Algunos consejos imprescindibles para Barack Obama
"Relájese, señor Obama. No hay necesidad de precipitarse", le escribió un columnista del Financial Times al presidente Barack Obama. Muy interesante la nota:
POR PHILIP STEPHENS
LONDRES (Financial Times). Tómese su tiempo, señor presidente. Ignore las críticas. No se precipite. La impaciencia es el azote de estos tiempos.
En el año transcurrido desde la victoria electoral de Barack Obama, ha crecido la impaciencia tanto entre admiradores como entre rivales. ¿Qué puede ofrecer Obama para justificar su actuación en la Casa Blanca? ¿Dónde están los logros de tan elevada retórica?
En mi opinión, Obama ha estado muy ocupado. Ha creado un paquete de estímulos económicos que ha logrado su objetivo; ha sostenido el sistema financiero; ha recorrido tres cuartas partes del camino hacia la reforma sanitaria; y ha reescrito la política sobre cambio climático. En cada uno de los casos pueden señalarse notables imperfecciones, pero no se le puede acusar de haber dedicado demasiado tiempo a mejorar su destreza como golfista.
Las demandas de decisiones instantáneas y resultados aún más rápidos han sido especialmente insistentes en política exterior. George W. Bush fue criticado por iniciar una guerra innecesaria en Irak. El crimen de Obama ha sido el de ganar el Premio Nobel de la Paz por preferir las palabras a los disparos.
Para los críticos de derechas, la diplomacia y el compromiso se han convertido en sinónimos de vacilación y debilidad. Querer que te aprecien es de débiles; aún más si el aprecio procede de los irresponsables europeos. Obama debería buscar pelea.
Dick Cheney, el ex vicepresidente, es el residente más crítico de este universo paralelo. Cheney repudia los sensatos cambios en la política de Bush durante la segunda legislatura. La estrategia inicial consistente en recurrir primero a la fuerza era el mejor medio de mantener a salvo a USA. No importa la sangre derramada en Iraq; olvidemos que al-Qaeda se reagrupó en Paquistán; ignoremos el desafío de Corea del Norte e Irán. USA mostró la suficiente firmeza como para perder a todos sus aliados.
Las dudas sobre la política exterior de Obama no se limitan a las reivindicaciones nacionalistas de la derecha. Muchos de aquellos a los que les gustaba la idea de restaurar el prestigio internacional de USA también anhelan un poco más de apremio. Céntrate, susurran; decide qué pretendes hacer en Afganistán.
No se me ocurre ninguna decisión estratégica en la que un juicio apresurado pudiera ser más insensato. Incluso antes de que la debacle electoral de este verano abriera una brecha en la legitimidad del Gobierno del presidente Hamid Karzai, Obama sólo podía escoger entre dos opciones malas. ¿Por qué escoger una de ellas antes de sopesar las evidencias?
El mes pasado escuché al general Stanley McChrystal, el comandante estadounidense en Afganistán, exponer su argumento a favor del aumento de las tropas. Su discurso en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos londinense fue un modelo de claridad y de análisis basado en pruebas. Su conclusión –que USA y sus aliados están abocados a perder frente a los talibanes a menos que inicien una campaña seria contra los insurgentes– parecía irrefutable.
Sin embargo, el general McChrystal consideraba que ni siquiera el incremento de tropas garantizaba la victoria; y la lógica en torno a la que giraba su argumento –que el compromiso mantenido durante años de construir un estado afgano viable ofrecía la única esperanza de éxito– parecía, pensándolo bien, su principal punto débil.
Es posible que no exista una férrea determinación para ello. Los votantes podrían no estar dispuestos a sacrificar la sangre y el dinero necesarios durante el tiempo suficiente para complacer a McChrystal. Si la construcción de la nación es la única alternativa, tal vez Obama debería pensar en su lugar en una estrategia de salida.
Sin embargo, la retirada no parece muy aceptable. Los últimos atentados terroristas en Paquistán han servido para recordar la amenaza que el extremismo representa para ese Estado –que dispone de armamento nuclear–. ¿Quién puede asegurar que la victoria talibán en Afganistán no desembocaría en el triunfo de los jihadistas en Paquistán? ¿No sería mejor centrarse en una campaña antiterrorista contra al-Qaeda? Resulta atractivo –hasta que se reconoce que un impasse acercaría a los talibanes a la victoria–.
También se critica que el compromiso de Obama con Rusia le ha llevado a hacer concesiones sin recibir nada a cambio. Washington ha abandonado sus planes de disponer de misiles defensivos en Europa y no parece que vaya a retomarlos. Con respecto al programa nuclear de Irán, la mano tendida por el presidente ha sido recibida con más evasivas de Teherán.
Detrás de tanta impaciencia hay algunos malentendidos básicos. Uno es la errónea creencia de que la política exterior plantea a los líderes elecciones sencillas: resiste o abandona Afganistán; negocia con Irán o bombardealo; rechaza a los aliados o sometete a ellos; busca popularidad entre los árabes o respalda a Israel. Otro es que lo único que se necesita es tomar una decisión: que es posible encontrar soluciones fáciles o rápidas a los problemas.
Si se unen ambos, puede concluirse que teniendo en cuenta que un breve periodo de compromiso (y una reunión cara a cara) no ha descongelado 30 años de frías relaciones entre estadounidenses e iraníes, es hora de actuar con firmeza con Teherán. Sin embargo, la administración Bush puso a prueba la idea de que USA puede conseguir sus objetivos recurriendo a la prepotencia.
El carácter deliberante de la estrategia de Obama reconoce estas incómodas realidades. Pocas veces la situación se reduce a elegir entre coacción y compromiso; y en ocasiones ni el poder militar ni las negociaciones darán frutos. Muchos problemas –y sospecho que Afganistán es uno– no encontrarán solución en mucho tiempo. Habrá que gestionarlos.
La verdadera herejía de Obama es reconocer los límites del poder americano: entender que pese a que USA conserva una capacidad indiscutible para determinar el curso de los acontecimientos, es un poder tanto insuficiente como indispensable. Obama habla de la creación de un nuevo orden global no porque quiera construir monumentos para la historia, sino con la intención de reforzar el liderazgo estadounidense. USA necesita el apoyo y la legitimidad que otorga el apoyo internacional en todos los grandes desafíos para su seguridad.
Nada de esto, desde luego, resulta aceptable para aquellos como Cheney que creen que USA puede hacer lo que le plazca. Tampoco es práctico para unos medios de comunicación adictos a las noticias de victorias o derrotas. Hay asuntos en los que también me gustaría que Obama actuase con más decisión: insistir en que el gobierno israelí cumpla con sus obligaciones internacionales; o adoptar una postura más dura contra los esfuerzos de Moscú por recuperar el imperio ruso.
Dicho esto, en Obama, USA tiene a un líder que comprende las cosas tal y como son, y que piensa detenidamente sobre la mejor forma de cambiarlas. Esto merece algún tipo de reconocimiento. Tal y como dije antes, tómese su tiempo señor presidente.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
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