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lunes, 30 de noviembre de 2009

Gargantas con arena

La crisis del emirato podría ser un anticipo de lo que sucederá con las fabulosas emisiones de deuda que los países centrales realizaron para salir de la crisis.


Por Raúl Dellatorre

La reacción de los mercados bursátiles del mundo el jueves (no operó Wall Street por el Día de Acción de Gracias), atenuando las caídas, y la leve recuperación registrada el viernes, fue suficiente para que los “analistas” de las finanzas internacionales terminaran la semana recuperando la calma y transmitieran tranquilidad, después de que la crisis de la oriental y musulmana Dubai de mediados de la semana pasada les dejó atragantadas a los líderes mundiales, por unas horas, las expresiones de júbilo por la recuperación de la economía global “tras” la crisis. Tamaña autocomplacencia, sin embargo, sigue chocando con otros rasgos de la realidad económica y financiera mundial, cuidadosamente apartados del centro de la escena.

Por ejemplo: el holding financiero e inmobiliario Dubai World, que con su anuncio de default generó este último temblor, es un conglomerado bajo control estatal del emirato, y ha sido el responsable de los grandes megaemprendimientos que convirtieron el territorio con vista al Golfo Pérsico en un paraíso del capitalismo exuberante. Pero todo ese desarrollo se hizo en base a un enorme endeudamiento, justamente el que ahora no está en condiciones de pagar. ¿No es acaso, en base a una fabulosa emisión de bonos estatales que se está asistiendo a una “rápida” recuperación de la crisis mundial? ¿Y cuando estos bonos venzan, estarán los países emisores en condiciones de pagarlos? Podrá decirse que se trata de países cien veces más grandes que Dubai. Sucede que la deuda, también.

Un país “demasiado pequeño” como para provocar un impacto a la economía mundial, se dijo de Dubai en estos días para minimizar el riesgo. Conductas de un país y de un gobierno con “delirios de grandeza”, se descalificó a los megaemprendimientos –alevosamente exuberantes, por cierto– que ayudó a construir Dubai World. Pero sucede que nada de esto fue dicho antes del default, sino después. Y lo que es más significativo, más de la mitad de la deuda de Dubai (40 mil millones de dólares sobre un total de 80 mil) está colocada en los principales bancos europeos. Una exposición “nada pequeña”.

¿A quién descalifican las anteriores apreciaciones que buscan minimizar el riesgo? ¿Al país que realizó las inversiones o a los bancos que apostaron sus fondos a esos supuestos “delirios de grandeza”? Lamentablemente, la respuesta es que el sistema es uno solo y nadie, de los nombrados, queda afuera. De la responsabilidad ni de los daños eventuales. Dubai, segundo en tamaño de su economía entre los integrantes de la Unión de Emiratos Arabes (el primero es Abu Dhabi), fue la plaza financiera y de especulación inmobiliaria elegida por los inversores occidentales, como antes lo fue Hong Kong. A diferencia de sus vecinos, Dubai no tiene petróleo en su pequeño territorio. Y al igual que Hong Kong, su economía se basa más en transferencias de fondos que en actividades industriales o agropecuarias. El principal rubro productivo de Dubai (más del 50 por ciento de su PIB) es, obviamente, la construcción.

No resulta extraño que, en tales condiciones, tarde o temprano a Dubai llegara la atracción de los cantos de sirena de una burbuja inmobiliaria. La diferencia con Estados Unidos es que, en este caso, la bola no se armó en base a créditos a insolventes de clase media y baja, sino con créditos a insolventes de clase alta: audaces inversores que apostaron a megaemprendimientos para los que no tenían fondos, pero sí acceso al crédito.

Tras las primeras señales de agotamiento del mercado inmobiliario, provocada en parte por las secuelas de la crisis mundial que retrajo las colocaciones especulativas en esa plaza, los precios de las propiedades empezaron a caer. Con ellos, la posibilidad de obtener ganancias de quienes compraban títulos de hipotecas con afán especulativo. Y sobrevino la inevitable corrida. En seis meses –los primeros de este año– los precios de las propiedades (y de los títulos que las representan) cayeron 40 por ciento. Los constructores empezaron a abandonar las obras e incluso propietarios hipotecados iniciaron un éxodo de sus viviendas y su país por temor a las duras sanciones que impone la ley islámica a los deudores que no honran sus compromisos. El principal holding abastecedor de fondos, Dubai World, y su subsidiaria Nakheel acaban de acusar el golpe.

Por semejanza con lo sucedido en Occidente, la historia es bastante conocida. El gobierno de Dubai no está en condiciones de asumir un rescate, pero se espera que su hermano mayor Abu Dhabi aporte lo suyo. Los países europeos de los que los bancos acreedores son oriundos deberán hacer llegar su óbolo a la colecta. El problema es que el sistema financiero sigue funcionando tan irresponsablemente como cuando generó la crisis y los gobiernos, en vez de sanearlo, lo han realimentado para que vuelvan a hacer girar la rueda.

Dubai podría ser un claro ejemplo de ello, seguramente no el último. Mientras tanto, siguen repitiéndose curiosas costumbres que, a esta altura, se supondría que deberían haber dejado alguna enseñanza. Quienes lanzan las evaluaciones sobre si la situación es peligrosa o no, en base a las “reacciones del mercado”, siguen siendo los bancos internacionales (que tienen bonos defaulteados en cartera) y las consultoras y evaluadoras de mercado (que aconsejaron comprarlos).

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