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lunes, 30 de noviembre de 2009

"El mundo del Opus Dei es realmente fascinante”
El film del director no tardó en erizar la piel de la orden creada por José María Escrivá de Balaguer.



Por Mariano Blejman

A esta altura podría decirse que las películas del español Javier Fresser son al cine hispanoparlante lo que Taringa! a Internet. Básicamente hay de todo, de fuentes muy variadas, la información aparece como flash espasmódico y siempre causa algo de asombro. Porque si los delirantes y provocativos cortos anticipaban un cine plagado de humor, sarcasmo e ironía (como las interminables patadas de la serie Javy y Luci que fueron furor en la red), si la comedia surrealista de El milagro de P. Tinto dejó a todos pasmados con frases como “¿Me podría decir cuál es la albóndiga y cuál el guisante? Es que soy daltónico”, si La gran aventura de Mortadelo y Filemón coqueteaba con el comic hasta dejarlo rendido (todas estas películas se dieron en el reciente Festival de Mar del Plata, en la retrospectiva dedicada a su obra), la presentación de Camino (ganadora de seis premios Goya y próxima a estrenarse en salas de Buenos Aires) rompe definitivamente con todo lo que pueda esperarse de Fresser. El film tiene intencionalmente el nombre del libro que escribió José María Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei, y está inspirado en una historia real de una niña, aquí llamada Camino, que muere de un raro tumor. Y el film es algo así como un thriller de terror religioso, o –como acierta el crítico local Agustín Masaedo– un “gore quirúrgico”. Fresser recibe a Página/12 después de ver una película rusa, que se llama Letters to Father Jacob, pero pareciera ser pura casualidad.

–¿Cómo llegó a esta película tan distinta?

–Comprendo que son películas diferentes. Pero para mí no hay un cambio tan esencial, porque creo que por suerte o desgracia estoy detrás de la misma manera. Camino es premeditadamente la primera historia que tuve en la cabeza. Antes de hacer El milagro de P. Tinto conocí la historia y había empezado a elaborar un guión. Hace quince años tuve la madurez de darme cuenta de que no tenía la madurez para hacerla antes. No era con lo que quería empezar, esta historia me tenía arrebatado y necesitaba otro lenguaje y otra actitud.

–¿Tenía que atravesar el humor?

–No he planeado lo que he hecho. Como tienes la suerte de hacer cine y el privilegio de que lo que haces interese a más de uno, estás obligado a investigar un poco y no acomodarte a lo que sabes hacer, porque en el fondo es un poco fraude.

–¿Por qué?

–Cuando haces películas es fácil hacer una detrás de la otra. Me propuse no hacer la misma cosa, primero porque es más interesante, segundo porque tiene un componente de riesgo fundamental: esa dosis de vértigo e incertidumbre para hacer algo interesante; y por otro lado equivocarme no es ninguna desgracia. Películas, las hay de todo tipo. Me he rebelado siempre contra la clasificación en cualquier ámbito de la vida, y la verdad es que me siento identificado y muy a gusto cuando alguien me dice: “Es difícil de clasificar”. Es uno de los mayores piropos posibles. En el cine, en la música, en la literatura, hay una necesidad enfermiza por clasificarlo todo y ponerlo en sacos distintos. La experiencia que tiene el espectador es más pobre porque acude a lo que ya conoce. Sabe si va a reírse, si va a llorar. La industria está montada de esa manera, el distribuidor que va a un mercado, que no tiene tiempo de verla, pregunta: “¿Esta película a cuál se parece?”. Y es difícil vender cuando no sabes responder esa pregunta. Porque no siempre hay una referencia: en el caso de Camino y en el caso de El milagro de P. Tinto eso ocurre.

–¿Cómo llegó a la historia de Camino?

–Conocí la historia hace veinte años, a través del libro. Una niña madrileña que a los pocos años de morir le iniciaron su proceso de beatificación. La historia me pareció fascinante y no me abandonó nunca. Con el tiempo vi más claro que esa historia tenía ingredientes suficientes para contar lo que quería, que es una historia de amor. Además me iba a permitir indagar en aspectos que no había tocado nunca: el amor, la muerte, la fe, el sentido de la trascendencia, la religión. Con mi infancia, mi educación, mi cultura. Mi generación ha tenido una educación católica, y que la hayas abrazado o no, deja el cerebro ordenado de una manera, básicamente es el sentimiento de culpa.

–¿Cómo ha reaccionado el Opus Dei?

–La película toca de lleno y de forma profunda el Opus Dei, y lo toca con el conocimiento que proviene de estudiar y de investigar y de documentarme de la institución de la Iglesia Católica. Es un mundo apasionante y, sin ser protagonista, es un paisaje esencial donde se mueven personajes que interactúan mucho con esa forma de entender el mundo. Como era de esperar, oficialmente la reacción fue pequeña y discreta, pero extraoficialmente, que es realmente como trabajan, con iniciativas personales, sueltan toda la artillería. Pero el ataque ha sido muy torpe y ha provenido siempre de quien declara no haber visto la película y promete que no la verá jamás.

–¿Cómo ha sido su documentación?

–He dedicado mucho tiempo a documentarme. La más elocuente y más valiosa proviene de los documentos internos del Opus Dei, y los testimonios y declaraciones de quien está adentro y convencido de que está en el camino correcto en la santidad. Al contrario de los que piensan que está documentada por testimonios de quien está fuera, es justo al revés. Y la cuestión más valiosa: hay un dogma en el Opus Dei incuestionable, que es que todo aquel que ha estado y se ha salido es un resentido que hablará mal de ellos. Entonces hay miles de testimonios que coinciden en su denuncia del modus operandi como una secta. El Opus Dei son como los mejillones a la roca: se pegan al poder, el dinero y la influencia. No deja de sorprenderme la mezcla de religión y violencia, cómo se pueden unir esos dos conceptos: la religión católica, que es la que mejor conozco, está basada en el concepto del amor y es curioso...

–... bueno, empezó con un crucificado.

–Ay, si se levantara el hombre, más de uno se pondría colorado.

–Usted habló de los que se van, pero, ¿y los que entran?

–Hay diversos grados de pertenencia; hay una vía especialmente espeluznante que es la que realiza la captación de niños y jóvenes con la obra de San Rafael, donde poco a poco va despegando al adolescente de su familia y le hace ir acercándose a ellos, con la cautela de que la familia no vaya a entrometerse. Los agradecimientos más emocionantes han sido de madres y padres de niños que han desaparecido de sus vidas para siempre y porque han decidido dejarlo todo y hacerse numerarios y numerarias del Opus Dei, y sus sentimientos son que algo mal han hecho, y en algo han fallado porque sus hijos los rechazan y no los quieren y no tienen interés, excepto el económico. Muchas madres españolas han comprendido que ellos no tienen la culpa de haberlos perdido. Si tu hijo cumple 18 años y dice que se va y no tiene que dar explicación, y empieza a pertenecer en un lugar donde le dicen que su nueva familia es más importante y numerosa y que pensar en su antigua familia es un acto de debilidad, entonces se destruyen vínculos afectivos.

–Pero, ¿cuál es el objetivo del Opus Dei?

–Establecer un entramado que les permita tener acceso al poder, a la influencia, al dinero en una estructura piramidal. La inmensa mayoría son la base y hay otra minoría que tiene a esa base convencida de una cosa que no es. De todos modos, el Opus Dei es apenas el paisaje de Camino, que es una historia de amor, de la primera vez en tu vida que sientes el amor, hecho en una circunstancia que incluye la enfermedad y el dolor que van parejos y en un paisaje de un sentimiento religioso concreto, en torno de la muerte y al más allá. Es una historia de amor.

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