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sábado, 28 de noviembre de 2009

Nunca es tarde para empezar a perder
Con mito a las espaldas y una Colt cargada esperando por las dudas, el chileno Marcelo Lillo irrumpió en la narrativa latinoamericana a los 50 años, primero con El fumador y otros relatos y ahora con Gente que baila sola, dos volúmenes de cuentos desparejos, pero aun así perturbadores, tras los pasos de Raymond Carver.



Por Ezequiel Acuña

El fumador y otros relatos
Marcelo Lillo
Mondadori
132 páginas

Gente que baila sola
Mondadori
216 páginas

A los cincuenta años, sin trabajo, con varios premios literarios ganados, pero nada de reconocimiento, Marcelo Lillo irrumpió en la literatura chilena con la publicación de El fumador y otros relatos, un excelente volumen de cuentos de una prosa directa y brutal que lo emparentó al instante con el legado de Raymond Carver. Por su parte, Lillo no tardó en alimentar el mito para reducir la distancia con el escritor norteamericano, y en cada entrevista se encargó de escribir su historia personal con el mismo aire de pequeña catástrofe y el mismo escepticismo que caracterizan a sus cuentos. Como uno de sus propios personajes, en 2002, Lillo renunció a su trabajo de profesor, compró una pistola Colt e hizo un trato con su esposa: vendería todo, juntaría todos los ahorros, se dedicaría a escribir y si en cuatro años no le iba bien como escritor los dos se pegarían un tiro. El contrato para la publicación del libro le llegó algunos pocos meses antes del cumplimiento del plazo. Ahora, Lillo va por su segundo libro de cuentos, Gente que baila sola, y prepara una novela que será publicada el año próximo, pero la amenaza del revólver debajo del colchón parece ser casi una declaración estilística.

En El fumador y otros relatos, Lillo demostró calzarse bien el traje de un psicópata con una lapicera, dispuesto a ensayar crueldades psicológicas una y otra vez, en todas las variantes de lo cotidiano, lo cercano, lo familiar, clavando historias para herir la sensibilidad. Es difícil trabarse en la lectura, es difícil no sentirse afectado por las desgracias humanas contadas con aire de normalidad que Lillo pone en escena en cuentos como Diente de león, que concentra la misma crudeza que Diles a las mujeres que salimos de Carver. Los relatos de El fumador son monótonos y sorpresivos al mismo tiempo, una cualidad incómoda, como si detrás del aire de normalidad que detentan las historias se pudiera sospechar por un augurio maligno un revés de la fatalidad. En su primer libro, Lillo tuvo la destreza para producir psicosis a partir de la monotonía y, casi sin muchas vueltas de tuerca, hacer que los cuentos se sientan sobre el cuerpo. Como si no quisiera recurrir en ningún momento a los efectos especiales, prácticamente todos los cuentos de El fumador son despojados y excelentes en el recorte de sus límites.

Otra historia es la de Gente que baila sola. Todo parece indicar que el escritor chileno, residente de la pequeña ciudad de Niebla, intentó duplicar una fórmula, y el resultado no fue tan contundente. Los primeros cuentos del nuevo libro de Lillo apuntan hondo, son quizá los más parecidos a la literatura de Carver y se manejan con la lógica de la bomba: el relato del momento preciso en que todo estalla, el breve resplandor. Pero a medida que se avanza no sólo los temas comienzan a repetirse sino también la forma de tratarlos, y los cuentos parecen perder la mesura con la que Lillo supo brillar.

En Gente que baila sola todos los cuentos se refieren a la familia y la soledad, pero sobre todo a familias imperfectas. O bien el cuento trata de un abandono (una madre, un padre, un hijo que se va), o de alguien que agoniza y muere, o de una pareja de un hombre y una mujer que se separan. En todo caso se asemeja bastante a un ejercicio de estilo en donde Lillo buscó trabajar una cantidad limitada de temas y elementos (el matrimonio que no tuvo hijos, la enfermedad, el personaje escritor, la perfidia), dándolos vuelta de un lado para el otro y organizándolos en sus múltiples variantes. Sólo dos cuentos escapan al eje temático: el destacado Noche de reyezuelos, que se puede pensar como el resultado del ejercicio de estilo, brillante y pulido, pero donde la temática ha cambiado; y Los pobres no pueden esperar, que nada tiene que ver con nada y merece ser olvidado. Lo cierto es que si en una primera parte la estrategia de Lillo funciona bien, el hecho de que el ritmo se vuelva tedioso a medida que se acercan los cuentos finales no se debe sólo a la repetición sino sobre todo a la pérdida de esa precisión que caracteriza los relatos de El fumador; al contrario, la intención de producir un efecto resulta demasiado deliberada y obvia, y en comparación con esos primeros cuentos de Lillo que pegaban sin pedir permiso, muchos de Gente que baila sola parecen, como mínimo, desprolijos.

La publicación conjunta, en nuestro país, de los dos libros de cuentos, El fumador y otros relatos y Gente que baila sola, parece ser una presentación por lo menos compleja para caracterizar al escritor chileno. Con muchos aciertos y demasiados errores, la escritura de Lillo promete tanto como genera resquemores. Si Carver reescribió su libro ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? durante quince años, tal vez Gente que baila sola, que fue escrito en tres meses, deba seguir el mismo camino. Por lo pronto, todavía es posible deleitarse –y sufrir– con El fumador y otros relatos, y esperar que para la publicación de su novela Marcelo Lillo encuentre a su Gordon Lish y se salve de las garras de la Colt.

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