asociación de Mujeres Universitarias. Institución que impulsó en 1910 el Primer Congreso Femenino en Buenos Aires y que tuvo a las hermanas López como activistas.

2.
Volvamos a la lectura de El movimiento feminista. Primeros trazos del feminismo en Argentina. Sus advertencias, como corresponde, saltan en los primeros renglones, dan el tono de las páginas iniciales: buscan objetar la “utopía ridícula” de cierto feminismo que la autora evoca de manera irónica. Imaginemos que López prepara estas páginas con astucia táctica, con mesura argumentativa, para un jurado de varones que la examinará doblemente; por el tema: es la primera tesis sobre feminismo escrita en Argentina y en América del Sur; y por ser una de las primeras mujeres egresadas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. No es, como suele creerse en el recuento vulgar de las diferencias, que éstas se suman, como si fueran agravantes lineales de una condición de minoría. Más bien, es su composición la que genera una nueva superficie desde la cual pensar.

Las precauciones no son vanas: debe pasar por tres mesas examinatorias tras ser desaprobada en el primer intento. Su propósito es despejar malentendidos, del mismo modo en que se intentan desacreditar unos rumores que, aunque absurdos, han ganado fuerza de verdad por su circulación. Por eso la tarea es desmentir que el feminismo “se propusiera nada menos que invertir las leyes naturales o realizar la monstruosa creación de un tercer sexo” (el destacado es nuestro). Ante estas palabras, no podemos sino sorprendernos por el efecto que causan leídas en su reverso: ¡casi un siglo de anticipación temática y de vocabulario! De modo que vale la pena leer los reparos de López respecto del feminismo radical contra ellos mismos. O directamente leerla a ella en contra de sí misma.

3.
Desde hace varios años las filosofías y militancias feministas se han apropiado de la teratología: la narrativa de lo monstruoso como un saber de lo anómalo del cual partir, porque se lo tiene a mano, porque es propio. Como materialidad de una experiencia vivida de la cual destilar premisas teóricas, hacer proyecciones experienciales y vaticinar nuevos modos de vida. Haciendo de las exclusiones padecidas una condición epistemológica privilegiada y aprovechando las deformidades, lo raro (lo queer), para afilar una hermenéutica de la sospecha. Procedimiento estrictamente maquiaveliano: hacer de la debilidad, virtud. Y apostar así a una dramatización libidinal del concepto.

En esta perspectiva, la “creación monstruosa de un tercer sexo” –como ya vimos: invocada fantasmáticamente a principios del siglo pasado en esta tesis– es el nombre preciso que ha tomado, décadas después, la fuga de los binarismos simétricos, el hartazgo frente a los pendulares escarceos entre naturaleza y cultura y las grillas de una dialéctica estrecha entre femenino y masculino. Pero, por entonces, la académica argentina insiste en desacreditar un feminismo que anhelara “la transformación de la mujer en un ente anómalo, apartado de los fines para los que ha sido creada”. De nuevo: se trata de conjurar la anomalía. De aseverar que la mujer no subvertirá la comunidad.

Sin embargo, la anomalía ha prosperado. Como imagen que las perspectivas más radicales del pensamiento de posgénero han discutido –con nombres que van desde lo cyborg hasta lo poshumano– para nombrar ciertas aspiraciones y experiencias, como impulso de creación de otros sexos; sea un tercero, sea uno polimorfo. En todo caso: como un devenir-anómalo del deseo que obliga a redefinir la idea misma de comunidad.

Parte de ese desvío es el que, a la fuerza, ha logrado distinguir políticamente entre sexualidad y reproducción, argumentar que las viviendas son nuestras fábricas, y así desentrañar el patriarcado del salario y la devaluación del trabajo doméstico, promoviendo en el feminismo justamente aquello que López aseguraba, a quienes le temían, que no pretendía: “un ataque al orden social y a la religión”.

4.
El programa de derechos que esta tesista asume y defiende –donde el maternalismo como destino juega un papel decisivo– supone un límite político: la desestimación del derecho al voto femenino. Su argumento es que la mujer “...cuando desea lanzarse a la arena ardiente de las luchas políticas y escalar los puestos que las debilidades de su sexo y de su misión maternal le vedarán siempre, nos parece ridícula y nos inspira tanta compasión como aquellos que empleando un lenguaje y modales harto libres, creyendo dar muestras de independencia y de superioridad de espíritu, sin comprender que sólo consiguen convertirse en seres anómalos y repugnantes”. López ya lo advierte claramente: la conversión anómala es corolario de la lucha política.

5.
Entonces, ¿quién habla en esta tesis sobre el movimiento feminista? La posición enunciativa de la autora elude la primera persona, justamente una de las conquistas teóricas de las feministas. Sin embargo, podemos volver a la idea de pensar la táctica de la tesista frente al jurado: una de las funciones retóricas de este tipo de textos académicos es deponer la primera persona. Aparece un nosotros de otro tipo. Así podemos entender que López diga, hablando de las feministas: “Ellas son sinceras y merecen nuestra consideración” (destacado nuestro). ¿La consideración de quién? ¿De la comunidad académica-científica? Seguramente. Es también el lugar que le permite discriminar entre las “fanáticas” y las “sinceras”. Y situarse en un tono que, a la vez que condena a las mujeres que pretenden “parodiar” o “igualarse” a los hombres, justifica su presencia pública como “contrapeso al hombre, harto innovador y revolucionario”. El progreso es la síntesis o “armonía” que permitirá combinar moderación femenina e intrepidez masculina.

6.
La afinidad de las mujeres con las políticas sociales y de cuidado de los otros no se le escapa a López, que analiza las tempranas inclusiones institucionales de las mujeres en Inglaterra como poor laws guardians: encargadas de hospicios, hospitales y sociedades de beneficencia. Lo mismo respecto de su inserción en la administración colonial: “Su espíritu conciliador, el arte innato de persuadir, característico de su sexo, han servido allí (las Indias inglesas: de Birmania al Congo) para secundar la acción conquistadora, y el éxito que Inglaterra ha obtenido lo debe en parte a las mujeres”. La feminización de las funciones que López pone de relieve tiene un marcado funcionalismo pacificador –en términos sociales y coloniales– y consolidan parte de su argumentación hacia un feminismo filantrópico y moralizante.

En todo este recorrido, la cuestión de la educación (de la pedagogía a la higiene) será fundamental para ser “buenas esposas”, “buenas madres”. Y López lo plantea en este sentido, sentando precedente: “La mujer es naturalmente débil, la instrucción es quién debe darle fuerzas; el ejército de las pecadoras se recluta entre las más ignorantes, pues en uno como en otro sexo, es muy raro que a una superior cultura no vaya unida una moralidad también mayor”. Se trata de un feminismo de mujeres ilustradas, contra la frivolidad (efecto de la pura ociosidad) y la ignorancia. Es la tonalidad argumentativa y afectiva que caracteriza a las primeras feministas argentinas, en su casi totalidad letradas de clase media: confianza en el progreso unida al ideal ilustrado; creencia en la ciencia que fusiona socialismo y positivismo; confirmación del maternalismo como ideología natural de lo femenino.

7.
¿Y cuál es la situación de la mujer en Argentina? “Aquí el feminismo se manifiesta más que todo en el sentido económico; la mujer que concurre a las universidades y demás establecimientos de educación, lo hace sólo buscando un título con que hacer frente a la miseria y trabaja para labrarse una posición independiente en el ancho campo de actividad que nuestras generosas leyes le ofrecen. Las palabras emancipación y reivindicaciones femeninas, igualdad de sexos ante la legislación, etc., que el feminismo europeo pronuncia a cada paso, no tienen significado para ella.” Optimista, López, respecto de la legislación; y también respecto de la migración europea de varones “que contribuyen a la transformación de la raza” al unirse con las argentinas. Aclara, además, que la raza negra y asiática, así como la indígena, son un porcentaje ínfimo en la nación: “Esto es bueno recordarlo ya que no faltan, aun en Europa, quienes crean que indio y argentino son una misma cosa”. De estas afirmaciones, López concluye entonces “que el tipo de la mujer argentina está aún en formación”. Pero, evidentemente, excluye cualquier posible contaminación de la cultura indígena, negra o asiática. La propuesta feminista es de superación intelectual y económica de las mujeres, en paralelo a un ideal de depuración racial.

8.
¿Qué será la mujer nueva? Se lo pregunta López, retomando la pregunta del feminismo internacional, y se considera una testigo de la mujer de su época como un “tipo en transición”. Ella quiere, en todo caso, que la mujer del porvenir conserve “algo de esas antiguas matronas que veneran nuestros hogares” y algo de las “bienaventuradas” bíblicas alabadas por sus hijos y esposos. Sobre estas imágenes, traza los límites proyectivos e interpretativos del feminismo y asegura: “...el movimiento feminista no pretende apartar a la mujer de sus naturales funciones; cuando habla de emancipación debe entenderse que lo que quiere es sacarla de la ignorancia que la esclaviza, y que si la palabra reivindicación está inscripta en sus banderas, ella no es atentatoria para el hogar ni para la sociedad”. Vemos, espiralado, repetirse el movimiento de todo el texto (por cierto, dedicado a su madre): Elvira López introduce el término feminismo en Argentina y, al mismo tiempo, se propone como una cauta traductora. Le pone límites precisos, ofrece una exégesis tranquilizadora. Y, finalmente, lo confina al mismo tiempo que lo proyecta a una idea iluminista y progresista, confiada en la fuerza civilizatoria de la historia.¤

En partes, este texto pertenece al prólogo del libro El movimiento feminista. Primeros trazos del feminismo en Argentina.
CULTURA › GUILLERMO GUTIERREZ Y LA REEDICION DE ANTROPOLOGIA TERCER MUNDO

“Hay que valorizar lo nacional en la etapa globalizadora”
Fue una revista clave en el período 1968-1973. Por allí pasaron John William Cooke, Rodolfo Walsh y Norberto Habbeger, entre muchos otros. El antropólogo destaca la importancia de volver a acceder a esos textos y habla de su resignificación en el contexto actual.

Por Cristian Vitale

1968-1973, una etapa de vértigo. Discusiones y cruces inéditos. Marxismo y peronismo. Nacionalismo y cristianismo revolucionario. Fuego y cátedras nacionales. Un pueblo en movimiento y una universidad –parte de ella, en verdad– siguiéndole los pasos. Guillermo Gutiérrez, entonces profesor y director del Departamento de Antropología de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, concebía y definía una revista enmarcado firmemente en el contexto. El objetivo –eje central– era la crítica al cientificismo sociologista, también muy de la época, actuar “desde las orillas de la ciencia”, al decir de Aníbal Ford. “Esa línea proponía una idea de la sociología y la antropología como disciplinas neutras, en el mismo sentido de las ciencias ‘duras’. Y nosotros planteábamos no simplemente una sociología o antropología ‘comprometidas’, sino que fueran un modelo de análisis y trabajo claramente políticos, donde la neutralidad no era posible”, dice Gutiérrez, bien pasados los años. La publicación, nido de reflexiones y análisis directamente vinculados con el andar militante, se llamó Antropología Tercer Mundo y duró doce números. Once definida como revista de ciencias sociales y uno como revista peronista de información y análisis. Por ella pasaron las plumas ardientes de, entre otros, Roberto Carri, John William Cooke con sus “escritos cubanos” y sus escritos inéditos, Rodolfo Walsh, Norberto Habbeger y algunos cuadros anónimos de la resistencia peronista: un cúmulo de artículos clave para pensar la época que hoy vuelve a la luz gracias al esfuerzo hurgador de la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras. “El mérito fue de ellos”, admite su director, radicado en Bariloche.

La reedición de Antropología Tercer Mundo, gestada en el seno de la Agrupación Evita de Filo e impulsada por Hugo Trinchero, decano de la facultad, incluye, además de la copia fiel de textos –tal como salieron de la máquina de escribir– su colección completa en DVD, una introducción de Gutiérrez y una “bajada al presente” a cargo de Ana Barletta y María Laura Cenci. “La verdad es que no fue fácil reunir la totalidad de los ejemplares, ya que las pocas colecciones completas de la revista no son accesibles. Yo mismo sólo tengo unos pocos ejemplares, los demás se perdieron en los años de los milicos. Hay algo en bibliotecas de Estados Unidos, en algún centro documental de Buenos Aires, y tal vez en bibliotecas privadas. Una de esas colecciones la tenía Federico Vogelius, propietario de la revista Crisis, pero no sé qué destino tuvo”, explica Gutiérrez, sobre las dificultades de dar con el archivo. Hizo falta, además, que el equipo editorial del EFFL, más allá de recuperar los textos, los escaneara y saneara muchos ejemplares que estaban destruidos. “Hicieron un trabajo de orfebre”, reafirma Gutiérrez.

–¿Cómo y por qué razón surgió la idea de reeditar esta selección de artículos?

–Creo que la razón fue que hoy se está dando importancia a la visibilización de una diversidad de aportes realizados en los ’60 y ’70, que fueron contribuciones al desarrollo de las ideas nacionales, a las luchas populares de la época. Creo que hay sectores, en las generaciones jóvenes, que rescatan la vigencia de esos aportes.

–¿Y de qué manera cree usted que el contenido de esos textos, algunos de pluma caliente, militante, muy de los ’70, se resignifican bajo este contexto político-social?

–Yo diría que la revista, dentro de la diversidad y variedad de enfoques, tuvo un núcleo duro de temáticas: la vinculación entre la cuestión nacional y el Tercer Mundo, la crítica del cientificismo, del desarrollismo y del vandorismo, la cuestión de la verdadera ruptura que significa la “cultura popular” como herramienta de la resistencia de los pueblos, el análisis crítico del concepto del ser nacional, y también un análisis sin concesiones de las coyunturas políticas, incluyendo en esa visión crítica posicionamientos del peronismo. Hoy, creo que las temáticas de ese núcleo duro se resignifican realizando una advertencia: quienes, de una u otra forma, tenemos una función de elaboración intelectual, tenemos un deber en el ejercicio crítico de las prácticas políticas. Se trata de visibilizar lo auténtico de lo espurio, de poner en superficie por dónde pasa realmente la “línea roja”. Aquellos viejos artículos nos interpelan en ese sentido.

–¿Cree que existen lazos epocales, incluso desde lo simbólico, o se trata más bien de una revisión?

–En la revista hay aportes diversos; algunos están centrados en el contexto de la época, por lo que hoy tienen el valor de relato histórico. Pueden despertar interés por conocer el nivel de análisis y discusión propio de aquel momento. Otros artículos pueden tener un valor actual. La palabra final sobre esto la tienen quienes lean –o relean– esos trabajos y decidan qué tipo de valor les conceden.

–Más allá de la diversidad de miradas, todos los artículos tienen su epicentro en el peronismo. Personalmente, ¿qué visión tiene hoy acerca del Movimiento y a qué parte del mismo cree que representaba Antropología Tercer Mundo?

–Creo que hoy estamos ante un fenómeno de feudalización de difícil pronóstico. Aun cuando pueda presentarse unido como “partido”, en función electoralista, ese proceso poco aportará a las tareas históricas pendientes, que sólo pueden cumplirse recuperando la condición de un gran movimiento nacional. Con respecto a la pregunta en sí, nunca pretendimos representar a ningún sector del Movimiento. Habría sido demasiado soberbio, además de inconducente. Más bien diríamos que la revista expresaba posiciones, y no siempre coincidentes. Había enfoques bastante diversos. También hay que reconocer que en la etapa final, conforme a la situación nacional y a los sectores del peronismo que se iban radicalizando, la revista se radicalizó. Aparecieron notas de Walsh, de Cooke, y sobre la Resistencia Peronista... La línea editorial se volcó claramente a expresar las posiciones del peronismo de base.

–¿Sigue siendo peronista o se desilusionó ante el “giro a la derecha” que sufrió el movimiento en su devenir?

–No se trata de ilusionarse o desilusionarse, sino de analizar críticamente y tratar de aportar a los procesos actuales y futuros. La marcha de un movimiento nacional como el peronismo no es una cuestión de frustración o realización individual, sino de entender que los procesos políticos trascienden a las vidas personales. El peronismo de los ’90 fue la consecuencia no sólo de la dictadura y del proceso de “partidización” del ’83. Desde mi punto de vista, la raíz primordial de esta actualidad debemos rastrearla en los ’60 y los ’70. Digamos, el período que termina en el ’76. Fue el tiempo en que vivimos una situación pre-revolucionaria, en la que el regreso de Perón motorizaba a las multitudes. Pero en la medida en que ese proceso pre-revolucionario no abrió un espacio de participación de amplios sectores de la clase trabajadora, quedó frustrada la tarea histórica de escalar hacia una construcción revolucionaria, porque la misma era imposible sin esa presencia protagónica de la clase trabajadora. El resultado fue que, tanto el peronismo como la sociedad que lo alberga, desembocaron en una crisis aún no resuelta. La resolución de esa crisis será posible mediante nuevas construcciones políticas e ideológicas. En esas construcciones el peronismo es un basamento del que nadie puede prescindir, del mismo modo que debemos contar con los grandes aportes del marxismo y el nacionalismo popular para encarar esta nueva etapa, en una perspectiva actualizada de lo que planteaba Cooke. Así como el peronismo del ’45 fue una fusión de instrumentos de pensamiento y de acción, puestos a una escala adecuada a los objetivos del momento, ahora tenemos el desafío de nuevas elaboraciones que nos permitan recuperar la propuesta clasista, y la elaboración de nuevas estrategias para valorizar lo nacional en la etapa globalizadora, que es un hecho objetivo y anticipado por Perón hace muchos años.

–En la introducción, usted resalta el trabajo de gente ligada al pensamiento nacional y popular como Jauretche, José María Rosa o Ernesto Palacio. ¿En qué sentido ellos siguen operando como “faros de acción” frente a la intelligentsia?

–Jauretche seguirá operando mientras exista la zoncera, que es parte del carácter nacional tanto como el famoso medio pelo, expresión cultural de un sector de nuestra sociedad. Con respecto a Rosa y Palacio, más allá de la vigencia de sus obras –seguramente perdurables–, sus ideas ya están instaladas por varias generaciones por una razón contundente: establecieron la duda sobre la historiografía liberal. Las “verdades indiscutibles” del mitrismo, transmitidas generación tras generación escolar, están quebradas y ése es mérito de Rosa, Palacio y otros “nacionales” que, muchas veces en soledad y ninguneados por el establishment, aportaron a esa historiografía diferente y crítica. Y creo que por justicia debemos ubicar en ese mismo espacio a Castellani, Fermín Chávez y Ortega Peña, los hermanos Irazusta y Abelardo Ramos, por supuesto con sus respectivos enfoques.

–Poco serios para la Academia, incluso la de hoy. ¿Cómo ha padecido personalmente esta situación durante su trayectoria en el campo intelectual?

–El pensamiento nacional y popular responde a los intereses nacionales y populares, y la academia representa los intereses del establishment social, político, económico. La mejor forma de desautorizar orientaciones del pensamiento que son contrarias a esos intereses es descalificándolas, siempre midiendo a partir de un patrón de pautas que ellos consideran “serias”. Pero, más que hablar de la academia, hoy tenemos que referirnos a la burocracia cientificista nacional e internacional. Pesa más que la Academia. Y en este punto tengamos claro que no sólo hay un establishment de derecha, también la izquierda tiene bien estructurado el suyo. Y allí, por derecha, centro e izquierda están los que manejan la calificación de las universidades según los estándares que ellos mismos elaboran, los que deciden la publicación de un paper, los referatos anónimos, cuyos intereses de trenza no son nada anónimos, los que condicionan los trabajos de los universitarios mediante la regulación de incentivos, los que han hecho de la investigación y la práctica un permanente ejercicio de resolver el trabajo intelectual en el texto, subordinando cualquier realidad a la cantidad y prestigio de los autores citados en sus papers, antes que a la comprensión y la acción sobre esa realidad. Con respecto a mi propia experiencia, no me sentí afectado por estas estructuras, llámense academicistas o del establishment cientificista, porque nunca dependí de esas instancias. El mecanismo de cooptación o ninguneo del establishment lo sufren los que están solos o los que tienen intereses exclusivamente individualistas, de trepada. Cualquiera que tenga alma independiente puede actuar en espacios de autonomía sin depender de esas estructuras burocráticas.

–¿Qué textos de los reeditados volvieron a sorprenderlo y por qué?

–Destaco tres autores: Roberto Carri, Norberto Habbeger y John William Cooke. Carri, por sus críticas al cientificismo y al desarrollismo, y la justeza de su apreciación del vandorismo. El desarrollismo ya es historia, pero el cientificismo reverdeció como política restauradora en las carreras sociales, desde el ’84. Ahí, en varios casos, hay ejemplos del establishment de izquierda. Habegger nos mostró las tensiones en el catolicismo, las tensiones entre sectores, las nuevas orientaciones. Y todo ese análisis tiene una vigencia tal vez mayor porque la Iglesia, hoy, es un factor de incidencia en un nivel diferente del que era hace unas décadas. Hace años la veíamos como el soporte de las ideas más reaccionarias y hoy es un actor central en la cuestión social. Ya no se trata de los sectores tercermundistas o de base; es la institución con un compromiso diferente con los sectores excluidos. Y Cooke, del cual publicamos sus escritos cubanos, que nos entregó Alicia Eguren, me vuelve a sorprender como el teórico e ideólogo desaparecido prematuramente. Lo hubiéramos necesitado un tiempo más.

–¿Jauretcheano o cookista?

–Jauretcheano y cookista. Jauretche, por ser el desmitificador de los rostros falsos de nuestra sociedad, y porque su “sociología del estaño” fue ciencia en el sentido que le damos al concepto desde una perspectiva del saber popular. Y Cooke, por su condición de intelectual revolucionario, con la capacidad y la osadía de ubicar al peronismo dentro de un análisis y una estrategia marxista.
La mejor parte del amor

Por Sandra Russo

Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas, lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.

Hay mecanismos psíquicos y sociales que permanentemente bloquean el amor y lo reemplazan por sus simulacros. Estamos todos tan confundidos con el amor, que aceptamos sus sustitutos, sus malas copias. Los apropiadores de niños les han dicho a lo sumo a esas personas que son hijos adoptivos, bebés que ellos sí aman, en reemplazo de madres que los abandonaron. Desde el punto de vista de ese tipo de víctima, el hijo abandonado, ser hijo de un desaparecido es una enorme descarga de angustia. Es constatar que no hubo abandono. No son hijos biológicos de una madre que eligió seguir su vida sin ellos, sino que fueron bebés arrebatados de las manos de sus madres. Sus madres no siguieron sus vidas, no formaron otras familias, no tuvieron otros hijos. Fueron asesinadas.

Lo innombrable del abandono es el desamor. Cualquiera que haya sido abandonado en una circunstancia amorosa sabe que lo anímicamente intragable del abandono es el desamor. Una de las razones que siempre esgrimieron las Abuelas como motores de su búsqueda es hacerles saber a sus nietos que fueron bebés muy deseados y amados por sus padres y sus familias. Quieren hacerles saber algo que puede curarles un trauma y sanarles la vida.

Cuando esos bebés llegaron a la adolescencia, cuando pudieron hacer lo que un niño pequeño no puede, muchos hijos adoptivos fueron por sí mismos a la sede de Abuelas. Querían saber si eran hijos de desaparecidos. Buscaban su identidad, pero también buscaban, probablemente, ese consuelo terrible: no haber sido bebés abandonados, sino víctimas de crímenes políticos. Esto no tiene nada de ideológico, en principio. Se trata más bien de distintas dimensiones del amor y el desamor. Nuestras vidas penden de esas nociones. Nuestros dolores y pasiones nacen allí, a la sombra de cómo fuimos o no fuimos amados.

La idea que tenemos del amor, eso que reconocemos en los otros y en nosotros mismos como amor, no puede germinar en la mentira, sólo en la libertad. Nadie puede obligarnos a amar. No podemos tampoco obligarnos a nosotros mismos a hacerlo. Es un sentimiento que está fuera de nuestro control, que aparece y también desaparece, pero que suponemos sólo posible entre criaturas libres. Cuando la mentira atraviesa la circunstancia amorosa, no hay amor. Hay manipulación.

La manipulación en el amor, sin embargo, no es cosa extraña. El mercado Vero Peso, en la desembocadura del Amazonas, es enorme y extraordinario. Hay interminables filas de puestos que venden los mangos más grandes del mundo, pescados de diseños exóticos, instrumentos musicales de madera maciza. Allí hay un sector de hechiceras que vende frasquitos de esencias y aceites para curar la salud y para recuperar o afirmar el amor. Esas mujeres de etnias amazónicas la agarran a una de la pollera cuando pasa, le ofrecen felicidad. Un embrujo no es otra cosa que manipulación. O simulación.

Traje de allí un pequeño volante que no es indígena, es afro. “Mae Triana Cartomante Exotérica” se llama la mujer vidente. Promete traer a la persona amada rápido, “amarrada a tus pies”. El amarre es un tópico de la hechicería. Hay brujas urbanas en todo el mundo especializadas en amarres. Los amarres pretenden reemplazar al amor por fascinación. Ese es un truco posmoderno. Una prestidigitación tecnológica que hace llamar amistad a lo que pasa en Facebook. Es un atajo virtual para el atajo que siempre en todas las culturas se buscó: tomar por amor un sentimiento sintético que no se regocija en el bienestar del ser amado, sino en la propia necesidad de conexión.

A fin de año la palabra “amor” se multiplica. Son palabras. Las palabras tienen la particularidad de ser nada menos y nada más que palabras. Pueden ser decisivas o intrascendentes, pueden estar llenas o vacías.

Venimos terminando un año en el que las palabras fueron aligeradas, violentadas, subvertidas por el establishment. Se llegó a tal extremo que tuvimos que escuchar, como una reivindicación política de la mentira, que los hijos de Ernestina Herrera de Noble son nuestros hijos. Llama muy poco la atención que la lucha de las Abuelas sea cuestionada desde sectores golpistas que participan del juego democrático justo cuando esa lucha roza a una mujer muy poderosa. Cuando roza al poder. Eso pasa no inadvertido, sino no dicho.

Este año se puso en jaque a los derechos humanos. La primera en hacerlo fue Susana Giménez, entretenedora exquisita para la videopolítica. “Esa estupidez de los derechos humanos”, dijo aunque quedó sonando la otra parte de la frase, “el que mata tiene que morir”. Después se cuestionó a las Madres y a las Abuelas por la ley de ADN y se alzó nuevamente la frase hecha de que “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”, y no para las víctimas de “la inseguridad”. Las coberturas políticas y policiales se entremezclaron. Abel Posse tuvo que renunciar, pero pasamos por el trance de tener unos días un ministro de Educación porteño que volvió a reivindicar el terrorismo de Estado. El huevo de la serpiente se instala en muchos nidos.

Nuestra veta fascista tiene sus dirigentes, pero tiene también muchos voceros en las calles, hombres o mujeres comunes y corrientes que de pronto se entreveran en conversaciones en las que piden matar a unos cuantos. La muerte es una de nuestras tradiciones. Una pulsión argentina que se regodea en soluciones finales. Matarlos a todos es una ilusión degenerada.

Hubo una época bastante reciente en la que los mataron. A todos los que pudieron. Hubo uno o dos años, durante y después del Juicio a las Juntas, en los que el horror sacudía las almas. Habían hecho cosas como tirar a la gente viva de los aviones o como asesinarla y robarse a sus hijos. Eso no es de izquierda ni de derecha. A veces uno se pregunta, en este país jodido, si acaso es de izquierda o peronista haberse quedado atravesado por la decisión de “nunca más”. Este año, uno ha tenido la sensación de que si apareciera un liderazgo bestial, tendría sus bases en esa gente que tiene mucho y no quiere perderlo, o en los que tienen muy poco, quizá un freezer y un auto, o una casa propia y un plazo fijo en el banco, y sin embargo arengan la muerte de los que tienen menos que ellos.

Si se me permite, quisiera dedicar esta columna de fin de año a las Madres y a las Abuelas, por muchas razones. Pero entre ellas, la más firme y convencida es el agradecimiento por haber tramitado su dolor con lucha, y no con venganza. Por haber pedido siempre justicia, y haberse avenido a la mala, la poca, la lenta justicia que obtuvieron. Por haber estado dispuestas siempre a ofrecer a sus victimarios las garantías que sus hijos y sus nietos no tuvieron.


Porque a pesar de sus diferencias y de sus líneas internas, siempre todas se pararon allí, en ese escalón que separa la civilización de la barbarie. Y porque en este país que aún conserva su horrible pulsión hacia la muerte, ellas la saltaron, se sobrepusieron, la reciclaron, la gestionaron hacia la vida. Porque son parte de lo mejor que somos, y somos peores si lo olvidamos.
CINE › BALANCE DEL CINE INTERNACIONAL ESTRENADO DURANTE LA TEMPORADA 2009

Señales del Nuevo y el Viejo Mundo
Mientras asoma el estreno de Avatar, que oficializará la llegada del cine 3D digital a la Argentina (donde ya se contabilizan más de treinta salas), el año que se va dejó una serie de títulos valiosos, tanto de Hollywood como de la producción europea.



Por Luciano Monteagudo

El primer día del año de la nueva década amanecerá con el estreno local de la hiperpromocionada Avatar, que debería marcar el comienzo del desembarco masivo de la Tercera Dimensión en las pantallas argentinas. Pero el sistema 3D digital ya se hizo sentir fuerte durante la temporada 2009, con 30 salas desplegadas en Buenos Aires y el interior del país.

Quizás haya que recordar que eso que se anuncia como el futuro no es más que el pasado disfrazado: durante la década del ’50 Hollywood combatió a su primer gran enemigo, la televisión, con el 3D. Y ahora utiliza la misma arma para arrancar al público de sus casas y alejarlo de otra pantalla mezquina pero tanto o más magnética que la vieja caja boba: la de la computadora y sus sucedáneos (teléfonos celulares, IPods). Es un recurso, también, para pelear contra la piratería, porque todavía el downloading no se consigue en tres dimensiones, con lo cual no queda más remedio que movilizarse, pagar una entrada –bastante más cara que la habitual– y volver a hacer la experiencia del rito social y la sala oscura.

Mientras llega ese dulce porvenir, empalagado de olor a pochoclo, es el momento de revisar algunas de las líneas que trazaron los estrenos internacionales de la temporada 2009 (el cine nacional tendrá su balance aparte). En primer lugar, hay un par de nombres que sonaron fuerte este año en la cartelera local: los de Clint Eastwood y Quentin Tarantino. Ambos estrenaron dos películas cada uno, ambos provienen de Hollywood, ambos están imbuidos de la tradición que conlleva esa pertenencia, pero no podrían hacer cines más distintos. Mientras Eastwood es un exponente del cine clásico, Tarantino representa el gesto moderno: uno construye el relato con la solidez de una catedral; otro en cambio lo fragmenta y desestructura hasta darle una forma nueva.

Claro que hay catedrales que también quedan truncas, como El sustituto, la primera de las dos películas de Eastwood que se vieron este año. Con una ambiciosa reconstrucción de época, este vehículo de lucimiento para una diva a la vieja usanza demostró que la película le quedaba grande a Angelina Jolie y que el peso de la producción era capaz de resentir los cimientos de todo el proyecto. Por el contrario, una película mucho más simple y en apariencia menor, como Gran Torino, le permitió a Eastwood alcanzar niveles de complejidad mucho mayores.


Hacía ya cuatro años que Clint Eastwood no aparecía en cámara y su regreso no tanto como director –porque ha estado más activo que nunca– sino como protagonista de Gran Torino debe ser entendido como lo que es: una declaración íntima sobre su cine y su figura, una suerte de testamento en el que puso una fuerte carga de emoción personal, al mismo tiempo que se permitió jugar no sólo con sus propios prejuicios y contradicciones políticas sino también con los del espectador, que todavía sigue identificando a Eastwood con aquel detective de gatillo fácil que fue Harry el Sucio.

Por su parte, Tarantino asomó primero con su vertiginoso ballet mecánico de A prueba de muerte (estrenada con casi dos años de demora en la Argentina), relectura de las slasher movies y las películas de ruta de los años ’70, y luego reapareció con Bastardos sin gloria. Audaz, desmesurada, estructuralmente barroca, con grandes momentos que nunca alcanzan a conformar una gran película, Inglorious Basterds se divide entre la celebración del poder reparador de la ficción y la fantasía pueril sobre la venganza.


Alimentándose una vez más de una mélange de géneros y estilos que aquí van del western al film de acción y la comedia farsesca, de Sergio Leone a Robert Aldrich y Ernst Lubitsch, Tarantino propone, por sobre todas las cosas, la celebración de ese juguete llamado cine.

La síntesis, sin embargo, estuvo en otro lado. Mucho más sobrio y menos conocido, James Gray probó con Los amantes que es un cineasta de una innegable impronta clásica, pero al mismo tiempo capaz de tender un puente entre la tradición y la modernidad. Con su delicada historia de amor, Two Lovers se impuso como un film siempre sentido, emotivo, muy orgánico en todos sus aspectos, tanto que la ópera a la que aluden los personajes se termina convirtiendo en la única música capaz de expresar sus emociones y sentimientos.


A diferencia del Hollywood nuestro de cada día, aquí el naturalismo está definitivamente ausente, no tiene lugar posible, lo que implicó todo un desafío para los actores y especialmente para el protagonista, Joaquin Phoenix. Ante el sentido común y el falso realismo que ha impuesto la estética televisiva, Los amantes trajo en cambio una verdad profunda, distinta, correspondiente a un orden artístico.

El cine europeo se mostró particularmente fuerte este año, con obras de directores consagrados y de amplia trayectoria y otros relativamente más jóvenes o directamente recién llegados, por lo menos a estas latitudes. Entre los primeros, cabe consignar los estrenos de Bellamy, de Claude Chabrol, con el gran Gérard Depardieu, y Belle toujours, del centenario portugués Manoel de Oliveira, con el magnífico Michel Piccoli. El film de Chabrol se reveló como un doble homenaje a dos Georges: Simenon y Brassens. Pero por sobre todas las cosas es un magnífico retrato de Depardieu: grueso, inmenso como un oso, con los hombros caídos, el paso lento y la mirada cansada y aún así siempre tierna.


Por su parte, Oliveira, inspirado en la perenne calidad perturbadora de Belle de Jour, de Luis Buñuel, realizó una suerte de coda, de post-scriptum, de pequeña y deliciosa nota al pie que funciona a la manera de un divertimento. ¿Qué fue de la vida de Séverine y del libertino Monsieur Husson? ¿Qué se dirían si se encontraran esa mujer y ese hombre que nunca llegaron a consumar sus mutuos deseos? ¿Qué heridas quedaron después de aquel desencuentro? Lo bueno de la película de Oliveira es que no responde necesariamente todas estas preguntas, como si nunca pudiéramos llegar a saber el contenido de aquella famosa cajita que alguna vez abrió Catherine Deneuve.

Un poco en esa misma cuerda de la vieja Europa estuvo Jardines de otoño, del georgiano Otar Iosseliani, un subversivo discreto, alguien capaz de ir en contra de algunos de los valores más encarnados de la cultura occidental del siglo XX –la sobreestimación moral del trabajo, el endiosamiento del poder–, pero siempre con una sonrisa, ajeno a cualquier crispación, como si en esa forma amable y distendida que es la marca de su cine se encontrara la clave de su irrisión. Mucho más iracundo, en cambio, se mostró Terence Davies en Del tiempo y la ciudad.


El peso de la memoria, la ineludible subjetividad de los recuerdos, la reflexión sobre un pasado que ya nunca volverá: ésos son los materiales sobre los cuales trabaja, en esencia, el cine del director británico y en su apreciación de la ciudad de Liverpool fue mucho más allá de la esquemática idea que se suele tener del documental, hasta configurar una obra que podría haberse titulado “Recordando con ira” y que avanza hacia un terreno que en otros campos se consideraría “ensayo”, “autorretrato” e incluso, en ciertos pasajes, sencillamente “poesía”.

De generaciones intermedias, el francés Laurent Cantet y el italiano Mateo Garrone abordaron en Entre los muros y Gomorra problemas sociales pero con una autenticidad y una intensidad muy personales. Si la escuela es el lugar público por excelencia, el primero en la vida de todos los ciudadanos, ¿cómo filmarlo? Cantet eligió el camino más difícil, llegó a la conclusión de que en el principio está el verbo. Y decidió filmar la palabra: su materialidad, su ejercicio cotidiano, su potestad multisémica. Por su parte, Gomorra no sólo alcanzó una dimensión política y un espesor dramático que parecían perdidos en el cine peninsular. También logró algo particularmente difícil: sobreponerse al best seller de Roberto Saviano en el que está basado hasta darlo vuelta como un guante, con una libertad puramente cinematográfica, que trasciende la realidad en la que se inspira.


Allí donde el libro de Saviano –una crónica novelada de su experiencia personal en el interior de la temible Camorra napolitana– buscaba una escritura efectista y un estilo deliberadamente provocador, la película de Garrone, en cambio, siguió el camino contrario. No hay ninguna concesión al espectáculo en un film cuya aridez es su mayor elocuencia. La primera persona singular del libro de Saviano –necesaria para dotar de verosimilitud al libro pero también para dejar constancia de su temeridad como protagonista– dio lugar a un fresco coral que habla de una ciudad en guerra consigo misma, corroída desde sus propias entrañas.

Cous cous, la gran cena, del franco-tunecino Abdellatif Kechiche, y El silencio de Lorna, de los hermanos belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne, también abordaron temas sociales: el primero la dificultad de integración de la comunidad magrebí en la paternalista sociedad francesa; el segundo, la soledad y la desprotección de aquellos que, huyendo de la miseria de sus países de origen, deben abrirse camino en sociedades más ricas pero también, en algún punto, más despiadadas. En ambos casos, el realismo puro y duro fue el denominador común, la búsqueda de una verdad inmediata y cotidiana.

Entre los nombres nuevos provenientes de Europa, dos llamaron la atención, la alemana Maren Ade y el sueco Tomas Alfredson. Los dos pasaron primero por el Bafici (¿qué sería de Buenos Aires sin el oxígeno del Festival de Cine Independiente, que durante diez días permite ver un horizonte mucho más lejano que el que asoma durante todo un año en la cartelera porteña?) y luego llegaron con sus películas al estreno comercial.


Lejos de superproducciones de tema histórico a la manera de La caída, Entre nosotros, de Ade, es un film eminentemente contemporáneo, que refleja el conformismo y la frivolidad de la alta burguesía alemana de hoy. Pero aun así resuenan en sus imágenes ecos del Rossellini de Viaje en Italia (1953), un film clave del cine moderno, con el cual la película de Maren Ade parece querer dialogar. Por su parte, Criatura de la noche apareció como un antídoto contra los vampiros pasteurizados de la saga Crepúsculo y Luna nueva. El film sueco fue capaz de devolver no sólo a la mitología vampírica sino también a la adolescencia su carácter más transgresor y revulsivo. Y lo interesante del caso es que el film de Alfredson –un director sin experiencia previa en el cine de terror– llegó tan fresco al género que se permitió abordarlo sin tener necesidad de rendirle culto a sus tradiciones más anquilosadas.