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martes, 26 de enero de 2010

Presentación de "Las islas" de Carlos Gamerro

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Por Pablo Dema



El libro que tenemos ante nosotros, Las Islas, reeditado este año por Norma, viene precedido de su propia leyenda. Ha sucedido ya con ciertos textos de la literatura argentina, los de Osvaldo Lamborghini, por ejemplo, que son, antes de llegar al gran público, leyenda, el mito que gira en torno a ellos creado por algunos pocos lectores y por los que, sin haberlo leído incluso, agregan a esa fascinación primera datos que van formando un halo de misterio en torno al texto.

Las Islas fue publicado 1998 por la Editorial Simurg, desde entonces ha ido conquistando uno a uno a sus lectores, los cuales comenzaron a propagar la experiencia de esa lectura a la manera de un rumor fascinante. Pero al poco tiempo esa primera edición se hizo inconseguible y a partir de allí se volvieron frecuentes comentarios como: hay una gran novela sobre Malvinas, no, es Los pichiciegos, es otra, es un novelón, un thriller, un ciberpunk, un policial negro, un delirio de los sentidos; es autobiográfica, dice un blog que la menciona, Gamerro sabe de qué habla porque estuvo en Malvinas, tiene una esquirla de casco metida en la cabeza y todo.
Lo cierto es que Las Islas fue reeditada este año y para fortuna de los lectores se puede leer en una bella y cómoda edición.

Digo cómoda porque eso es importante a la hora de acometer la lectura de este texto, más de seiscientas páginas en primera edición, quinientas en la segunda en este formato que Norma adoptó para hacerle frente a los textos de largo aliento.

Dejando ya atrás el ámbito de la leyenda empecemos con una descripción ordenada de la novela, si es que eso es posible. En el comienzo del relato las cosas se presentan lo suficientemente claras como para intentarlo: Felipe Félix, un experto en informática, es contratado por el empresario Fausto Tamerlán para hacer un trabajo. Su hijo César ha cometido un crimen; tiró, en un episodio bastante confuso, a un hombre desde las alturas de la torre vidriada de sus oficinas. La misión que le encarga Tamerlán a Felipe es clara: violar los archivos de la SIDE y conseguir los nombres de los 25 testigos que vieron el crimen desde el edifico del frente antes de que los enemigos de Tamerlán aprovechen la tontería cometida por el hijo para ponerlo en aprietos.


Antes de la primera entrevista con su futuro contratista, Felipe se define a sí mismo ante uno de los empleados de Tamerlán. Primero menciona sus aptitudes y los servicios que brinda: “Especialista en seguridad de sistemas. Detección de anomalías. Redes telemáticas. Virus”. Su interlocutor le pide que resuma su profesión en una palabra. “Hacker”, contesta Felipe. Esa palabra lo coloca en el lugar de la ilegalidad y la tarea que emprenderá confirma ese rol al mismo tiempo que define a su contratante. La palabra empresario aplicada a Tamerlán es un eufemismo, lo mismo que la de secretarios y asistentes para sus sicarios. Pero por sí sola, la historia de Tamerlán, su llegada a la Argentina desde Europa y la manera en que hizo fortuna, da para una novela, o para varias.

Y no sólo que da, sino que Gamerro las lleva a cabo. Cada personaje que introduce es mucho más que la pieza de una trama, es un ser bajo cuyo nombre (se podría hacer toda una teoría sobre los nombres en esta novela) hay una historia demasiado fascinante como para insinuarla sin más. Tamerlán llegó con sus padres huyendo de la Alemania devastada por la Segunda Guerra Mundial, pisó suelo argentino el 17 de octubre de 1945, su padre fue amigo de Perón y amasó una fortuna luego haciendo negocios con los militares de la Revolución Libertadora, el mismo Fausto Tamerlán hijo siguió con ese imperio que su padre había fundado, conocerá a López Rega, hará negocios espurios con los militares, eliminará a su socio, y, borracho de poder en la Argentina democrática de los noventa, planea la tercera fundación de Buenos Aires que será dominada por él a partir de la perpetuación indefinida de su propia existencia gracias a experimentos genéticos.

Fausto Tamerlán, hombre, contrató a un científico para que le permitiera tener un hijo de sus entrañas, un descendiente puro, una réplica de sí mismo que le permita vencer el tiempo. Tamerlán es dueño de una retórica esplendorosa y grandilocuente en la que expresa sus teorías megalómanas de superhombre nietzschiano; según una de ellas, la clase alta, los ricos del mundo, deben realizar una revolución que les permita pasar de millonarios capitalistas a reyes. Estaríamos en la última etapa del capitalismo y a punto de pasar el feudalismo; en verdad, según Tamerlán, los ricos deberían sincerarse, quitar del medio ese falso telón que es la democracia y pasar directamente a ser señores y a tener siervos. La revolución política que se avecina nos sacará del capitalismo para instalar un neofeudalismo. Este personaje inescrupuloso, cínico, que compra políticos que literalmente gatean a sus pies como perros fieles, puede verse como un símbolo de la década menemista signada por la fastuosidad y la corrupción.

Pero ésta es apenas una parte de la novela de Tamerlán, la cual se irá desenvolviendo en los sucesivos diálogos entre él y Felipe a medida que avanza el trabajo del hacker. Pero cuando decía que esta vida da para una novela o varias, me refería al hecho de Tamerlán reaparece en La aventura de los bustos de Eva, la novela de 2004 de Carlos Gamerro en la que se narra un pasaje de su vida: aquél en el que la organización Montoneros lo secuestra en 1975 y pide como rescate que se coloque un busto de Eva Perón en cada una de las noventa y dos oficinas de su empresa. Quien llevará a cabo la misión de infiltrarse en la yesería San Simón tomada por sus operarios y negociar con Montoneros es Marroné, un especialista en gestión empresarial que en Las Islas aparece una y otra vez en el embarazoso trance de superar su constipación crónica que es, junto con el deseo de leer un rato tranquilo en el baño, la marca de su identidad.


Estas menciones a otra novela de Gamerro son de interés porque si bien sus libros tienen una autonomía como tales es necesario tener en cuenta que constituyen un corpus férreamente entramado, dato éste que no conviene pasar por alto. Tomando Las Islas como centro vemos, como dije, que ella se conecta directamente con La aventura de los bustos de Eva, la cual es, como el mismo Gamerro lo dice en una entrevista, “técnicamente una precuela”, utilizando esa palabra tomada de la jerga cinematográfica que Carlos conoce bien por su trabajo como guionista. Pero además, el protagonista de Las Islas, Felipe Félix, lo es también de otra de las obras, El secreto y las voces, novela cuya historia se sitúa a fines de los noventa y en la que Felipe emprende otra investigación, esta vez para sacar a la luz un crimen político ocurrido durante la última dictadura militar. Imprescindible es decir que el escenario de la acción de El secreto y las voces es Malihuel, un pueblo imaginario del sur de la provincia de Santa Fé al cual Fefe se referirá en Las Islas cuando se encuentre con Gloria, mujer que pasó allí, igual que él, parte de la infancia.


El sueño del señor Juez, por último, una novela de 2000, narra la fundación de ese pueblo ocurrida en el año 1877. Así, todas las novelas que Gamerro publicó hasta ahora, y aún una que ya anuncia al final de La aventura de los bustos de Eva, constituyen un espacio imaginario bien definido, un universo propio que cada texto revisita para agregarle densidad y para recubrir espacios cronológicos que el lector puede ir empalmando unos con otros. Incluso un período no visitado por sus novelas como el alfonsinismo y las rebeliones carapintadas está referenciado en su relato “El cuarto levantamiento”, de su único libro de cuentos, El libro de los afectos raros, de 2005.

Volviendo a Las Islas diremos que después de aceptado el trabajo que Felipe hará a cambio de cien mil dólares se produce el primer encuentro con los excombatientes de Malvinas y el tema de la guerra. Para ingresar a los archivos de la SIDE, donde Felipe prestó servicios, se le ocurre la idea de cumplir una vieja promesa que le había hecho a un militar veterano de Malvinas que trabaja para los servicios: hacer un video game de la guerra. Esta idea es la primera de una serie figuraciones, representaciones y simbolizaciones de las Islas que no sería fácil agotar en esta instancia. Todo lo que Felipe va tocando mientras realiza su trabajo termina conectándose, de uno u otro modo, con las Islas.


Es como si Malvinas fuese una suerte de embudo que, desde el sur, desde el pasado abierto, pretendiera chuparse a todos los que estuvieron allí durante la guerra. Y los personajes generan una serie de discursos pesadillezcos, delirantes y totalmente disparatados relacionados con las Islas y con la necesidad de volver y reconquistarlas. Cuando va a visitar a Emiliano, un ex combatiente de Malvinas que está internado en el Borda, donde también estuve Felipe, éste habla con uno de los enfermeros o médicos sobre el tema de las Islas. Dice: “Todos soñamos con volver. Es difícil de explicar. Yo no volvería ni loco. Pero sueño con volver (…) Ustedes también. (…) Los que no estuvieron ¿Para qué nos buscan, si no? Nos buscan y nos tienen miedo. Suponen que sabemos algo, que no les queremos decir, y que ustedes quieren saber; nos envidian porque conocemos el camino y temen que se los revelemos.

Dejamos un espacio preciso cuando nos fuimos, pero allá cambiamos de forma, y al volver ya no encajábamos, por más vueltas que nos dieran; volvimos diez mil iluminados, locos, profetas malditos, y ahí andamos, sueltos por los cuatro puntos del país, hablando un idioma que nadie entiende, haciendo como que trabajamos, jugamos al fútbol, cogemos pero nunca del todo, en algún lugar siempre sabiendo que algo valioso e indefinible quedó enterrado allá. En sueños, al menos todos volvemos a buscarlo ¿Cuántos te creés que quieren volver? Somos nosotros, los perdedores, los triturados, los que gritamos volveremos volveremos cada vez que hay alguien que quiera escuchar. (…) El infierno nos marcó de tal manera que creemos que volviendo lo haremos paraíso (…) ¿Sabés por qué todavía, diez años después, seguimos disfrazándonos de esta manera, reuniéndonos para organizar expediciones imposibles, reconstruyendo hasta el segundo cada uno de aquellos días que lo mejor sería olvidar? Estamos infectados, entendés, las llevamos en la sangre y nos morimos de a poco, como los chagásicos ¿No las viste, que son iguales a pólipos? Cada año que pasa, se extienden un poco más, como esas manchas en la pared.

Trauma de guerra, trauma de guerra, no es tan fácil. Estamos enamorados hasta la médula, y las odiamos. Fetichistas, adoramos una foto, una silueta, una bota vieja. No es verdad que hubo sobrevivientes. En el corazón de cada uno hay dos pedazos arrancados, y cada mordisco tiene la forma exacta de las Islas” (p. 337).

Una de esas fantasías de la recuperación de Malvinas, llevada al paroxismo de la insensatez, es la de Verraco, el militar que le pide a Felipe el video juego para recuperar, al menos virtualmente, las Islas. Pero Felipe pretende utilizar de modelo para armar el juego una maqueta de Malvinas hecha por un ex combatiente. Esta maqueta es usada por el grupo de ex soldados para planear estrategias de asalto destinadas a recuperar de verdad Malvinas.


Estos mismos personajes asisten a unos cursos dictados por Citatorio, un militar nacionalista paranoico que tiene una teoría sobre Malvinas: según él, es posible develar una trama milenaria de intrigas políticas llevada a cabo por la serpiente sionista que intenta apropiarse del mundo; en el caso de las Islas, su toma sería parte del Plan Andinia tramado por los ingleses para que las Islas pasen a ser habitadas por chilenos y judíos. Además, otro personaje que también trabaja en la SIDE (la cual, entre paréntesis, funciona en el subsuelo de un shopping de una Buenos Aires levemente futurista) escribe una fábula en la que equipara el país al cuerpo de la patria del que Malvinas serían las manos, cercenadas de ese cuerpo al igual que las de Perón lo fueron del suyo. Además existe también la leyenda del tatú cordobés según la cual en las Islas permanece enterrado el tesoro que Sobremonte se llevó de Buenos Aires durante las invasiones inglesas.

En otro momento, los excombatientes mencionan que se podría hacer una réplica exacta de Malvinas para instalar en la república de los niños de La Plata una Mundo Malvinas estilo Disneylandia. Los mismos personajes protagonizan este diálogo:
-“Fue una decisión equivocada invadir Malvinas. Hubiéramos invadido Aruba y Curaçao y ahora estaríamos tomando piña colada.
- “Seamos realistas –dijo Tomás- Lo lógico hubiera sido invadir Chile primero. Conocer otra gente, otras culturas. Qué se yo. Ir a los bares, a los restaurantes. Salir a bailar los fines de semana. Hay chilenas muy lindas.
-¡Y la fruta! –intervino Ignacio que sólo lo hacía cuando estaba seguro de no contradecir a nadie- ¿Vos viste la fruta de Chile? ¡El tamaño de los duraznos! Y no son congelados.
- Y, sí. Chile es otra cosa.
-Viña del Mar. La playa. Mi tío vive en Mendoza y siempre va.
- Además a ellos les ganábamos seguro.
- Perdimos una gran oportunidad. Todo por ese metido del Papa” (p. 55).

Como se ve, y este es un rasgo central de la novela, en el universo ficcional creado por Gamerro Malvinas es índice de locura y muchas veces disparador de la risa. Beatriz Sarlo encuentra en este punto la originalidad de la novela.


Dice: “Gamerro muestra (creo que por primera vez) lo disparatado como modelo de relato para un acontecimiento de la historia reciente; el género “menor”, ciencia ficción o thriller, no es utilizado para narrar verosímilmente unos hechos donde participan combatientes de la guerra de Malvinas, sino para ampliarlo hasta lo increíble. No se busca realismo ni hipótesis interpretativa sino el efecto revelador de la hipérbole cómica”1. Vale decir, en la perspectiva de Gamerro, la historia argentina, ciertos pasajes de ella como el peronismo, la dictadura y Malvinas, son tan descabellados, fueron propulsados de un modo tan extraordinariamente insensato que sólo se puede asirlos, mencionarlos, siguiendo su misma lógica delirante llevada al extremo.

Un ex comandante del ejército argentino juega a un video game hecho ad hoc para recuperar Malvinas y ¡pierde! Llama por teléfono a Felipe, llorando, desesperado, porque los ingleses le ganan y están invadiendo Buenos Aires. La risa que despierta el texto no es un indicador de un trato poco serio del tema, al contrario, es un procedimiento discursivo apto para diseccionar la historia política argentina, que es la historia de los máximos despropósitos que se puedan imaginar. “La política –dice Elsa Drucaroff- para quien pertenece a la generación de Gamerro (nacido en 1962) sólo puede ser tomada en serio cuando se vuelve fantástica y disparate”.

Situada en Buenos Aires en 1992, Las Islas, y tal vez todas las novelas de Gamerro, realizan un complejo trabajo con las temporalidades. Por una parte, no es casual que Las Islas salga reseñada en Axxón, revista especializada en ciencia ficción, porque es evidente que hay puntos de contacto con ese género, sobre todo a partir de elementos tecnológicos inexistentes en 1992 que le dan un aire futurista a la novela, al igual que la presencia de edificios en sitios de la ciudad en los que no los había por entonces. Las oficinas de Tamerlán están en una torre de Puerto Madero totalmente construida con espejos, los cuales se pueden manipular mediante un sistema de computación y están dispuestos de manera tal que hay un punto desde el cual el que está en la cima de la torre ve a todos los subordinados.


Perfecta idea del control materializada en este panóptico situado en un lugar que en 1992 todavía era un baldío. A su vez, las telecomunicaciones, sobre todo el manejo de Internet que realiza Felipe, también le dan a la novela un aire de familia compartido con la ciencia ficción. Cosas como el sexo virtual, por ejemplo, que es uno de los temas que Felipe habla con sus amigos hackers del mundo, dichas en 1992 resultan extrañas a ese presente. Al mismo tiempo Felipe tiene algo de ciborg, por una parte porque es capaz de pasar jornadas completas metido en internet, conectado a ese mundo virtual y olvidado de éste.

Además, su trabajo es realizado a través de la red y cuando por una dificultad práctica tiene que salir a la calle se ve en la obligación de imaginar a la cuidad como una cuidad virtual, y cada uno de los 25 testigos que irá visitando son como una “pantalla” de un videogame que va superando. A Felipe la realidad lo agobia, la gente lo cansa, su ámbito natural es el mundo virtual. Pero por otro lado, Felipe tiene algo de ciborg porque efectivamente lleva una esquirla de casco metida en la cabeza que no se le pasa por alto a los detectores de metales.

La esquirla del casco tiene que ver, por supuesto, con el pasado y con Malvinas. Todo el peso de la novela está puesto en las Islas pero es significativo el hecho de que se cuente la guerra desde 1992, y que desde ese presente se retroceda diez años. De alguna manera esta novela es una autobiografía negativa que tiene que ver con el pasado y el presente de Felipe Félix y de Carlos Gamerro. Dice el autor en uno de los ensayos de su libro El nacimiento de la literatura argentina (2006): “En 1992, diez años después de la Guerra de Malvinas, comencé a escribir una novela que se publicaría eventualmente con el título de Las Islas. La acción trascurre, también, exactamente diez años después de la guerra, más precisamente, de las semanas previas a su final, el 14 de junio de 1982, y su protagonista es un ex combatiente.

Hasta donde alcanzo a ver, mis motivaciones personales para acometer semejante empresa no son ningún misterio. Soy clase 62, la clase que fue a Malvinas. No fui a Malvinas. De hecho, estaba fuera del país cuando comenzó la guerra, y tan alejado de ella como podía estarlo, geográfica y espiritualmente –en Méjico, viviendo mi primer amor. De ese sueño –el sueño de que la vida, después de todo, valía a veces la pena de ser vivida- me despertaron, con una semana de demora, los clarines de la guerra. Volví al país, perdí mi amor, recuperé mi vida cotidiana en la Argentina del Proceso, bajo la cual se había desarrollado –o más bien, atrofiado- entera en mi adolescencia. Malvinas, en ese sentido, me marcó, como marcó a toda mi generación, a los que fueron y a los que se quedaron.

Y me dejó, además, la sensación de una vida, quizás también de una muerte, paralela, fantasmal –la mía, si me hubiera tocado ir. Malvinas no fue para mí una eventualidad remota; fue un destino al cual por pura suerte –haber pedido prórroga en lugar de hacer la colimba a los dieciocho años- escapé. Ese destino paralelo me seguiría hechizando de tal modo que, diez años después, me vi obligado a acatarlo, al menos en esa otra vida de la ficción. Las Islas es, de alguna manera, una autobiografía al revés: lo que podría haber sido mi vida si el ojo del destino hubiera sido un poco menos descuidado”.

De modo que Las Islas cruza presente, pasado y futuro aunque, repetimos, todo en la historia tiende hacia esa imagen que, como manchas de un test de Rorschach, fascina a todos los personajes de la novela desde su enigmática simetría al pié del mapa argentino. La estrategia para contar la guerra es el uso de flashbacks que se van sucediendo a la largo de la historia. Felipe recuerda y narra el momento en que vinieron a avisarle que debía presentarse al día siguiente en el regimiento de La Plata aunque todavía no conocía cuál era el destino de su viaje. En otros momentos las escenas de la guerra son contadas por los camaradas y también se aprovecha el proceso de construcción del juego Malvinas para dar cuenta del uso de la tecnología, las armas y contar algunas batallas.

Sin embargo, creo que hay dos capítulos fundamentales en los que la guerra aparece narrada del modo más directo y descarnado. En el capítulo titulado “La vigilia” Felipe va al cumpleaños de un ex combatiente, Hugo, que ostenta con orgullo su propio cuerpo cuyas piernas fueron arrancadas por una explosión en la guerra. La escena es de un dramatismo creciente porque se festejan los diez años de la guerra y los ex combatientes, siempre repitiendo el deseo de recuperar las Islas, han invitado a sus antiguos jefes. Aislado, Felipe tomo alcohol y recuerda, se mete cada vez más en ese pasado de pesadilla hasta que logra revivir la escena en la que uno de sus compañeros, Carlitos, fue torturado por Verraco, presente también en la fiesta. Muertos de hambre, los soldados habían logrado cazar una oveja y la estaban asando cuando Verraco los descubrió.

Como Carlitos se resistió a entregar el animal, su jefe ordenó la tortura del soldado y obligó a sus compañeros a ayudarlo. Desnudo, estaqueado, con la boca mordida por una pinza, todos los amigos de Carlitos contemplaron impasibles la escena mientras Verraco se disponía a comer la oveja como si estuviera en un asado de domingo en su casaquinta. Enloquecido de furia por verlo, diez años después, al mismo Verraco arengando a los ex combatientes que comen una torta con la forma de las Islas, Felipe estalla y lo insulta, le dice, por fin, que es un asesino.

Si en la novela predomina un tono que muchas veces es aligerado por la parodia y la sátira despiadada de los discursos nacionalistas de la derecha argentina, cuando la perspectiva de la narración se sitúa en la guerra el tono varía y va ganando en tensión a medida que aumenta el dramatismo. En ese sentido, en el capítulo “La batalla de Longdon” Gamerro despliega al máximo sus aptitudes narrativas para ponernos en contacto con el barro, el frío, el hambre y los alaridos del terror infernal de la guerra. Esa escena llega después de que Tamerlán muere a manos de su propio hijo y sus sicarios, todos envueltos también en un plan delirante de Arturo Cuervo (conocido como el Mayor X) para apoderarse de la fortuna de Tamerlán y reconquistar las Islas.

La historia del crimen cometido por el hijo de Tamerlán había sido urdida por este Mayor X y toda la trama de los testigos que envolvió a Felipe tenía que ver en el fondo con las fantasías de recuperar las Islas de sus amigos ex combatientes. Lo cierto es que después de que Tamerlán muere, su hijo César y un cómplice le administran a Felipe la “droga del dolor”. En el tiempo que dura el efecto de esa droga transcurre por la mente de Felipe la pesadilla de la batalla de Longdon.

Aquí los soldados argentinos no combaten sino que lisa y llanamente esperan en sus pozos que las bombas les den una tregua. Pero esto no ocurre sino hasta que el número de muertos es suficiente como para que los ingleses detengan el ataque. Cuando los británicos rematan a los últimos argentinos heridos, obligan a los pocos prisioneros que siguen en pié a cavar un pozo para sus propios compañeros. La guerra es eso, un soldado cubierto de barro, aterido, haciendo un pozo en el que va poniendo, unos sobre otros, los cuerpos de sus amigos Rubén, Hijitus, Toto, Rosendo, Carlitos. En eso, Felipe ve a un compañero de la colimba y lo reconoce. Dice: “está llorando, desde que empezamos a cavar, llora casi sin tristeza, como si cavar y llorar fueran naturalmente juntos” (p. 466).

Cuando terminan de tapar el pozo, tienen que apisonar la tierra, en esa tarea se encuentran cuando comienzan a caer proyectiles en el lugar. Advierte Felipe que los que disparan son argentinos, los cuales creen que en ese sitio ganado por los ingleses ya no queda ningún compatriota. Una esquirla le da en la cabeza a Felipe y es a causa de ella que el pedazo de casco se le incrustará en la cabeza. Tirado sobre un foso común en la que acaba de enterrar a sus propios compañeros, herido por los argentinos, Felipe se adormece y queda fuera de combate. La visión de la guerra que nos entrega Gamerro a partir de esta imagen es de una ironía magnífica y de una amargura trágica.

La guerra también es esto: una insensatez que nada tiene que ver con el honor, ni con la gloria, ni con la patria. Es gente muerta por nada y para nada.
Ese pedazo de casco en la cabeza de Felipe es, como la experiencia de la guerra, una incrustación en el propio cuerpo que no se puede ignorar; esa grieta en el cráneo es una herida de guerra que sigue ahí diez años después. Pero menos doloroso será el camino de Felipe a partir del momento en que parte de su pasado puede salir, como sueño, como pesadilla, como diálogo con los amigos vivos y con los muertos, y como diálogo también con Gloria, otra víctima de la política argentina siempre ejercida con enceguecida brutalidad, como absurda guerra.

Sé que me excedo con el tiempo y sé también que cualquier intento de ofrecer un texto cerrado sobre Las Islas está condenado al fracaso de antemano. Tan desmesurada es la novela, tantas son las líneas narrativas que abre para luego reunirlas inesperadamente, y ofrecer un giro y otro más a la trama. Pero si tan poco es dable decir en estas páginas es porque son muchas las virtudes que la novela tiene y grandes las sorpresas que depara.




1- “La novela después de la historia. Sujetos y tecnologías”, en Escritos sobre literatura argentina; Siglo XXI; 2007. p. 472.

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