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jueves, 17 de diciembre de 2009

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La libertad y el orden: las figuras contrapuestas de Vicuña Mackenna y Manuel Montt


Aunque en su momento parecieran figuras irreconciliables y antagónicas, Vicuña Mackenna y Manuel Montt representan el avance de la secularización política en el siglo XIX chileno y comparten un fondo ideológico común, a la vez ilustrado y republicano.

Cristián Barros
Espíritu vertiginoso, centrífugo, de pasiones partisanas, Vicuña Mackenna pertenece a la generación de historiadores y publicistas americanos que se veían a sí mismos como oráculos de las nacientes repúblicas. Exiliado dos veces durante el decenio de Montt, hijo de uno de los grandes liberales del período, Pedro Félix Vicuña, el joven Benjamín encarnó la ideología del reformismo romántico de 1848, con todos sus excesos de doctrinarismo retórico. Tribuno y polígrafo, hombre de Estado y rebelde, Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) se opone naturalmente a individuos como Manuel Montt (1809-1880), su contemporáneo. Sin embargo, ambos representan el avance de la secularización política en el siglo XIX chileno, aunque en su momento parecieran figuras irreconciliables. No en vano, Manuel Montt fue el primer Presidente civil de Chile, y fue bajo su mandato que cristalizaron los primeros partidos políticos modernos, así como las realizaciones iniciales en infraestructura pública y fiscal.

Sobre todo funcionario, primero administrador y luego juez, Montt también es un ejemplo de meritocracia, y aunque suele vérsele como un representante de la élite, siempre fue considerado por ésta como un elemento más o menos advenedizo, un provinciano de escasa solvencia social. Paradójicamente, sus opositores liberales, abrumados por las medidas autoritarias del decenio, tardaron en apreciar la ponderación, eficiencia y probidad de Montt. Su administración fue documentada por el propio Vicuña Mackenna, quien tuvo un papel activo como conspirador contra el régimen. Así, aunque insistía en caracterizar a Montt como un tirano al servicio de los ultramontanos, lo cierto es que la bête noire de los liberales estaba lejos de ser un conservador clerical. En realidad, fue su defensa de un Estado interventor en la esfera eclesiástica lo que terminó por enajenarle las simpatías peluconas.

Sacados ambos del microcosmos del momento particular, y vistos en la perspectiva de un siglo y medio de distancia, Montt y Vicuña Mackenna comparten un fondo ideológico común, a la vez ilustrado y republicano. A decir verdad, son más los estilos personales los que tienden el abismo entre uno y otro; estilos que impedían, hasta ahora, una evaluación lúcida y equitativa. Afortunadamente, vienen a mitigar esta laguna los ensayos biográficos de dos jóvenes historiadores, Manuel Vicuña ("Un juez en los infiernos") y Cristóbal García-Huidobro ("Yo, Montt"), quienes se aproximan a estas figuras para interrogarlas y reubicarlas en un contexto más amplio. Se trata, por otra parte, de intentos muy diferentes entre sí, cada uno guiado por orientaciones y expectativas peculiares.

Un Montt refrescante

"Yo, Montt" se afirma deliberadamente como una biografía convencional, dirigida al lector no iniciado, y funciona perfectamente como tal, mostrándose como una obra amenísima y llena de piedad hacia su protagonista. Aunque por instantes penetra en una intimidad elusiva, sólo reivindicable por medio de las licencias de la imaginación, el resultado es más que convincente. Crónico inquilino de gabinetes, administrador opaco y protocolar, Montt emerge bajo una luz, si no inédita, sí al menos honesta y refrescante. Diferente acontece con el ensayo de Manuel Vicuña, que explora el itinerario intelectual de Vicuña Mackenna con un énfasis en la economía de los discursos, en especial del discurso historiográfico, así como en la representación institucional del historiador y su proyección en el imaginario nacional.

"Un juez en los infiernos" es, más que una biografía del Vicuña Mackenna historiador, una teoría sobre el rol del intelectual en un Estado-nación todavía embrionario, y al mismo tiempo un elogio sobre el poder de la palabra en un escenario institucionalmente precario e imperfecto. Ante nuestros ojos, Vicuña Mackenna se erige en puente entre el mundo de los muertos -los héroes de la Independencia- y un presente caótico y venal, dominado por las inercias y atavismos coloniales. Vicuña Mackenna reúne en su persona las cualidades de historiador profesional al estilo de Ranke -respetuoso de la cita erudita y la investigación de archivo-, y en no menor medida las del mitógrafo. Mitos de origen, como la Gesta Independentista ("¡Hombres de 1810! Vuestra obra grandiosa ha caído en manos de una generación pigmea...", anota durante su exilio), pero también mitos de pérdida del paraíso, como su narración del decenio de Montt y las guerras civiles de 1851 y 1859.

Con él asistimos a la virtuosa profanación de los restos mortales del abate Molina en Bolonia, su precursor en la vocación de historiador nacional, y entramos de su mano en los archivos europeos y americanos; rastreamos epistolarios privados; sondeamos la pálida memoria de testigos y supervivientes de los "grandes hechos". "Un juez en los infiernos" es el registro del aprendizaje de historiador, y concentra parte de su interés en la constelación moral y material que permitió la tarea del historiador como hombre público; es decir, la formación de comunidades de lectores y los valores asociados al libro y la prensa.

El mártir cívico

Un episodio ilustrativo del compromiso intelectual de Vicuña Mackenna es el célebre "Juicio de imprenta" de 1861, libelo difamatorio elevado contra el polígrafo por el hijo de Rodríguez Aldea, ministro de O'Higgins. La oportunidad sirvió a Vicuña Mackenna, convertido entonces en mártir cívico, para formular un alegato universalista a favor de la investigación histórica, disciplina modeladora de la nacionalidad. Por supuesto, la comparación con Montt -cuya autoridad estaba sólo respaldada por su prolijo desempeño legislativo, judicial y ejecutivo, todas ellas investiduras simultáneas- resulta un ejercicio más bien odioso. Ni uno era el sombrío autócrata ni el otro, el vitriólico agitador.

Pragmático en suma, Montt tuvo a su lado a consejeros como Bello o Sarmiento, y supo articular un aparato de gobierno con más que un mínimo de respetabilidad, excepción hecha del turbulento intervencionismo de las elecciones. "Yo, Montt" privilegia, no obstante, los aspectos privados de su carrera, e indaga en los pliegues del afecto doméstico, conyugal y filial. Describe el arco vital de Montt no sin cierta indulgencia, lo que no impide un retrato equilibrado y persuasivo del personaje. Nos convierte, si se quiere, en confidentes de un hombre laborioso y reflexivo, lejano a las prácticas del nepotismo o la adulación demagógica. Se trata, después de todo, del primer Presidente que ejerce su magistratura fuera del prestigio de las armas, ocupando más tiempo en el escritorio que sobre la montura.

Nuevamente, es tentador sugerir que ambos, Montt y Vicuña Mackenna, encarnan variantes de un mismo republicanismo: tradicional el primero, romántico el segundo. El interés por la educación y la difusión de la cultura laica y letrada; el americanismo y el nacionalismo, identificado éste con la civilización occidental; el progreso de la técnica y la producción moderna; la preeminencia del Estado sobre asuntos confesionales son, desde luego, elocuentes puntos de convergencia. De tal suerte, los seguidores de Montt se habrían unido a los jóvenes reformistas al término de su período. Conservadores, liberales, nacionalistas y radicales surgen en la década del 1850 y maduran en la siguiente."La rica aristocracia rural lo considera de cuna demasiado humilde; el ejército no lo quiere por no ser militar, y a las clases bajas les choca -refiere un extranjero a propósito de Montt- su aspecto que es insignificante y sugiere ancestro negro". El cuadro insinúa, más que cualquier otra cosa, la soledad en el poder. "Es difícil -escribe Simon Collier- no sentir simpatía por Montt", pues muerto su hijo mayor por apoplejía hacia 1857, muchos de sus adversarios asistieron al funeral, "mas no así los clérigos". Poco después decretaría una amnistía plena.

En efecto, la biografía de García-Huidobro cumple en plasmar con fidelidad y rigor una existencia sobria pero concentrada, lo que ocurre gracias a una exposición ágil y penetrante. Mayor complejidad, en cambio, exige la lectura de "Un juez en los infiernos", de Manuel Vicuña, obra que nos devuelve un Vicuña Mackenna espectral, desdoblado, necrofílico, cuyo romanticismo lo hace derivar paulatinamente hacia la historia del mal. "Un juez en los infiernos" dedica su último capítulo a explorar la peripecia de Cambiaso, jefe de la sangrienta insurrección magallánica de 1851, incidente subalterno de la guerra civil chilena del mismo año.

Inicialmente alineado con la facción liberal, Cambiaso -observa Vicuña Mackenna- degradaría los móviles de la revuelta contra el orden conservador e impondría una tiranía que reproduce y extrema, sospechamos, los signos de la tiranía de Montt. Pero el posterior ajusticiamiento de Cambiaso es también un síntoma de brutalidad y barbarie, esta vez concomitante con la época y el régimen de gobierno: un cadáver descuartizado públicamente por un matarife inexperto. He aquí una remota admonición sobre los espejismos del poder.

La biografía como género
La biografía es, sobre todo, un género decimonónico. Primero romántica, después positivista, la biografía histórica se desarrolló bajo la premisa del "genio", individuo clarividente, equipado con virtudes morales superiores, a menudo herramienta del destino de una nación. Cultivada por autores como Carlyle, la biografía clásica es una narrativa heroica. Aun más: una cosmogonía cívica . Su tema son los grandes hombres.

¿A quiénes se biografió en Chile? El interés surge más bien tarde. Muchas biografías son en realidad libelos partisanos, intentos por desacreditar figuras públicas en boga, panfletos concentrados en un solo protagonista. Portales monopolizó el género durante gran parte del siglo XIX, personaje magnético, siempre dividido entre el gabinete ministerial y la chingana.

Alberdi dedicó un volumen al general Bulnes; Vicuña Mackenna amplió el espectro a los próceres de la Independencia; Barros Arana abordó figuras científicas como Philippi. Avanzado el siglo, una temprana biografía de Arturo Prat, escrita por Bernardo Vicuña, fue el inicio de una canonización secular que dura hasta hoy. Pero también sucede que el tema se torne elusivo. Edwards Bello observaba en "La novela de Balmaceda" la frustración de quienes intentaron la biografía, más o menos ficticia, del Presidente sin poder llevarla jamás a buen puerto.

La biografía sufrió un eclipse importante con el ascenso de la historia social. En efecto, la escuela francesa de los Annales, la historiografía marxista inglesa y la microhistoria italiana dominaron el pensamiento histórico durante gran parte del siglo XX. Pero el "retorno" de la biografía fue tan inevitable como paradójico. La rehabilitación del individuo sobre las estructuras , el elogio de lo casuístico sobre regularidades a veces opacas, vino de obras que descubrieron en las estrategias de pequeños agentes una vitalidad específica, un poder para crear historia "desde abajo".
El Mercurio- Chile

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