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jueves, 14 de enero de 2010

Los desterrados


Por Mario Elkin Ramírez *

Ostracismo es una palabra griega derivada de concha (cuya raíz viene de ostra), debido al tejuelo en forma de concha en el que los pueblos del mar de la antigüedad, esencialmente los atenienses, escribían el nombre de los desterrados. El destierro no era la expropiación de la tierra, era la expulsión del desterrado, por una cierta cantidad de años o para siempre de la polis (ciudad Estado). Era el peor castigo que un griego podía recibir porque, al contrario de los hombres modernos, los griegos no tenían ningún concepto de lo que es el yo o la individualidad; en consecuencia, su identidad venía de su pertenencia al grupo, a la polis. Por lo cual, ser desterrado no era ser desplazado a otra polis, conservando el sentimiento de unidad psíquica individual, sino que significaba arrancarle su identidad, su ser, su humanidad.

Dicho castigo no recaía sólo sobre aquellos que habían cometido crímenes contra los dioses o contra el Estado. Algunas excavaciones han encontrado en el fondo de pozos, conchas de ostra preescritas con nombres de ciudadanos que le servían a la polis y respetaban a los dioses, pero que sus enemigos políticos pretendían hacer expulsar manipulando las votaciones, sobornando a algunos para que presentaran aquellas conchas. Esto dice que el destierro, desde la antigüedad, ha sido un arma política.

En la actualidad colombiana esta práctica sigue vigente; pero su aplicación no recurre a la manipulación de los votos, que da cuenta de la corrupción de la democracia aun en sus orígenes, sino que se acude a la violencia y al miedo como armas de guerra. No se trata entonces de un suceso intempestivo e inesperado, sino que es efecto de un cálculo, de un uso intencionado de los miedos. Se trata de una estrategia de terror empleada de manera indiferenciada por parte de los actores armados para expulsar a la población y controlar territorios estratégicos mediante masacres, persecución y asesinatos selectivos de personas acusadas de ser auxiliadores del enemigo del grupo que lo aplica.

Las causas de ese destierro en Colombia son múltiples: el reclutamiento forzado, la erradicación de cultivos ilícitos, el uso indiscriminado de minas antipersonal, los ataques aéreos del ejército, las amenazas, los atentados, los enfrentamientos de grupos armados, las detenciones arbitrarias, el involucramiento forzado en el conflicto, el desabastecimiento de víveres que usa el hambre como estrategia de guerra, y, por supuesto, de la intimidación.

Se ha aplicado el eufemismo “desplazado” para designar a la víctima, pero sus testimonios dan cuenta de que se trata de algo más poderoso que el simple desalojo y el traslado de un lugar a otro del país. Son numerosos los casos en los que la víctima es perseguida y sometida al llamado “desplazamiento múltiple”.

En ese acoso, el sujeto pierde las coordenadas psíquicas, simbólicas e imaginarias en las que ya no puede definirse como ciudadano del lugar donde nació, propietario de tal parcela, reconocimiento como vecino, con nombre propio, familia e historia, y le es destruida como referencia identitaria la geografía que lo rodeó y le sirvió de punto de orientación y de construcción de hábitos sedentarios. Ahora tiene la certeza de saberse dueño de nada y de no pertenecer a ninguna parte. Hay, en consecuencia, un quiebre psíquico importante en los mal llamados “desplazados”, por lo que, propiamente, se les debería llamar “desterrados”.

Para el 2007 se registraban en Colombia 2.853.445 personas desplazadas en los últimos diez años, sin considerar los que no se registran. Aunque “Pastoral Social y Codhes hablan de 3.662.842 personas desplazadas desde 1985, y el reporte del gobierno es el de 1.716.662 contando a partir de 1997” (Martha Inés Villa: Desplazamiento forzado en Colombia. El miedo: un eje transversal del éxodo y de la lucha por la ciudadanía, Cinep, 2006).

La población desterrada está en su mayoría compuesta por mujeres, niños, adultos mayores, afrodescendientes e indios. Se verifica un grave impacto que las mujeres viven en esta situación, a saber, la violación sexual, a pesar del silencio y el difícil registro de este delito, reconocido nacional e internacionalmente como crimen de guerra. Esto refleja una práctica sistemáticamente aplicada antes y durante la situación de destierro de la población por todos los actores del conflicto armado colombiano (militares, paramilitares, reinsertados y guerrillas). También la esclavitud sexual y la promoción de la prostitución es otro impacto que viven las mujeres como consecuencia del destierro, al llegar a la nueva zona receptora, donde no encuentran ningún apoyo institucional para ubicarse de forma digna.

El desterrado encuentra en la huida su última opción y emprende un viaje sin destino; su sola certeza es la incertidumbre, su única seguridad es la de estar vivo, aunque a veces dice que esa situación es equivalente a “estar muerto en vida”.

El quiebre psíquico de las coordenadas sumergen al desterrado en una situación de desorientación espaciotemporal, ya que no puede mirar atrás, pero tampoco tiene un horizonte que mostrarles a su mujer y a sus hijos. Su nomadismo se dirige a la búsqueda de un lugar donde no tenga que dormir a medias, porque, en adelante, su “reposo” es la angustia expectante que le sirve de señal para proteger la vida; siempre anda temeroso de que lleguen los dueños de la tierra que invade para improvisar “cambuches” con plásticos y cartón, mientras su pensamiento está ocupado en que sus parcelas están solas, sin ganado, sin gallinas, sin chivos, pero, sobre todo, sin ellos. El destierro también expulsa la tranquilidad de sus vidas y, en su lugar, se instala la zozobra, el miedo, la tristeza.

Es difícil para el desterrado volver de su nomadismo a un nuevo sedentarismo, ya que siente que pertenece a una lista de forasteros, extranjeros, extraños, exiliados, ex humanos que andan por un mundo ajeno. Su inscripción en el nuevo lugar lleva consigo los traumas por las vejaciones a las que fue sometido durante su expulsión. El destierro va más allá de los límites geográficos, se instala en el alma del desterrado, produciendo una neurosis de guerra. Las imágenes del horror vivido se toman sus sueños para volverlos pesadillas, se despiertan bañados en sudor y con la respiración a mil.

En el nuevo lugar tiene el sentimiento de la no pertenencia, ni a la escuela a la que asiste, ni al vecindario en que habita, ni tampoco a la casa donde duerme. A menudo le vienen oleadas de depresión. Entonces no se preocupa por bañarse ni comer ni reunirse con otros y, con frecuencia, en los niños se instala la agresividad como manera permanente de relación. Se puede reconocer en ellos, además, la tendencia a una autodesvalorización, lo que conlleva una pérdida del interés por la vida y por los valores sociales. Por esta razón, estos niños pueden incurrir en conductas delictivas y, en no pocos casos, una tendencia suicida. La expulsión se vive como un rechazo radical a ser incluido en el deseo del Otro social.

* Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Nueva Escuela Lacaniana, sede Medellín. Artículo publicado en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 36.

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