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jueves, 28 de enero de 2010

Las patas en la fuente
Con los cuentos de Villa Celina, Juan Diego Incardona abrió un surco original de una narrativa en busca de recuperar la mitología del barrio bonaerense. Ahora, con El Campito avanza en el camino de una épica fantástica del pueblo peronista.

Por Alejandro Soifer

El Campito
Juan Diego Incardona
Mondadori
256 páginas

En su primer libro (Villa Celina, 2008) Juan Diego Incardona se inscribió en una tradición de escritores nacidos y criados en el conurbano bonaerense que en los últimos años han puesto buena parte de su literatura al servicio de la representación de esos espacios natales y de infancia, en un tono que sabe mezclar con habilidad la melancolía con el romanticismo y cierto espíritu de aventura.

El Campito toma estos elementos para condensarlos y superarlos, en una novela que reconstruye esa topografía en clave fantástica puesta al servicio de una neoépica del primer peronismo; como si éste se hubiese conservado intacto e ininterrumpido desde 1955 para reflotar en un tiempo no definido pero presuntamente cercano.

Juan Diego, el narrador, relata la historia que le refiere Carlitos, ciruja andante y especie de trovador que va contando sus fantásticas aventuras en una Matanza que se parece al escenario de un alto fantástico como El Señor de los Anillos, pero en clave subdesarrollada, entre basurales, mutantes producto de la contaminación del Riachuelo y barrios secretos creados por orden de Eva Perón.

La estructura dialoga en forma directa con el libro Séptimo del Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, “Viaje a la Oscura ciudad de Cacodelphia”, donde el protagonista era llevado por su amigo Schultze a conocer los misterios ocultos en esa propia reescritura marechaliana del Infierno de Dante debajo de Buenos Aires. El Campito trabaja con esa misma idea de mostrar un mundo fantástico en boca de un guía. A su vez, al ciruja, ese mismo mundo también le será enseñado como algo nuevo por sus eventuales compañeros de aventuras.

El diálogo con Marechal no terminará allí sino que habrá ocasión de volver a toparse con los “Excursionistas de Saavedra”, el Taita Flores, el Gliptodonte y el Neocriollo, mezcla de temas y personajes de su obra magna. También harán acto de presencia Roberto Arlt y sus estrambóticos proyectos de galvanizar flores con lo que Incardona parece delimitar, en el terreno de los homenajes, sus propias identificaciones de lectura y escritura.

La inclusión de un “Glosario de personajes, lugares y algunos objetos” así como un mapa con las locaciones en las que se desarrolla la acción son elementos clave en el encolumnamiento de la novela dentro del género de la épica fantástica y aportan a cerrar el microcosmos creado.

Quizás en ese mismo ánimo de mostrar demasiado el mundo nuevo, se ralentiza en algún momento la prosa que se convierte así en un muestrario de situaciones fantásticas, sujetos extraños y curiosidades varias con una intención didáctica que quita la posibilidad de una participación más espontánea de los personajes en la trama. Son instantes en los que el autor, en su ánimo de juego, que se nota en el tono y un espacio que aparecen como el reflejo de sueños infantiles, leyendas y anhelos, parece perderse en la intención de aprovechar todas las posibilidades que le ofrece su propia creación.

Esta épica que construye Incardona es popular y peronista, por lo que el ciruja que en un comienzo sólo le cuenta a Juan Diego su historia irá obteniendo más público así como se irá viendo, en su propio relato, rodeado de nuevos compañeros, conformando así, en los dos planos de la narración, esa mítica masa junta y feliz del imaginario justicialista.

Los materiales de desecho (basura, aceite derramado, contaminación del Riachuelo) que forman parte del paisaje natural del conurbano son reescritos en El Campito al punto de transformar ese mundo de asfalto, metal y fuego (referentes clave del ideal industrial de la zona) en elementos de un paisaje que condensa el espíritu del primer peronismo y rinde pleitesía a Evita Capitana. Como en toda épica fantástica, el enfrentamiento final será de grandes proporciones y el resto, una excusa hasta llegar y dar sentido a ese evento.

La novela, que tiene algunos rasgos de parodia, se despega hacia los últimos capítulos de la ironía para asentarse en un tono que conjuga la alegoría política con el recuerdo sentimental del barrio. El resultado es una mezcla final de fantasía infantil, juego y festividad que quedan utópicamente coronadas con el triunfo del pueblo. Una pieza que se suma desde un lugar original de la nueva narrativa a la particular mitología peronista.

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